Voy á mencionar brevemente los cuadros que he visto, y haré sobre ellos pocas consideraciones. No hago este maravilloso viaje para engañarme á mí mismo, sino, mejor, para aprender á conocerme mediante los objetos; razón por la cual me confieso, con toda sinceridad, que del arte, del oficio de pintor, entiendo poco; mi atención y mis observaciones se dirigen, en general, á la parte práctica; al asunto y su manera de tratarlo.

San Giorgio es una galería de buenos cuadros; todos retablos, si no de igual valor, en general notables. Pero ¡desdichados artistas! ¡qué habían de pintar y para quién! Una lluvia de maná, tal vez de teinta pies de largo y veinte de alto. ¡El milagro de los cinco panes, para hacer juego! ¿Qué había que pintar aquí? Hombres hambrientos, echándose sobre granos pequeñitos de maná; otros, innumerables, á quienes se les presenta pan. Los artistas diéronse tormento para hacer significativas semejantes miserias. Y sin embargo el genio, excitado por tal necesidad, creó cosas bellas. Un pintor obligado á representar Santa Ursula con las once mil vírgenes, llevó la cosa con mucho ingenio. La santa en primer término, como tomando posesión de una tierra conquistada. Es muy noble, á manera de las vírgenes amazonas pintadas sin atractivos. Desvaneciéndose en lontananza, se ven las vírgenes en procesión, saliendo del barco. La Ascensión de María, en la Catedral, del Ticiano, está muy ennegrecida. El pensamiento es digno de alabanza, pues la Virgen, al elevarse, no mira al cielo, sino á sus amigos de la tierra. En la galería Gherardini he visto cosas muy bonitas de Orvietto, pintor de mérito, que ahora aprendo á conocer. A larga distancia sólo se tiene noticia de los primeros artistas, y con frecuencia ha de contentarse uno con sus nombres. Pero cuando se acerca á este firmamento y las estrellas de segunda y tercera magnitud comienzan á brillar y resultan todas perteneciendo á la misma constelación, entonces el mundo se ensancha y el arte se enriquece. He de celebrar el pensamiento de un cuadro; son dos medias figuras. Sansón duerme en el regazo de Dalila; ésta, con precaución, extiende el brazo por encima de su cuerpo para coger unas tigeras que están sobre la mesa, al lado de la lámpara. La ejecución es muy valiente. En el palacio Canossa me pareció notable una Dánae.
El palacio Bevilacqua contiene las cosas más preciosas. Hay un cuadro que se titula el Paraíso, de Tintoreto, y en realidad es la coronación de María por Reina del Cielo, en presencia de todos los patriarcas, profetas, apóstoles, santos, ángeles, etc., que ha dado al pintor ocasión de desplegar todas las riquezas del genio. Para poder apreciar todo, la ligereza del pincel, el ingenio, la variedad de las expresiones, serías menester poseer el cuadro y tenerlo toda la vida delante de los ojos. El trabajo es infinito, pues las últimas cabezas de ángeles que se devanecen en la gloria, todavía tienen carácter. Las figuras mayores serán un pie de alto. María y el Cristo que le pone la corona, de unas cuatro pulgadas. Eva es, sin embargo, la mujercita más hermosa de todo el cuadro, y como siempre, desde antiguo hasta ahora, un poco alegre. Algunos retratos de Paolo Veronese aumentaron mi admiración por este pintor. La colección de escultura antigua es espléndida. Un hijo de Niobe tendido,precioso. Los bustos, á pesar de sus narices restauradas, muy interesantes en su mayor parte. Un augusto con la corona cívica, un Calígula y otros.

Está en mi naturaleza la voluntad de honrar, gozándome en ello, todo lo bello y grande, y cultivar esta disposición, día por día y hora por hora, en objetos tan admirables, es el más delicioso de todos los sentimientos.

En un país dónde se goza del día, y particularmente se recrea uno por la tarde, la entrada de la noche es muy significativa. Cesa entonces el trabajo: los que están de paseo se retiran. El padre quier volver á ver á su hija en casa. El día tiene su fin. Pero nosotros, los cimmerianos, apenas sabemos lo que es día: eternamente turbio y nublado, lo mimo nos da que sea de día ó de noche. Porque ¿cuánto tiempo podemos pasearnos y recrearnos al aire libre? Aquí, cuando llega la noche, ha pasado el día, que se compone de una mañana y de una tarde: se han vivido veinticuatro horas y empieza cuenta nueva. Suenan las campanas; se reza el rosario; la criada entra en el cuarto con una luz encendida, y dice: Felicissima notte! Este momento cambia con cada estación; y el hombre que aquí vive y no vejeta, no se embaraza porque cada uno de los goces de su existencia no esté en relación con la hora, sino con el momento del día. Si se impusiese nuestro horario á estos pueblos, se verían en confusión, porque el suyo está identificado con su naturaleza. Hora y media ó una hora antes de anochecer principian los nobles á salir en carruaje. Atraviesan el Bra, recorren la calle ancha y larga, salen por la Porta Nuova, dan la vuelta alrededor de la ciudad, y cuando tocan á oraciones se vuelven. Unos van á la iglesia á rezar el Ave Maria della Sera; otros se detienen en el Bra. Los jinetes cabalgan al estribo de los coches, conversando con las señoras, y esto dura bastante tiempo. Yo no esperé nunca el fin. Los peatones se quedan hasta muy entrada la noche. Hoy había llovido precisamente lo necesario para quitar el polvo: era en realidad una escena animadísima y variada.
A fin de ponerme de acuerdo en un punto muy importante con las costumbres del país, he ideado un medio que me facilite el apropiarme su manera de contar. El dibujo que va á continuación dará de él idea. El círculo interior representa nuestras veinticuatro horas, de media noche á media noche, repartidas en dos veces doce, como contamos é indican nuestros relojes. El círculo del medio enseña cómo dan las horas en la estación presente, es decir, igualmente dos veces en veinticuatro horas; pero de tal suerte, que es aquí la una cuando en nuestro país son las ocho, y así hasta las doce. Siendo en el cuadrante de Alemania las ocho, aquí da la una, etc. Ultimamente, el círculo exterior indica la manera natural de contar en la vida hasta veinticuatro. Por ejemplo: oigo de noche las siete y sé que á las cinco son las doce de la noche; si sustraigo de este número siete, cinco, hallo que son las dos de la madrugada. Oigo dar las siete de día, y sé que también á las cinco son las doce del día; procedo de la misma manera, y tengo las dos de la tarde. Si quiero contar las horas á la manera italiana, ya sé que las doce del día son las diez y siete; añado dos horas, y son las diez y nueve. Cuando la cosa se oye y se piensa en ella por primera vez, parece embrollada y de difícil aplicación; pero se acostumbra uno pronto y encuentra la ocupación entretenida, de igual modo que el pueblo se divierte contado y recontando incesantemente, y los niños en vencer dificultades pequeñas. Además, este pueblo tiene siempre los dedos en el aire; todo lo arregla en su cabeza y se complace combinando números. Aquí, al natural del país, las coses le son mucho más fáciles, porque no se preocupa ni del medio día ni de la media noche, ni tampoco, como el extranjero en esta tierra, de concertar dos horarios. Cuentan las horas como suenan; desde por la tarde y por la mañana suman este número con el variable del medio día, que les es conocido.

