Hacia el anochecer volví á perderme, sin guía, en los barrios más apartados de la ciudad. Aquí á todos los puentes se sube por escaleras, á fin de que las góndolas, y aun otras embarcaciones mayores, pasen cómodamente debajo de sus arcos. Traté de entrar y salir de semejante laberinto sin preguntar á nadie, y orientándome de nuevo el cielo. Al fin llega uno á desembrollarse, pero esto es una conejera, y mi sistema de aprender con mis propios sentidos, el mejor. Con tal objeto fuí hasta el último rincón poblado, observando la manera de vivir de los habitantes, sus costumbres y clases; en cada barrio son distintas. ¡Dios mío, que animal tan pobre y bueno es el hombre!

Muchísimas casitas están al borde de los canales; sin embargo, hay, en cuando en cuando, muelles de piedra muy bien embaldosados, por los cuales, entre agua, iglesias y palacios, es cómodo y agradable pasear. Bonito y alegre es el muelle largo de piedra en la parte Norte, desde el que se ven las islas, particularmente Murano, la Venecia pequeña. Animan las lagunas intermediarias infinidad de góndolas.