Hoy he visitado la suntuosa casa llamada La Rotonda, situada en una agradable colina, cosa de media legua de la ciudad. Es un edificio cuadrado que encierra una sala redonda, iluminada con luz zenital. Por los cuatro costados se sube ancha escalinata que conduce á un pórtico, formado de seis columnas jónicas. Quizás la arquitectura no desplegó nunca mayor lujo. El espacio de las escalinatas y pórticos es mucho más grande que el de la casa misma; pues cada lado, aisladamente, podría ser fachada de un templo. Del interior puede decirse que es habitable, pero no cómodo. La sala tiene bellas proporciones; los cuartos también, más apenas serían suficientes para las necesidades de una familia opulenta en su residencia de verano. En cambio es siempre espléndida, desde cualquier lado que se la mir, gracias al país en que se halla emplazada. Ofrecen gran variedad la masa del edificio y las columnas salientes á los ojos del que lo observa en derrededor, y la idea del propietario fundador realizóse entera, porque deja tras de sí un grande y buen fideicomisario y un monumento sensible de sus riquezas. Y así como el edifico vese de manera admirable desde todos los puntos de las cercanías, de igual modo la vista desde él es de lo más agradable. Se ve correr el Bacchiglione y bajar las embarcaciones hacia Brenta.

Además se distinguen las grandes posesiones que el marqués de Capra quería conservar indivisas en su familia. Las inscripciones de los cuatro frontis, que hacen una sola, merecen citarse:

marcus capra gabrielis filius
qui aedes has
arctissimo primogeniturae graduit subjecit
una cum omnibus
censibus agris vallibus et collibus
citra viam magnam
memoriae perpetuae mandans haec
dum sustinet ac abstinet.

La terminación es, en particular, bastante rara. Un hombre que puede disponer de tantos bienes á su voluntad, y todavía conoce que debe sufrir privaciones. Eso se puede aprender con menos gastos.

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Esta tarde he asistido á una reunión que tiene la Academia de los Olímpicos. Es un juego, pero de los buenos, que mantiene en la sociedad algo de sal y de vida. Un gran salón, al lado del teatro de Palladio, alumbrado convenientemente: el Capitán y una parte de la nobleza; todo el público muy distinguido; numerosos eclesiásticos: unas quinientas personas aproximadamente. La cuestión que propuso el presidente en la sesión era: «Qué es lo que trae más provecho en las bellas artes, la invención ó la imitación?» La pregunta era bastante feliz; pues, á favor de la alternativa que indica, se puede hablar, en contra ó en pro, cien años. Aprovecharon, con mucho calor, los señores académicos la oportunidad, dando á conocer muchas producciones en prosa y verso, algunas muy buenas. Luego ¡es un público tan animado! Los espectadores gritan ¡bravo! aplauden y ríen. ¡Si uno se presentase así en su país y osase divertir á sus compatriotas personalmente! Pero, lo mejor que hay en nosotros dámoslo negro sobre blanco: cada cual se lo lleva á su rincón y lo masculla conforme puede.

Dicho se está que Palladio encontrábase en todas partes, y en todas las conclusiones, ya se tratase de invención ó de imitación. Al final, para donde las mejores chanzas se reservan, tuvo uno la feliz idea de decir que, habiéndole privado de Palladio los primeros que hablaron, él se proponía ensalzar á Franceschini, el famoso fabricante de sedas.

Entonces comenzó a explicar cuánto la imitación de las telas de Lyon y de Florencia aprovecha al experto emprendedor, y por ende á la ciudad de Vicenza, de lo que sacaba en consecuencia, que la imitación era preferible al invento. Todo fué explicado con tanto donaire, que provocó interminables risas. En general, aplaudíase más á cuantos hablaban a favor de la imitación, porque decían cosas al alcance del pensamiento de la mayoría de las gentes. Una vez aprobó el público, con estrepitosos aplausos, un sofisma burdo, mientras dejaba pasar, sin comprenderlas, cosas buenas, y aun excelentes, en honor de la invención.

Holguéme de haber asistido á esta sesión, siéndome además por todo extremo grato ver que, después de tanto tiempo, sigue siendo Palladio como la estrella polar que veneran sus conciudadanos.