Las observaciones añadidas á la figura aclararán el resto.

Círculos comparativos de las horas italiana y alemana, como igualmente el horario italiano en mediados de Septiembre - tabla 1 de 3
Círculos comparativos de las horas italiana y alemana, como igualmente el horario italiano en mediados de Septiembre - tabla 2 de 3
Círculos comparativos de las horas italiana y alemana, como igualmente el horario italiano en mediados de Septiembre - tabla 3 de 3

La circulación es aquí muy grande: particularmente algunas calles, donde los obradores y las tiendas se tocan unos á otros, son animad´simas. Porque no es que las puertas de tiedas y talleres estén abiertas, no; lo está toda la casa, y hasta el fondo se ve lo que pasa en ella. Los sastres cosen, los zapateros tiran la hebra y machacan la suela en medio de la calle. De noche, con luz, es un espectáculo lleno de vida.

Los días de mercado hállanse los puestos colmados; infinitas legumbres y frutas, cebollas, ajos, á saciedad. Sobre todo, gritos, bromas y canciones el día entero; y un agarrarse y empujarse, con risas y exclamaciones sin cesar. El aire suave, el alimento barato, hácenles fácil la vida. Todos los que pueden están al aire libre. Por la noche aumentan los cánticos y el ruido: en todas las calles he oído canciones del Mambrú; en una parte un salterio, en otra un violín.

Ejercítanse en imitar, silbando, todos los pájaros; donde quiera, se producen los sonidos más extraordinarios. Procede tal exuberancia de vida del clima benigno, que á la misma pobreza la comunica; y la propia sombra del pueblo aparece digna de respeto.

Esto explica la falta de limpieza y poca comodidad de las casas, que tantas veces llamaron mi atención. Hállanse siempre fuera, descuidados, y en nada piensan. Al pueblo todo le viene bien; la clase media vive igualmente al día; el rico, el noble, se encierran en su morada, menos cómoda que las del Norte. Tienen sus reuniones en los lugares públicos. Los pórticos y los vestíbulos están llenos de inmundicias, y es natural: el pueblo siempre se deja sentir. Ya pueden los ricos ser ricos y los nobles gobernar: desde el momento que se construye un soportal, un pórtico, el pueblo se sirve de él para sus necesidades; y entre éstas, ninguna es más apremiante que desembarazarse á toda prisa de lo que ha comido con exceso. Si hay alguno que no quiera sufrir esto, que no haga de gran señor, es decir, no deje para el público una parte de su vivienda, téngala cerrada y hará bien. El público no sufre que en edificios abiertos le priven de sus derechos. De esto se quejan los extranjeros en toda Italia.

Hoy observé, en varios sitios de la ciudad, los trajes y las maneras particulares de las gentes de la clase media, que se muestran afanosas y ocupadas; todas, al andar, llevan gran meneo de brazos. Las personas de más  elevada categoría, que en ciertas circunstancias usan espada, sólo bracean del lado derecho, porque acostumbran tener quieto el izquierdo.

Aunque tan poco se inquieta el pueblo de sus asuntos y necesidades, tiene muy aguzada la vista para todo extranjero. Desde los primeros días observé que todo el mundo miraba mis botas que, como moda cara, no se usan aquí ni en invierno. Ahora que me pongo zapados y medias, nadie repara. Pero hoy por la mañana advertí que los que venían al pueblo cargados de legumbres, flores, ajos y otras mercancías, se fijaban en la rama de ciprés que yo llevaba en la mano. Adornábanla sus nueces verdes, y también tenía unas ramas floridas de alcaparras. Todos, grandes y chicos, miraban mi ramo y parecía inspirarles extrañas ideas.

Cogiera las ramas del jardín Giusti, deliciosamente situado, cuyos enormes cipreses hienden el aire á modo de leznas. Probablemente los tjos podados en punta de los jardines del Norte, quieren imitar estos magníficos productos naturales. Un árbol cuyas ramas viejas y jóvenes van de abajo arriba, dirigidas toda al cielo y que duran sus trescientos años, bien merece respeto. A juzgar por la época en que se fundó el jardín, deben haber alcanzado ya edad tan avanzada.