Anoche vi en el teatro San Crisóstomo, Electra, de Crebillón; traducida, por supuesto. No puedo decir cuan empalagosa parecióme la obra y lo terriblemente pesada que se me hizo.

Los actores son, en general, buenos, y satisfacen al público en pasajes sueltos. Orestes solo tiene tres relaciones poéticamente adornadas, en una misma escena. Electra es una muchacha bonita, algo gruesa y de viveza casi francesa, buenas maneras, y dice los versos muy bien; sólo que se equivocó desde el principio al fin, como por desgracia el papel lo pide. Mientras tanto seguí aprendiendo. Los yámbicos, siempre endecasílabos, son, en italiano, muy incómodos de declamar, porque, en general, la última sílaba es corta y, contra la voluntad de los actores, suena aguda.

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Esta mañana temprano estuve en la misa solemne de la iglesia de Santa Justina, á la que asiste todos los años el Dux, conmemorando una victoria alcanzada sobre los turcos. A la plaza, que es pequeña, llegaron las barcas doradas conduciendo al príncipe y á una parte de los nobles; los barqueros, vestidos de modo singular, agitaban remos encarnados. En la orilla el clero y la Hermandad, con hachones encendidos, sostenidos en pértigas de plata y candeleros portátiles, esperaban en apretado grupo. Después tendieron puentes tapizados desde las embarcaciones á tierra y empezaron á extenderse, en una fila primeramente los largos ropajes, color de violeta, de los jurisconsultos, después los colorados de los senadores, que sobre el empedrado se descogieron, y al fin, el anciano, adornado con el dorado gorro frigio, traje talar, dorado también, y manto de armiño. Salió llevando la cola sostenida por tres servidores. Todo esto en aquella plaza, ante el pórtico de una iglesia, delante de cuyas puertas flotan las banderas otomanas, parecía un tapiz antiguo muy bien dibujado y colorido. A mí, fugitivo del Norte, la ceremonia me gustó mucho. En nuestro país, donde todo se festeja en traje corto y el arma al hombro, no estarían en su lugar. Pero aquí, en tales solemnidades pacíficas, los trajes talares son propios.

Es el Dux hombre de aventajada estatura y muy bien formado, que podrá estar enfermo; pero, en honor de su dignidad, se tiene muy derecho bajo la pesada vestidura. Aparte de esto, parece el abuelito de toda la raza y es afabilísimo y cortés. Siéntale el traje á maravilla, y el casquete, debajo del gorro frigio, no le perjudica, porque es fino y transparente y descansa en el cabello más blanco y brillante del mundo.

Acompañábanle unos cincuenta nobles con largos trajes de cola, de color rojo obscuro. La mayoría hombres hermosos; ni una figura ruín; muchos altos, de gruesas cabezas y pelucas de rizos rubios, que les caían muy bien; facciones marcadas, carnes blancas sin ser flácidas, parecían prudentes sin esfuerzo, tranquilos, dueños de sí mismos, á quienes la vida era fácil y la llevaban con cierta alegría.

Luego que en la iglesia estuvo todo ordenado y principiada la misa solemne, toda la cofradía entró por la puerta principal y volvió á salir por la de la derech, después de recibir los cofrades, dos á dos, el agua bendita y saludar al Altar, al Dux y á la Nobleza.

Habíame preparado para esta noche el famoso canto del Gondolero, que es el Tasso y el Ariosto cantados con una melodía especial. Necesítase realmente prepararlo, porque de ordinario no se presenta; pertenece á las cosas medio extinguidas de los pasados tiempos.

A la luz de la luna subí á la góndola; uno de los cantores iba delante, otro detrás, y comenzaron su canto, alternando en sus estrofas. La melodía, conocida gracias á Rousseau, es un término medio entre el recitado y el canto llano; conserva el mismo movimiento sin tener compás. La modulación también es igual; sólo cambia según el sentido del verso, y hace una suerte de declamado, lo mismo el tono que la medida.

El espíritu, la vida de aquéllo, sólo se comprenderá por lo que voy á decir. No sé ni quiero averiguar cómo se hizo la melogía; baste saber que es muy apropiada á un hombre desocupado, modulando para su propia complacencia, adaptando á estas modulaciones poemas que sabe de memoria. Sentado á la orilla de una isla, de un canal, con voz penetrante -el pueblo estima, en primer término, la fuerza- hace resonar su canto todo lo lejos que puede. Extiéndese sobre las aguas quietas y á distancia; otro, que conoce la melodía, la oye y contesta entonando el verso siguiente; después, vuelve á comenzar el primero, y así uno es siempre eco de otro. El canto, aunque dure noches enteras, los entretiene sin cansarlos. Cuanto más lejos están, más atractivo tiene la canción. Si el que escucha se halla entre los dos, ocupa lugar apropiado.

Al fin de lograr que escuchara así, saltaron á tierra en la Giudecca, y se dividieron á lo largo del canal; yo iba de un lado á otro entre ellos, separándome del que empezaba á cantar y acercándome al que terminaba la estrofa. De esta manera comprendí enseguida el sentido del canto. Es rarísimo el sonido de la voz lejana; parece queja sin tristeza; es cosa increíble y conmueve hasta hacer llorar; lo atribuía á mis propias disposiciones, pero mi viejo decía: «E singolare, come quel canto intenerisce, e molto più, quanto è più en cantato.» Deseaba que oyese las mujeres de Lido y particularmente las de Malamocco y Palestrina, que cantan también el Tasso, acompañado de la misma ó parecida melodía. El decía: «Cuando sus maridos van de pesca, tienen la costumbre de sentarse en la orilla, y con voz penetrante, á la caída de la tarde entonan el canto hasta que, allá lejos, oyen la voz de los suyos, y así se entretienen.» ¿No es muy hermoso esto? Sin embargo, compréndese fácilmente que sea poco agradable oír cerca voces rivalizando con las olas del mar. Pero la idea de este canto se hace humana y verdadera; viva la melodía cuya letra muerta nos destrozaba la cabeza; porque es suspiro de un ser solitario en el espacio, destinado á que otro, animado de sus mismos sentimientos, lo escuche y le conteste.