He visitado el palacio Pisani Moretta para ver un precioso cuadro de Paolo Veronese: la familia femenina de Darío, postrada ante Alejandro y Hephastion. La madre, arrodillada en primer término, toma al último por el rey; él rehusa todo honor é indica á Alejandro. Cuenta la historia que habiendo sido el artista muy bien recibido y honoríficamente hospedado durante mucho tiempo en este palacio, pintó el cuadro en secreto, y arrollado, dejólo de regalo, debajo de la cama. De todas maneras es digno de un origen particular, pues revela todo el mérito del maestro. Evidencia su gran arte en distribuir luces y sombras, su habilidad en los colores locales, su modo de producir deliciosa armonía, sin difundir en el lienzo un tono general. Verdad es que el cuadro consérvase perfectamente, tan fresco como pintado ayer, y cuando una obra de tanta importancia comienza á deteriorarse, el placer que su visita produce se perjudica sin saber por qué.

Quien censure al artista en los trajes, debe advertir su intento de pintar historia del siglo diez y seis, y no hay más que decir. La gradación de la madre á la esposa y á la hija, es sobremanera real y feliz. La princesita joven, arrodillada, completamente al extremo, es una ratita de rostro gentil, voluntarioso y arrogante, que no parece estar nada contenta en su sitio.

Mi antiguo don de ver el mundo con los ojos del pintor cuyos cuadros acaban de impresionarme, trájome un pensamiento particular. Es evidente que el ojo fórmase mediante los objetos vistos desde la infancia, y así los pintores venecianos deben ver más diáfano y claro que los otros hombres. Cuantos habitamos un país, á veces sucio y fangoso, otras cubierto de polvo incoloro, que amortigua los reflejos, ó quizá encerrados en menguadas habitaciones, no podemos desarrollar en nosotros mismos esa mirada alegre. Al hallarme un día en las lagunas, en pleno sol, y ver en las bandas de las góndolas á los gondoleros con sus trajes abigarrados y sus movimientos ligeros remando, destacarse entre la llanura verde clara y el aire azul, he contemplado la mejor y más acabada imagen de la escuela veneciana. El brillo del sol realzaba los colores locales de manera deslumbradora, y eran las sombras tan ligeras, que relativamente hubiesen podido servir de luz. Igual sucedía con el reblejo de las verdes aguas del mar; todo era claro y pintado en claro: necesitábase el rayo de luz sobre las olas espumosas para poner los puntitos sobre las íes. Ticiano y Paolo poseían esta claridad en grado sumo, y si no se encuentra en algunos de sus cuadros, es porque han padecido ó los han retocado.

En la iglesia de San Marcos las bóvedas y cúpulas, y al igual las paredes, todo está ricamente cubierto de mosaicos; figuras de colores sobre fondo de oro. Los hay muy buenos; otros no tanto, según el maestro que dibujó los cartones. Dióme pena que todo dependiese aquí de aquella primitiva invención, haciéndola dueña del espíritu y de la medida justa; pues con pedacitos cuadrados de vidrio, lo mismo se puede imitar lo malo que lo bueno. Y aun no todo hiciéronlo de la mejor y más pulida manera. El Arte que preparó á los antiguos sus pavimentos y á los primeros cristianos el cielo de las bóvedas de sus iglesias, se desmenuza ahora en tabaqueras y brazaletes: estos tiempos son peores de lo que se piensa.

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En la casa Tafetti existe una preciosa colección de reproducciones antiguas. No hablaré de las que conozco de Maguncia ó de otras partes, y sólo mencionaré las nuevas. Una Cleopatra colosal, el áspid enroscado en el brazo y durmiendo el sueño de la muerta. Más lejos la madre Niobe, cobijando bajo el manto la más joven de sus hijas para librarla de las flechas de Apolo. Algunos gladiadores; un Genio dormido en sus propias alas. Filósofos sentados y de pie. Son obras que pueden deleitar e instruir al mundo durante siglos, sin que el mérito del artista se agote nunca en la saciedad.

Muchos bustos me transportaron á los antiguos, magníficos tiempos. Sólo siento mi desdichado atraso en tales conocimientos. Sin embargo, adelantaré; á lo menos sé el camino. Palladio preparóme á ello y á todo cuanto es Arte y vida. Quizá he de parecer algo extraordinario, pero no será paradógico como lo de Jacobo Bôhme, que llegó á conocer el universo viendo un plato de estaño atravesado por el rayo de Júpiter. También hay en la colección un pedazo de entablamento del templo de Antonino y Faustina en Roma. Este objeto saliente de tan magnífica arquitectura, me hizo recordar el capitel del panteón de Mannheim. ¡Cosa es bien diferente de nuestros santos amochuelados del gótico florido, puestos sobre sus mensulillas uno sobre otro, y que nuestras columnas de tubos de pipa y nuestras torrecillas picadas, y que nuestras guirnaldas de flores! Gracias á Dios, de eso estoy libre para siempre.

