Así, pues, el Anfiteatro es el primer monumento de la antigüedad que veo, ¡y tan bien conservado! Cuando entré, y mejor aún, cuando di la vuelta á la cornisa, me pareció raro. ¡Una cosa tan grande y donde en realidad no había nada! Es que no debe verse vacío, sino lleno de gente, como lo dispusieron en obsequio de José I y Pío VI. Dicen que el Emperador, á pesar de su costumbre de ver delante masas de hombres, se quedó asombrado.

Pero, sin embargo, sólo en la antigüedad haría todo su efecto, cuando el pueblo era más pueblo que hoy. Porque, en verdad, un Anfiteatro es la cosa más apropiada para imponer al pueblo consigo mismo y para que es burle de sí mismo.

Cuando algún juego se hace en terreno franco y todo el mundo corre á verlo, los de detrás tratan por todos los medios posibles de subirse más altos que los que están delante: súbense á los bancos, ruedan toneles, aproximan carruajes, ponen tablas en diversos sitios, ocupan una eminencia vecina y así se improvisa un Circo. ¿Viene el juego con frecuencia á un mismo sitio? Pues arman ligeros tablados para los que pueden pagarlos, y el resto de la gente se la compone como puede. La satisfacción de esta necesidad general, es el problema que tiene que resolver el arquitecto. Dispone, por lo tanto, su Circo artísticamente; pero con la sencillez más completa, á fin de que el ornamento lo constituya el pueblo. Al verse así reunidos, debían admirarse de sí mismos; pues acostumbrados únicamente á correr unos detrás de otros, á encontrarse mezclados en una barahunda sin orden ni sistema, el animal de cien cabezas y de mil ideas, vacilante y vagabundo de una parte á otra, hállase formando un cuerpo noble, una imponente unidad, reunido en una masa compacta, como una sola figura animada de una sola alma. La sencillez del óvalo es de la manera más agradable sensible á todos los ojos, y cada cabeza sirve para formar la masa, por muy importante que su totalidad sea. Cuando se ve vacío, no hay término alguno de comparación, y no se sabe si es grande ó pequeño.

Dignos de elogio son los veroneses por lo bien que conservan este monumento. Está construído de un mármol rojo que se ataca con el tiempo; así que, continuamente reponen las gradas carcomidas y aparece casi nuevo. Hay una inscripción que recuerda á un cierto Hieronimus Maurigenus y sus cuidados increíbles empleados en este monumento. De las murallas exteriores, que dudo se hubieran concluído nunca, sólo se ve un trozo. Ocupan las bóvedas inferiores en la gran plaza llamada Il Bra muchos y diversos artífices, y es curioso ver aquellos agujeros de nuevo llenos de vida.

Aquella puerta hermosísima, siempre cerrada, se llama Porta Stupa ó del Pallio. Debiendo verse á gran distancia, no está bien pensada; porque el mérito de la construcción sólo se conoce de cerca. Explican de muchas maneras que esté siempre cerrada, y una tengo por probable. Quería el artista hacer de ella el ingreso del Corso; pues no corresponde á la calle actual. El lado izquierdo de ésta es de barracas, y en ángulo recto con el medio de la puerta existe un convento de monjas que hubiera sido preciso derribar. Por otra parte, es de suponer que los ricos no querrían edificar en sitio tan excéntrico; entonces acaso murió el arquitecto, y se acabó la cuestión, cerrándola. El pórtico del Teatro, con seis grandes columnas jónicas, tiene grandioso aspecto, y el busto, de tamaño natural, del marqués de Maffei, adornado de gran peluca, colocado encima de la puerta, delante de una hornacina figurada, que sostienen dos columnas corintias, hace mezquino, por el contraste. El sitio es adecuado; más debiera ser el busto colosal, en relación con el tamaño y la solidez de las columnas. Tal como está en su mensalilla resulta pequeño, y sin armonía para el conjunto.

También es pequeña la galería que encuadra con el vestíbulo, y los acanalados enanos dóricos, al lado de los bruñidos gigantes jónicos, hacen desdichado efecto. Puede perdonarse, en gracia de la hermosa instalación dispuesta bajo aquellas columnatas Cuantas antigüedades desenterraron en Verona y sus cercanías, hanlas reunido aquí. Algunos objetos se encontraron en el mismo Anfiteatro. Son cosas etruscas, griegas y romanas, hasta los tiempos de decadencia y aun posteriores. Los bajo-relieves, empotrados en la pared, con el número que á cada uno puso Maffei cuando les describió en su Verona ilustrata. Son altares, trozos de columnas y otros restos semejantes; un trípode de mármol blanco hermosísimo, con genios ocupados en los atributos de los dioses. Rafael idealizó este trípode, imitándolo, en los ángulos del palacio de la Farnesina.

