A las siete de la mañana, hora alemana, llegué, y me preparo á marchar mañana. Se ha apoderado de mí, la vez primera, una suerte de disgusto en ciudad tan hermosa, grande, llana y despoblada. Brillante la corte animó, en otro tiempo, estas mismas calles. Aquí vivió el Ariosto descontento, el Tasso desgraciado, y ¡queremos edificarnos visitando semejante Estado! Hay en la tumba del Ariosto mucho mármol muy mal distribuído. En vez de la prisión del Tasso enseñan una carbonera, donde es seguro que no lo encerraron. Escasamente saben en su misma casa lo que uno quiere; al fin les vuelve la memoria, gracias á la propina. Me recordó la mancha de tinta del doctor Lutero, que el castellano renueva de tiempo en tiempo. La mayoría de los viajeros tienen algo de compañero y se pagan mucho de tales signos característicos. En mi disgusto, apenas puse atención en el hermoso Instituto Académico, que fundó y enriqueció un cardenal nacido en Ferrara. Un poco me reanimaron, no obstante, algunos monumentos antiguos en el patio, y ante ellos me detuve.
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