El viento contrario, empujándome ayer al puerto de Malsesina, me preparaba una aventura peligrosa que arrostré animosamente, y que aparece en mi recuerdo de manera bien singular. Según lo prometido, fuí á la mañana siguiente despacio al antiguo castillo que, sin puertas ni guardianes, es accesible á todo el mundo. Sentéme en el patio frente á la vieja torre, levantada sobre rocas. Encontré sitio muy cómodo para dibujar. Una puerta cerrada en la muralla, elevada sobre tres ó cuatro escalones; portadita de piedra muy adornada, parecida á las que se encuentran frecuentemente en vetustos edificios de nuestro país. No había estado mucho tiempo sentado, cuando entraron en el patio algunos hombres, me miraron y se pusieron á andar de un lado a otro. Aumentó la gente y, por fin, se pararon todos, rodeándome. Bien advertí que mi dibujo llamaba la atención; pero no me dí por entendido y continué. Al fin un hombre se dirigió á mí, no con las mejores maneras, y preguntóme qué hacía. Le contesté, que dibujaba la antigua torre, deseando conservar un recuerdo de Malsesina. Él repuso que aquello no se permitía y que lo dejase. Como lo decía en dialecto veneciano, que yo en realidad apenas comprendía, dije que ignoraba lo que quería decir. Entonces, con verdadera tranquilidad italiana, cogió la hoja y la rasgó, aunque dejándola sobre la cartera. Noté por esto cierto disgusto en los circunstantes, y una viejecilla particularmente dijo que no estaba bien: que debían llamar al Podestá, el cual sabía juzgar á derechas cosas como la presente. Yo permanecía en la escalera, la espalda apoyada en la puerta, y observaba al público, siempre creciente. Las mirada fijas y curiosas, la expresión de benevolencia en la mayor parte de las caras y lo que puede caracterizar de manera gráfica á la masa de un pueblo extranjero, me hizo impresión gustosísima. Creia ver delante de mí el coro de pájaros que yo mistificara tantas veces en el teatro de Ettersburgo. Esto me afianzó en mis buenas disposiciones, y cuando llegó el Podestá y su actuario, le saludé con naturalidad, y á su pregunta de por qué dibujaba la fortaleza, contesté resueltamente que no reconocía por fortaleza aquellas paredes. Les llamé la atención á él y al pueblo, acerca de la ruina de aquella torre y de aquellas murallas, de la carencia de puertas; en una palabra, sobre el estado general de debilidad, y dije que no había pensado ver y dibujar sino una ruina.

Preguntáronme entonces qué podía tener aquello de notable si era sólo una ruina. Respondíles circunstanciadamente (porque quería ganar tiempo y darme gusto) que bien sabían de los muchos viajeros que iban á Italia atraídos por las ruinas. Que Roma, la capital del mundo, asolada por los bárbaros, quedara llena de ruinas que fueron dibujadas cientos y cientos de veces; que no todo lo de la antigüedad hallábase tan bien conservado como el anfiteatro de Verona, que iba á ver enseguida.

El Podestá, que estaba delante de mí, pero más abajo, era un hombre alto, no flaco, que podría tener unos treinta años. Las obtusas facciones de su cara, nada inteligente, se concertaban con su manera de preguntar pausada y oscura. El alguacil, más pequeño y expeditivo, no parecí tampoco reconocerse en tan nuevo y raro caso. Continué hablando acerca del particular; parecían oirme gustosos, y volviéndome á ciertos rostros benévolos de mujeres, creí encontrar aprobación y aquiescencia. Como mencioné el anfiteatro de Verona, que en el país se conoce por el nombre de Arena, díjome el alguacil, que mientras tanto había reflexionado, que aquel era un monumento romano celebrado por todo el mundo, pero que en esta torre no había nada notable: sólo era el límite del territorio de Venecia y los estados del Emperador de Austria, por cuyo motivo no debía consentirse fuese espiada. Sobre esto hice extensas aclaraciones, diciendo que no solamente las ruinas antiguas griegas y romanas eran dignas de atención, sino también las de la Edad Media. A ellos no se les podía censurar si en esos edificio, conocidos desde su juventud, no encontraban tantas bellezas pintorescas como yo descubría. Por fortuna, bañaba el sol de la mañana torre, roca y murallas de la más hermosa luz, y comencé á describirles aquel cuadro con entusiasmo. Tenían á sus espaldas tan celebrados objetos, y como no querían dejar de estar frente á mí, volvieron la cabeza todos á un tiempo, semejantes á aquellos pájaros nombrados tuercecuellos, para ver con sus ojos lo que yo recomendaba á sus oídos. Hasta el mismo Podestá se tornó, aunque con más lentitud, hacia el cuadro descrito. La escena parecióme tan risible, que aumentó mi buen humor, y no les perdoné ni la hiedra que había engalanado espléndidamente durante siglos y siglos piedras y muros.