He de mencionar todavía algunas obras de escultura que vi aquel día, si bien de pasada, con admiración y respeto. Dos enormes leones de mármol blanco á la puerta del Arsenal. El uno, se levanta apoyándose en las patas delanteras; el otro está acostado. Contraste magnífico de variedad y vida. Son tan grandes, que hacen pequeño lo que les rodea y que nos reducirían á la nada si los objetos sublimes no nos elevasen. Deben ser de los mejores tiempos griegos, traídos del Pireo en los días resplandecientes de la República.

Deben traer asimismo su origen de Atenas dos bajorelieves empotrados en la pared de la iglesia de Santa Justina, la vencedora de los turcos, desgraciadamente obscurecidos, hasta cierto punto, por las sillas de la iglesia. Hízome reparar en ellos el sacristán, porque la tradición dice que los ángeles hermosísimos que el Ticiano presenta en su cuadro del Asesinato de San Pedro Mártir, están tomados de aquellos: son genios que se arrastran con los atributos de los dioses, y en verdad tan bellos, que sobrepujan toda idea.

En seguida contemplé, con un sentimiento muy particular, la estatua desnuda de Marco Agripa, en el patio de un palacio. Un delfín que se levanta culebreando á su lado, indica un héroe marino. ¡Qué parecidos á dioses son los grandes hombres así representados!

He visto de cerca los caballos de la iglesia de San Marcos: desde abajo se advierte ligeramente que son moteados; en algunas partes tienen un bonito reflejo metálico, á veces verde cobrizo. De cerca se ve y se sabe que eran todos dorados y ahora están llenos de rayas, porque los bárbaros no quisieron limar el oro, sino rasparlo con cuchillo. Mejor es esto; á lo menos la forma queda.

¡Qué hermoso tiro! quisiera oír la opinión de algún inteligente en caballos. Lo que me pareció singular fué que de cerca parecen pesados, y desde la plaza ligeros como ciervos.

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Esta mañana mi ángel bueno me llevó al Lido, la lengua de tierra que cierra las lagunas y las separa del mar. Saltamos en tierra y la atravesamos: oí un ruido fuerte; era la mar, que vimos pronto: lanzábase contra la orilla y luego se volvía; estaba la marea bajando. Así, pues, he visto la mar con mis propios ojos y me he paseado en la hermosa playa que deja descubierta al retirarse. Hubiera deseado tener los niños a mi lado, á causa de los mariscos; yo mismo, semejante á un chico, recogí buena provisión de ellos. Pero los dedico á una cosa: quisiera secar un poco de la tinta del calamar, que aquí corre con tanta abundancia.

Sobre el Lido, cerca del mar, hay un cementerio de ingleses, y más lejos obro de judíos, porque ni unos ni otros pueden enterrarse en sagrado. Encontré la sepultura del noble cónsul Smith y de su primera mujer; le debo mi ejemplar de Paladio, y le dí por él las gracias sobre su tumba profana.

Y no solamente profana, sino medio perdida; el Lido no es, al fin y al cabo, más que una duna, y las arenas arrebatadas por el viento, llevadas de una parte á otra y amontonadas, la cubrían: dentro de poco tiempo apenas se encontrará este monumento, aunque es bastante alto.

¡Qué gran espectáculo es la mar! quiero hacer un viaje en canoa, porque las góndolas no salen fuera.

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Orillas del mar encontré también diversas plantas, cuyos caracteres semejantes me hicieron conocer mejor sus propiedades. Son á la vez gordas y acerbas, crasas y tenaces, y es evidente que tales propiedades adquiérenlas de la sal del suelo arenoso, y mejor todavía, de la sal del aire. Contienen jugo como las plantas acuáticas, y son carnosas y resistentes como las plantas de montaña. Cuando en el final de las hojas adviértese tendencia á ser espinosas, al igual que el cardo, son extremadamente afiladas y fuertes. Encontré sí una mata; pareciéronme análogas á nuestros inofensivos tusílagos, pero armados de fuertes armas, y la hoja parecía de cuero, lo mismo que el cáliz y el tallo, todo grueso y áspero: recogí semilla y hoja. (Eringium maritimum).

El mercado del pescado y los infinitos mariscos me gustaron mucho; voy á él con frecuencia y observo los desdichados habitantes de la mar que se dejaron atrapar.