Esta mañana estuve en Tiena, al Norte, hacia las montañas, donde levantan por un plano antiguo un edificio nuevo, del cual no hay nada que decir. Así honran aquí todo lo del buen tiempo, teniendo bastante entendimiento para hacer construcciones nuevas sobre planos heredados. El palacio está muy bien situado en una gran llanura, teniendo detrás, sin ninguna cadena interpuesta, los Alpes calizos. Desde la casa, por los dos lados de una carretera tirada á cordel, corren aguas vivas que vienen al encuentro del que llega, y riegan los extensos arrozales que atraviesan.

Sólo he visto dos ciudades de Italia y hablé á contadas personas, pero ya conozco bien á mis italianos. Son como los cortesanos, que se creen los primeros del mundo y que, por ciertas ventajas innegables, tienen derecho de hacerse tales ilusiones. Parécenme un pueblo muy bueno: no hay sino ver á los chicos y á los grandes, según puedo verlos, entregándome á ellos por mi propia voluntad. ¡Y qué figuras, que caras tienen!

Debo alabar particularmente á los vicentinos, porque aquí se goza de los privilegios de una gran ciudad. No le miran á uno, y le dejan en libertad de hacer cuando quiere; mas dirigiéndose á ellos, son locuaces y afables. Me agradan en particular las mujeres. No quiero ofender á las veronesas de buena figura y perfil bien delineado; pero la mayor parte están pálidas, y el cendal no las favorece, porque aquella moda bonita parece exigir de necesidad algo sobresaliente. Son las de Vicenza criaturas lindísimas. Sobre todo, un cierto tipo de rizos negros, me inspira particular interés. También las hay rubias; pero no me gustan tanto.