El actuario replicó que aquello sonaba muy bien; pero que el emperador José era un señor intranquilo, que de seguro tramaba algo contra la república de Venencia, y yo podía muy bien ser súbdito suyo y su enviado para espiar la frontera.

Muy lejos -respondí- de pertenecer al Emperador de Austria, tengo á gala y me honro de ser ciudadano de una República que, en verdad, ni en poder ni en grandeza puede ser comparada con el ilustrísimo Estado de Venecia, pero que se gobierna á sí misma; y en asuntos comerciales, en riqueza y en el saber de sus prefectos no le va en zaga á ninguna ciudad de Alemania. En una palabra, soy natural de Francfort, sobre el Main, ciudad que de nombre y fama os es, sin duda, conocida.

-¡De Francfort, sobre el Main!- exclamó una mujer joven y guapa. -Muy bien puede ser verdad, señor Podestá, lo que dice el extranjero, que me parece un hombre de bien á carta cabal. Llámese a Gregorio, que estuvo allá mucho tiempo sirviendo, y podrá mejor que nadie aclarar el asunto.

Ya las caras benévolas aumentaban. mi primer contrario había desaparecido; y cuando vino Gregorio, la cosa cambió por completo a mi favor. Era un hombre como de cincuenta años, una de esas caras morenas bien marcadas italianas. Hablaba y se expresaba como á quien lo extranjero no es extraño. Me contó que estuviera al servicio de los Bolongaro, y tenía gusto en saber por mí algo de esta familia y de la ciudad que recordaba con placer. Felizmente, su estancia allí cuadraba con mis juventudes, y tuve la doble ventaja de poderle decir bastante de lo ocurrido en su tiempo y de las mudanzas que sobrevinieron después. Le hablé de todas las familias italianas, de las cuales ninguna me era desconocida. Se alegró mucho a algunas cosas, por ejemplo, cuando le dije que el Sr. de Allesina celebró sus bodas de oro en 1774, con cuyo motivo habían acuñado una medalla, que yo poseía. Se acordaba muy bien que la esposa de este opulento negociante era Bretana de nacimiento. También le hablé de los hijos y nietos de la casa, cómo se habían criado y establecido, y cómo se habían casado y convertido, á su vez, en padres y abuelos.

Conforme le iba dando noticias claras de casi todo lo que me preguntaba, cambiaba la expresión, alegre o seria, de la cara del hombre. Estaba satisfecho y conmovido: la gente se animaba cada vez más, y no entendiendo nuestro doble idioma, tenía él que traducirles, una parte en su dialecto.

Por fin -dijo- Sr. Podestá: estoy convencido de que este es un buen señor, aficionado á las Artes, bien educado, que viaja instruyéndose. Debemos dejarlo ir amistosamente, para que hable bien á sus compatriotas de nosotros y los anime á visitar Malsessina, cuya hermosa situación es digna de que la admiren los extranjeros. Yo reforcé estas palabras amistosas, alabando el lugar y los habitantes, sin olvidar las autoridades, en su calidad de hombres sabios y precavidos.

Todo se tubo por bueno, y obtuve permiso para ver el lugar y sus cercanías, siendo mi fiador el Sr. Gregorio. El huésped que me albergaba se unió á nosotros, regocijándose, por adelantado, de los extranjeros, que tumultuosamente le llegarían en cuanto la superioridad de Malsessina se pusiese en claro. Con viva curiosidad examinaba él todo mi traje, pero muy en particular a las pistolas pequeñas, que cómodamente se pueden llevar en el bolsillo. Consideraba dichosos á cuantos podían usar tan bonitas armas, que á ellos les estaban prohibidas bajo penas severísimas. Interrumpí algunas veces estas afables importunidades para mostrarme agradecido á mi libertador.

