La tragedia de ayer me enseñó muchas cosas. En primer lugar, he oído de qué suerte tratan los italianos sus yámbicos endecasílabos. Después he podido comprender cuán sabiamente obró Gozzi aliando las máscaras y las figuras de tragedia; espectáculo apropiado á este pueblo, que quiere ser conmovido de una manera cruel. No toma parte alguna íntima ni tierna con los desdichados: gústale sólo que el héroe hable bien; se paga mucho de las palabras, mas enseguida quiere reír y oír sandeces.

En el drama es interesan como en la misma realidad. Al presentar el tirano la espada á su hijo y requerirle que mate á su mujer, allí presente, manifestó el público, en voz alta, su desagrado ante semejante pretensión, y poco faltó para interrumpir la representación. Pedía que el viejo volviese á recoger la espada, cosa que habría anulado las situaciones sucesivas de la obra. Al fin el hijo, tan estrechado, se decidió adelantándose al proscenio, y rogó humildemente al público que tuviese paciencia un solo instante: luego siguió la cosa á medida del deseo. Considerada en el terreno del Arte la escena, en aquellas circunstancias era necia y antinatural, y aplaudí el sentimiento público.

Ahora me hoy mejor cuenta de las arengas y largos discursos de las tragedias griegas. Los atenienses gustaban más oir hablar y entendían más de eso que los italianos, porque se formaban en los tribunales, donde pasaban todo el día.

En las obras arquitectónicas de Palladio, sobre todo en las iglesias, hallo algunas cosas censurables, al lado de otras preciosas. Poniéndome á considerar si tendré ó no razón respecto de hombre tan extraordinario, me hago la idea que me comprende y me dice: -Esto y esto fué contra mi voluntad; no obstante, hícelo porque, en circunstancias dadas, sólo de esa manera podía acercarme á mi ideal. Paréceme -¡tanto es lo que pienso en ello!- que observando la altura y ancho de una iglesia ya hecha, de una casa vieja, donde sólo había que levantar fachada, se diría: -¿Cómo vas á dar á estos espacios forma grande? La necesidad te obliga á desatender y desconcertar muchos detalles; en uno ó en otro sitio aparecerá alguna inconveniencia, pero así tiene que ser. El estilo, en su conjunto, será alto y trabajarás á gusto. Y así puso de manifiesto la idea grande que llevaba en su alma en sitios no del todo adecuados, donde tenía que mutilarla y fraccionarla.

El ala del convento de la Caridad, al contrario, es de tanto más precio, cuanto el artista trabajaba libre y podía seguir sin trabas las inspiraciones de su talento. Si el monasterio se hubiese concluido, tal vez no habría en el mundo actual obra arquitectónica de mayor perfección.

Cuanto más leo y medito sus obras, veo más claramente su pensamiento y trabajo, de que suerte trató á los antiguos; empleó pocas palabras, mas siempre importantes. El libro cuarto, que se ocupa en los templos antiguos, es perfecta guía para ver con sentido las ruinas.