¡Magnífico día desde la mañana á la noche! Llegué hasta Palestrina, pasando frente á Chiozza, asiento de las grandes construcciones llamadas Murazzi, que levanta la República. Son de piedras labradas y es su objeto proteger la extensa lengua de tierra llamada el Lido, que separa las lagunas de la mar, contra el bravío elemento.

Son las lagunas un efecto antiguo de la Naturaleza. En primer término el flujo, el reflujo y la tierra, trabajando encontradamente; después los rebajamientos sucesivos de las aguas, fueron causa de que, en la extremidad superior del mar Adriático, se encontrase tan extenso terreno pantanoso, visitado en parte y en parte abandonado por el flujo y el reflujo. El arte solidificó los puntos más altos, y así Venecia está formada por cien islas agrupadas y rodeada de otras ciento. Al propio tiempo, con increíble trabajo y costo, abrieron canales profundos en las lagunas, á fin de que en la marea pudiesen llegar buques de guerra á los puntos principales. cuanto hicieron el ingenio y el trabajo de los antiguos tienen que conservarlo ahora el trabajo y la previsión de los modernos. La larga banda de tierra del Lido separa las lagunas del mar, que sólo puede entrar por dos sitios, á saber: el Castillo y al extremo opuesto por Chiozza. El flujo entra dos veces al día y el reflujo retira las aguas otras dos veces, siempre siguiendo el mismo camino y en la misma dirección; cubre los puntos pantanosos del interior y deja al descubierto los más altos, que aunque no se secan, son visibles.

Otra cosa sería si la mar se buscase nuevos caminos, atacase la lengua de tierra y la marea entrase y saliese á voluntad. No solamente los pueblecitos que hay en el Lido, Palestrina, San Pietro y otros perecerían, sino que se obstruirían los canales y el agua lo transtornaría todo, convirtiendo el Lido en islas, y las islas que hay detrás, en lengua de tierra. A fin de evitarlo, protegen el Lido, valiéndose de todos los medios posibles, para que el elemento temible no pueda desmantelar aquello que los hombres se posesionaron, dándole forma y dirección determinadas.

En las mareas grandes conviene, sobre todo, impedir al mar la entrada, á no ser por dos lados, quedando el resto cerrado. Así quiébrase su fuerza, y debiendo someterse, á las pocas horas, á la ley del descenso de la marea, es menos temible su furor.

Después de todo, Venecia nada tiene que temer, y la lentitud del mar retirándose, le garantiza miles de años, y ya tratará de retener su posesión, conservando perfectamente sus canales.

¡Si al menos tuvieran la ciudad más limpia, cosa tan necesaria como fácil y de muy grandes consecuencias en el curso de los siglos! Verdad es que está prohibido, bajo grandes multas, echar escombros ó basuras en los canales; pero nadie puede impedir que un chaparrón repentino arrastre las inmundicias depositadas en los rincones, y lo que es peor, que las arroje en las bocas de las alcantarillas, cerrándolas y poniendo así los lugares principales en peligro de quedarse debajo del agua. He visto alcantarillas obstruidas y llenas de agua, hasta en Piazzeta de San Marcos, donde las establecieron tan bien como en la gran plaza.

La lluvia se hace un fango horroroso. Todo el mundo jura y echa pestes. Al subir y bajar los puentes, las capas y Tabarri que llevan á la continua arrastrando, se ensucian, y como las gentes usan medias y zapatos, se salpican e increpan unos á otros porque no se manchan de barro común, sino corrompido. Mejora el tiempo, y nadie piensa ya en la limpieza. Tan cierto es que el público se queja siempre de estar mal servido, porque no sabe principiar á hacerse servir mejor. Aquí, si el soberano quisiera, todo se arreglaría pronto.

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Subí esta tarde á la Torre de San Marcos; habiendo visto las lagunas en su magnificencia, en pleamar, quería contemplarlas ahora, durante el reflujo, en su humildad, siendo necesario unir las dos imágenes para formar idea verdadera. Es cosa singular ver tierra en todas partes donde antes se extendía la llanura transparente. Las islas no son ya sino puntos elevados y cultivados de un gran pantano verde obscuro, donde caracolean bonitos canales. Vense los terrenos pantanosos cubiertos de plantas acuáticas, que paulatinamente y sin cesar los van levantando, á pesar del flujo y el reflujo que los arrastra y socava, no dejando sosegar la vegetación.

Vuelvo á mi narración del mar. Hoy vi un tejemaneje de caracoles marinos, lapas y cangrejos, en extremo divertido. ¡Qué cosa tan hermosa es un ser vivo! ¡Qué apropiado á su estado, qué verdadero, qué existente! ¡Cuán útil me es mi corto estudio de la Naturaleza y cuánto me complazco en seguirlo! Estas cosas pueden comunicarse, y no quiero hacer la boca agua á mis amigos con simples exclamaciones.

Consisten las obras destinadas a contener el mar en dos series de escalones altos, alternando con rampas suaves, terminando en alto muro, cuyo borde superior es saliente. Al subir la marea, el agua cubre generalmente los escalones y las rampas, y sólo en casos extraordinarios se estrella contra el muro y el borde saliente.

A la mar siguen sus habitantes; pequeños mariscos comestibles, patelas univalvas y todo lo movedizo, en particular cierta especie de cangrejos. Apenas los animalitos se posesionaron del muro liso, retíranse las aguas tumultuosas según vinieron. Al principio aquella muchedumbre no sabe dónde se halla, y espera que la ola salada los volverá á recoger; mas no vuelve, el sol pica y seca de prisa, y empieza entonces la retirada. En tal ocasión buscan los cangrejos su presa. No se puede ver nada más admirable ni más cómico que los ademanes de esta criatura que, compuesta de redondo cuerpo y dos largas tijeras, ya que las otras paras de araña no cuentan, camina pausada sobre sus zancudos brazos, y en cuanto una lapa se mueve algo debajo de su escudo, mete la pinza entre la abertura de la concha y el suelo, vuelca el tejado y se come el molusco. Las patelas caminan despacio; mas al sentir próximo el enemigo, se adhieren fuertemente á la piedra. Este maniobra con mucha astucia y muchas monerías alrededor del tejado, falto de fuerzas que venzan el poderoso músculo del débil animalejo; entonces renuncia á la presa, dirigiéndose á otra suelta, mientras la primera sigue poco á poco su camino. Jamás vi un cangrejo salirse con la suya, y eso que he pasado horas enteras observando la retirada de esta tropa, resbalándose por las dos rampas y los escalones.