No me dé V. gracias -afirmó el excelente hombre.- No me debe V. nada. Si el Podestá entendiese lo que trae entre manos, y no fuese el actuario el más interesado de los hombres, no le hubiesen dejado á V. en libertad. Aquél estaba más perplejo que V., y á éste no le hubiesen valido una blanca, ni su arresto de V., ni el informe, ni siquiera la conducción a Verona. Esto lo comprendió enseguida, y antes que la conversación terminase ya estaba V. libre.

El buen hombre me llevó por la tarde á su viña, muy bien situada, bajando al lago. Nos acompañaba un hijo suyo de quince años, que se subía a los árboles para alcanzarme la mejor fruta, mientras su padre buscaba los racimos más sazonados.

Entre estos hombres desconocidos y benévolos, en el infinito aislamiento de aquel rincón de la tierra, enteramente solo, reflexionando en la aventura del día, comprendí, con toda claridad, cuán extravagante ser es el hombre, que sólo por el capricho de apropiarse el mundo y lo que contiene, entendiéndolo de una manera particular, hácese con frecuencia difícil y peligrosos aquello que puede gozar seguramente con comodidad y en buena compañía.

Cerca de la media noche me acompañó mi posadero á la barca, llevando el cesto de frutas que me regalara Gregorio, y dejé, con viento favorable, aquella tierra, que amenazó ser para mí de Lestrygons.

Ahora, volvamos á mi viaje, que terminó feliz, después de haberme extasiado en la admiración de aquel espejo de agua y sus lombardas orillas. Allí, donde el poniente de la montaña cesa de ser escarpado y el paisaje hasta el lago cae llano, están por orden, y en legua y media de extensión, Gariñano, Bojaco, Cedina, Toscolano, Maderno, Gardom y Saló, la mayoría edificadas en fila. No hay palabras que puedan expresar la gracia y la belleza de país tan poblado y rico. A las diez de la mañana salté en tierra en Bertolino. Cargué mi equipaje en un mulo y monté en otro. Va el camino por una eminencia divisoria del valle del Etsch y del lago: las aguas primitivas, impeliéndose en espantosa corriente unas contra otras, parecen haber formado un colosal dique de piedras. En tiempos más tranquilos depositáronse en él tierras fértiles de cultivo, mas el labrador no puede librarse de la plaga de cantos rodados que constantemente sale á la superficie. Por todos los medios posibles trata de deshacerse de ellos, los coloca en capas al lado del camino, formando murallas espesas. La morera, faltando la humedad, no prospera en la altura. No hay que pensar en manantiales: de cuando en cuando hanse procurado charcas de agua de lluvia donde los mulos y sus conductores apagan la sed. Abajo, en el río, instalaron norias destinadas al riego de las plantaciones inferiores. No hay palabras para encarecer la esplendidez del nuevo paisaje que á la bajada se descubre. Es un jardín de una milla de ancho y largo, completamente llano, lleno de primores, al pie de una montaña alta y escarpada. Así llegué el 14 de Septiembre cerca de la una á Verona, donde, en primer lugar, escribo esto; después doy fin y remate á la segunda parte de mi diario, y me prometo á la tarde, con excelentes disposiciones, visitar el anfiteatro.