El viento de los sepulcros antiguos, llega perfumado á través de una colina de rosas. Las pinturas sepulcrales, afectuosas y conmovedoras, representan la vida y no la muerte. Un hombre, al lado de su mujer, se asoma á su nicho como á una ventana. Más allá un padre y una madre, teniendo en medio á su hijo, se miran con indecible naturalidad. Aquí una pareja se da un apretón de manos; allí un padre descansa en un sofá rodeado de sus hijos, que lo entretienen. Estas piedras, vistas de cerca, me conmovieron profundamente. Son de arte reciente, pero sencillas, naturales, y sobre todo, expresivas. No hay ningún guerrero de rodillas armado de todas armas esperando su resurección bienaventurada. El artista, con más ó menos ingenio, no hizo sino representar sencillamente la presencia de los hombres, continuando y manteniendo así su vida. No cruzan sus manos mirando al cielo; están juntos, tienen intereses comunes y se aman, todo lo cual está representado en la piedra, aunque con trabajo imperfecto y tosco, de manera deliciosa. Un pilar de mármol, ricamente ornamentado, me dió también nuevas ideas.

Por muy digno de elogios que esto sea, obsérvase enseguida que el noble espíritu de conservación que lo fundó, ya no existe. El precioso trípode está expuesto á caer deteriorado por el temporal del Este; con una cubierta de madera podría fácilmente conservarse tal tesoro.

El incompleto palacio del Proveditore, si estuviese terminado, sería hermosa obra arquitectónica. Los nobles construyen mucho todavía, pero desgraciadamente donde estaban las moradas antiguas; de consiguiente, en calles estrechas. Así levantan, en la actualidad, la magnífica fachada de un Seminario, en cierta callejuela de los arrabales más lejanos.

Pasando con el acompañante que me deparó la casualidad delante de la severa puerta de un edificio notable, preguntóme solícito si quería ver el patio. Era el palacio de Justicia, y por a altura del edficio parecía este patio horrible pozo. Aquí encierran, me dijo, los delincuentes y sospechosos detenidos. Miré, y en todos los pisos vi innumerables puertas abiertas, provistas de fuertes rejas de hierro, donde terminan otros tantos corredores. Al salir el preso de su calabozo para ir al interrogatorio, se queda al aire libre, aunque expuesto á todas las miradas; y como había á la sazón muchas salas de audiencia, sonaban las cadenas ya en unas, ya en otras galerías, en todo el edificio. Era una vista detestable, y no niego que el buen humor con que en Malsesina despaché á mis pájaros, se hubiera aquí disipado de pronto.

Al ponerse el sol me fuí á la cornisa del Anfiteatro á gozar del panorama bellísimo de la ciudad y de las cercanías; estaba sólo, y allá abajo, sobre las anchas losas del Bra, se paseaba mucha gente; hombres de todas las clases y mujeres de clase media; éstas, con sus capas negras, parecían, á la vista de pájaro, del todo momificadas.

El Zendal y la Vesta, que usa exclusivamente la clase, es moda muy apropiada á gentes no siempre cuidadosas de la limpieza, y que, sin embargo, se exhiben á la continua en iglesias y paseos. La Vesa es un jubón de tafetán negro, que se pone encima de la ropa. Cuando la falda de debajo es blanca y está limpia, una joven sabe levantar, con perfecta gracia, la negra por un lado. Este jubón ó vestido, ceñido en la cintura, cubre los bordes del corpiño, que puede ser de cualquier color. El zendale es una papalina grande, con largas caídas, sostenida muy alta sobre la cabeza, á favor de una armazón de alambre; pero las bandas se cruzan en el pecho, á modo de chal, de suerte que las puntas caen hacia atrás.

Hoy, al salir de la Arena, fuíme algunos miles de pasos más allá para ver un juego público moderno. Era un partido de pelota que jugaban cuatro nobles de Verona, contra cuatro de Vicenza. Sostienen el juego todo el año, dos horas antes de anochecer. En la presente ocasión, por ser los adversarios forasteros, acudía muchísima gente; había de cuatro á cinco mil espectadores; pero no vi mujeres de ninguna condición.
Cuando antes hablé de las necesidades de un público en casos análogos, he descrito naturalmente un Anfiteatro casual, tal y como me lo hizo ver aquí el público. Desde lejos oí el vivo palmoteo que seguía á cada buena jugada. El juego es de la manera siguiente: A la distancia apropiada uno de otro, levantaron dos tablados inclinados. Armada la diestra de ancho disco de madera, el jugador que sale hállase en lo alto de uno de ellos, y cuando alguno de los de su partido le envía la pelota, corre á encontrarla, para imprimir más fuerza al golpe con que se la echa al contrario. Trata éste de volverla con igual energía, y así va, de uno en otro, hasta que cae al suelo. Resultan algunas posturas tan hermosas, que serían dignas de fijarse en mármol. Como todos son jóvenes, altos, bien formados y visten trajes bancos, cortos y ceñidos, los partidos se distinguen por divisas de colores. La postura del que baja corriendo por el tablado con el brazo levantado para botar la pelota, es particularmente bella; recuerda al luchador de Borghese. Singular me ha parecido que empezasen tal ejercicio en una vieja muralla de la ciudad, sin comodidad alguna para los espectadores. ¿Por qué no hacerlo en el Anfiteatro, donde hay espacio tan hermoso?