No quiero perder la última noche. Todavía no sonaron las ocho y todo el mundo está reunido; puedo dar cumplido término á los pensamientos pasados, y alegrarme de los que vendrán. Hizo magnífico día. La mañana fría; el centro del día claro y caliente; la tarde algo ventosa, pero muy buena.

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De nuevo vuelvo á estar en un a caverna que aguantó hace un año. El pueblecito hállase en una comarca deliciosa, que contemplé á gusto, dando en torno una vuelta, al comienzo de una llanura, entre montañas todas calizas. Según Bolonia del otro lado, Terni levántase del lado de acá de los Apeninos.

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Transcurrieron dos noches sin escribir. Eran los hospedajes tan malos, que no podía pensarse en sacar á luz una hoja. Así es que empiezo á verme algo confuso, pues desde la salida de Venecia, no se hila la rueca del viaje tan lisa y bonitamente.

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Ciredo, otro nidito en los Apeninos, donde me encuentro completamente feliz, viajando para alcanzar el logro de mis deseos. Esta mañana se unieron á nosotros, cabalgando, un inglés y una que se dice hermana suya. Sus caballos son buenos; mas viajan sin servidores, y el señor, según parece, hace de palafrenero y ayuda de cámara. En todo encuentran de qué quejarse, y cree uno estar leyendo algunas páginas del Archenhols.

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No sabré decir si salí de Bolonia esta mañana ó si me echaron. En fin, á todo trance agarré la ocasión de partir cuanto antes, y ahora estoy en una miserable posada acompañado de un oficial del Papa, que va á Perugía, su ciudad natal. Al sentarme á su lado, en la silla de dos asientos, queriendo hablar algo, le dije el cumplido que yo, alemán y acostumbrado á andar entre militares, me encontraba muy contento viajando con un oficial del Papa.

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¡Cuánto tendría que decir aún si hubiese de contar todo lo que en este hermoso dia pasó por mi imaginación! Pero mis deseos son más fuertes que mis pensamientos. Siéntome irresistiblemente impulsado hacia adelante; con dificultad me reconcentro en cuanto tengo á la vista, y parece que el cielo me ha oído, porque se presenta un vetturino que va derecho á Roma, y pasado mañana saldré hacia allí, sin demora. Así, pues, hoy y mañana necesito mirar mis cosas, cuidar de ellas y darme prisa trabajando.

Empleé mi día en la mejor manera posible, viendo cosas y volviéndolas á ver. Sucédeme en el Arte como en la vida, que se ensancha más, cuanto más uno en ella se interna. En este cielo aparecen, á cada paso, astros nuevos que no puedo contar, y me desconciertan: los Caracci, Guido, Dominichino, unidos en época posterior y feliz del Arte. No se goza de ellos verdaderamente sin el saber y criterio que me faltan, y sólo muy poco á poco voy adquiriendo. Gran obstáculo á la consideración precisa y al inmediato conocimiento son la mayor parte de los asuntos de los cuadros, que no tienen sentido común y extravían al hombre, queriéndolos venerar y amar.

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Ayer, antes de ser día, salí de Cento y llegué bastante temprano. Un cicerone, listo y bien instruído, al saber que venía de paso, condújome tan de prisa por todas las calles, me enseñó tantos palacios y tantas iglesias, que apenas puedo notar en mi Volkmann dónde he estado. ¿Y quién sabe si más adelante recordaré todas las cosas merced á estas indicaciones? Ahora voy á mencionar algunos puntos luminosos que me hicieron sentir un bienestar real.

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En mejor disposición que ayer escribo de la patria de Guercino. También la situación es distinta. Un amigable y gracioso pueblecito de cinco mil habitantes, industrioso, animado, limpio, situado en una llanura toda cultivada. Según mi costumbre, subí al momento á la torre; un mar de álamos, entre los que vense en las cercanías granjas rodeadas de sus campos. Rico el suelo y suave el clima. Era una tarde de otoño como pocas veces nos concede nuestro verano. El cielo, todo el día cubierto, se despejó, retirándose las nubes al Sur y al Norte, contra las montañas, y espero buen día mañana.

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A las siete de la mañana, hora alemana, llegué, y me preparo á marchar mañana. Se ha apoderado de mí, la vez primera, una suerte de disgusto en ciudad tan hermosa, grande, llana y despoblada. Brillante la corte animó, en otro tiempo, estas mismas calles. Aquí vivió el Ariosto descontento, el Tasso desgraciado, y ¡queremos edificarnos visitando semejante Estado! Hay en la tumba del Ariosto mucho mármol muy mal distribuído. En vez de la prisión del Tasso enseñan una carbonera, donde es seguro que no lo encerraron. Escasamente saben en su misma casa lo que uno quiere; al fin les vuelve la memoria, gracias á la propina. Me recordó la mancha de tinta del doctor Lutero, que el castellano renueva de tiempo en tiempo. La mayoría de los viajeros tienen algo de compañero y se pagan mucho de tales signos característicos. En mi disgusto, apenas puse atención en el hermoso Instituto Académico, que fundó y enriqueció un cardenal nacido en Ferrara. Un poco me reanimaron, no obstante, algunos monumentos antiguos en el patio, y ante ellos me detuve.

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