Del tiempo que hizo este día diré lo siguiente: desde las nueve á las diez de la noche unas veces despejado y otras cubierto; la luna conservó siempre un círculo de vapores á su alrededor. Por la mañana, á las cinco, se cubrió todo el cielo de nubes grises, no muy pesadas, que desaparecieron al adelantar el día. Cuanto más bajábamos, mejor estaba el tiempo. Cuando en Botzen dejé al Norte la gran cadena de montañas, la disposición del aire era muy diferente. Es decir, veíase en los diversos paisajes, separados agradablemente unos de otros por un azul más ó menos intenso, que la atmósfera tenía el poder de sostener un tenue vapor, del que estaba saturada, y no caía en rocío ni lluvia, ni tampoco se reunía en nubes. Al llegar más abajo, pude observar que los vapores que subían del valle de Botzen y las fajas de nubes que, levantándose de las montañas del Mediodía, eran impelidas á las regiones superiores del Norte, no las cubrían, sino que las envolvían solamente en una suerte de niebla seca. En lo más lejano de la montaña puede observar una punta de arco iris. Hacia el Sur de Botzen tuvieron buen tiempo el verano entero: sólo en cuando en cuando un poco de agua (dicen acqua, para expresar la lluvia menuda) y enseguida el sol otra vez. También ayer caían por veces algunas gotas, y luego brillaba de nuevo el sol. No tuvieron, hace mucho tiempo, tan buen año; todo prosperó. Lo malo nos lo enviaron. De las montañas y de las piedras digo poco; pues los viajes á Italia de Ferber y Hacquet instruyen bastante acerca del camino. A un cuarto de legua del Brenner hay una cantera de mármol: la pasé á la hora del crepúsculo. Debe necesariamente descansar, como la del otro lado, sobre esquisto micáceo. Lo encontré en Kollmann al abrir el día. Bastante más abajo mostráronse los pórfidos. Eran las rocas tan magníficas y los montones de piedras tan apropiadamente cortadas al borde del camino, que no había sino elegir y empaquetar mesitas de gabinete, a la manera de Voigt. no me hubiera sido difícil coger un trozo de cada clase si acostumbrase á tener miras y codicia en menor escala. A poco trecho de Kollmann, bajando, encontré un pórfido esfoliado en placas regulares, parecido á otro entre Branzol y Neumarkt, cuyas placas á su vez se separan en pilastras. Ferber las tuvo por productos volcánicos, pero eso era hace catorce años,cuando las cabezas no veían en el mundo sino fuego. Hacquet se ríe de esto.

Poco, y poco agradable, tengo que decir de los hombres. En cuanto fué de dí, al bajar el Brenner, noté en las fisonomías cambio muy marcado. Disgustóme particularmente el color pálido cetrino de las muyeres: sus facciones denotaban miseria. Los niños daban asimismo lástima; los hombres parecían mejor. Las formas regulares y buenas en general. Creo encontrar la causa principal dele estado enfermizo en el uso abundante del maíz y trigo sarracénico. Aquél, que llaman amarillo y este negro, se muelen, se cuecen y lo comen en forma de papillas espesas. Los alemanes de la otra parte, dividen la masa luego de cocida, y la fríen con manteca. Los tiroleses italianos suelen mezclarle queso rallado, y en todo el año no prueban carne. De necesidad aquello tiene que obstruir las primeras vías, particularmente en los niños y las mujeres, y el color caxético da claro indicio de esta perturbación. Comen además judías verdes, cocidas en agua y sazonadas con cabezas de ajo y aceite.

Pregunté si no había labradores ricos.

-Sí que los hay, -me contestaron.

-¿No se dan mejor vida, no se tratan mejor?

-No; tiene ya hecha su costumbre.

-Entonces, ¿dónde colocan su dinero, qué hacen para gastarlo?

-¡Oh! tienen sus señores, que se quedan con él otra vez.

Esto es el resumen de la conversación que tuve con la hija de mi posadero de Botzen.

 

Después supe por ella que los viticultores, que parecen estar mejor, son los que están peor, pues se ven entre las manos de los traficantes de las ciudades: en lo años malos les adelantan dinero para vivir, y en los buenos se toman para sí  el vino, poco menos que de balde. Sin embargo, en todas partes sucede los mismo. Lo que confirma mi opinión acerca de los alimentos es el mejor aspecto de las muyeres habitantes en las ciudades. Las caras de las muchachas, llenas y guapas; los cuerpos, para su fuerza y para el grueso de la cabeza, algo demasiado pequeños, pero las fisonomías amables y comunicativas. A los hombres ya los conocemos por los tiroleses ambulantes. En el país se ven menos rozagantes que las mujeres, sin duda porque éstas se ocupan en trabajos corporales y de movimiento; los hombres, al contrario, hacen la vida sedentaria de los tenderos ó los artesanos. En el lago de Garda encontré gentes muy morenas y sin el menor color en las mejillas, pero no enfermizos, sino muy sanos y de agradable aspecto. Deben causarlo los fuertes rayos que el sol envía al pie de estas rocas.