Es la iglesia de Il Redentore, obra de Palladio, grande y hermosa, y su fachada más digna de alabanza que la de San Giorgio; á fin de entenderlo, sería menester tener á la vista este edificio, que el grabado reprodujo muchas veces. Vayan sólo algunas palabras. Palladio, penetrado de la existencia de los antiguos, sentía la pequeñez y estrecheza de su tiempo, cual un grande hombre que no se entrega, antes bien, intenta transformar, conforme á su noble idea, cuanto ha quedado. Según pude comprender, gracias á cierta frase dulcificada de su libro, disgustábale que las iglesias cristianas siguiesen construyéndose en la forma de las antiguas basílicas. A causa de esto, trataba de acercar las formas de sus edificios religiosos á los antiguos templos. De ahí provienen ciertas impropiedades que me parecen felizmente evitadas en Il Redentore, y que en San Giorgio saltan á la vista. Volkmann dijo algo, aunque sin dar en la cabeza del clavo.

Dentro, Il Redentore es igualmente precioso: todo, incluso la ornamentación de los altares, es de Palladio. Desdichadamente las hornacinas destinadas á estatuas ostentan chatas figuras pintadas en tablas.  Un altar lateral, dedicado á San Francisco, habíanlo adornado con profusión los Capuchinos de San Pedro. No se veía de piedra sino los capiteles corintios; el resto lo cubrían ciertos adornos, á modo de arabescos del mejor gusto, y lo más bonito que se pudieran desear. Admírome, sobre todo, la hojarasca y los ramajes dorados; acerquéme y encontré una graciosa mixtificación. Todo cuanto creyera oro era paja, aplicada con goma sobre dibujos de papel muy lindos; el fondo pintado de vivos colores, y todo ello de tanto gusto y variedad, que aquel juguete, cuyos materiales nada valían absolutamente y que sin duda se hicieran en el convento, á ser verdad, costaría muchos miles de escudos. En ocasiones podría imitarse.

Varias veces había reparado en un muelle, cerca del agua, á un hombrecillo que, en dialecto veneciano, contaba historias á un auditorio más ó menos numeroso: desgraciadamente nada pude comprender. Nadie reía, y muy pocas veces sonreía el auditorio, compuesto, en su mayor parte, de gentes de la clase más baja. Tampoco el narrador ofrecía nada chocante ni risible; al mismo tiempo mostraba, en sus ademanes, una variedad y una precisión dignas de admirarse, y probaban arte y estudio.

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Provisto del plano, traté de encontrar, por rodeos estrafalarios, la iglesia de los Mendicantes. Radica en ella el Conservatorio más celebrado en la actualidad. Las señoras cantaban en el oratorio, detrás de la verja. La iglesia estaba llena de oyentes; la música muy hermosa y las voces magníficas. Un contralto cantaba la parte del rey Saúl, protagonista del poema. No tenía ni idea siquiera de voz semejante; algunos pasajes de la música eran admirables; el texto perfectamente cantable en latín, tan italianizado, que en ciertos momentos hacía reir. Mas aquí la música tiene ancho campo.

Hubiera sido goce muy agradable si el maldito maestro de capilla no hubiera mercado el compás chocando la soleta sobre  la verja de una manera tan poco disimulada, que parecía habérselas con chicos de escuela. Las jóvenes, sin embargo, ensayaron bien la pieza, y su papeleo innecesario destruía todo el efecto; no de otro modo que si uno, deseando hacernos comprender muy claro el mérito de una estatua, diese color de escarlata á las junturas de todas sus piececitas. Un sonido extraño rompe toda armonía. ¿Y este hombre es músico y no lo conoce? ¿O quiere marcar mediante una inconveniencia su presencia? Fuérale mejor dejar adivinar su mérito en lo perfecto de la ejecución. Sabía que tal cosa está en la manera francesa; mas de los italianos, que parecen á ello acostumbrados, no lo pensaba. No es la primera vez que ocurre la creencia de favorecer el gusto apelando precisamente á aquello que lo destruye.

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Anoche ópera en San Moisés (aquí los teatros llevan el nombre de la iglesia cercana). No me satisfizo. Falta plan á la música, y á los cantantes aquella energía interior, única capaz de llevar á su punto más alto una  representación del género. No puede decirse que ninguna de las partes sea mala, pero sólo las dos mujeres se esfuerzan, no tanto en ejecutar, como en presentarse bien y agradar: siempre es algo. Son dos figuras bonitas. Buenas voces; dos personitas finas, graciosas y despiertas.

En cuanto á los hombres, no hay traza alguna de fuego interior, ni deseo de producir la menor ilusión en el público, ni tampoco voces brillantes.

El Ballet, de mísera invención, fué estrepitosamente silbado; sin embargo, algunos saltarines y saltarinas, excelentes las últimas, creyendo deber suyo familiarizar á los espectadores con cada parte bonita de su cuerpo, recibieron muchos aplausos.

En cambio asistí hoy á otra comedia que me divertió más. Celebrábase en el palacio ducal vista pública de un pleito importante, y tuve la dicha de que empezara durante las vacaciones. Uno de los abogados era tan exagerado como pudiera serlo cualquier bufón. Obeso, pequeño, muy movible, perfil enormemente saliente, voz bronca y tal vehemencia, que cuanto decía parecía salirle de lo más profundo del corazón. Llámola comedia, porque, cuando estas públicas representaciones se dan, ya está todo concluído; los jueces saben lo que van a decidir y las partes lo que tienen que esperar. Sin embargo, me gustó mucho más que nuestros tribunales y entorpecimientos curialescos. Y ahora voy á dar idea de las circunstancias y de qué modo todo se pasa con naturalidad é ingenio y sin ostentación.

En una sala espaciosa del palacio estaban sentados, formando semicírculo, en un lado los magistrados; en el opuesto, y en una tribuna donde cabían muchas personas, unas junto á otras, los abogados de ambas partes, y delante de la tribuna, en un banco, el querellante y el acusado, en propias personas.

Bajara de la tribuna el abogado del querellante, porque la sesión del día no era de debates, sino que debían leerse en ella, aunque ya impresos, todos los documentos en pro y en contra.

Un flaco escribiente, pobremente vestido de negro, se disponía á desempeñar el papel de lector: la sala estaba llenísima de espectadores y oyentes, porque la cuestión de derecho en sí, y las personas de quienes se trataba, inspiraban el mayor interés á los venecianos.

Gozan los fideicomisos en este Estado del más decidido favor. Una posesión á la que se imprime tal carácter, lo conserva eternamente. Puede en cualquiera acontecimiento ó circunstancia venderse y pasar por muchas manos durante cientos de años; si el asunto se lleva á la justicia, conservan los descendientes de la primera familia sus derechos, y los bienes se les devuelven.

Esta vez, el pleito tenía gran importancia, pues la queja produjérase contra el mismo Doge, ó mejor contra su esposa, que comparecía en persona, envuelta en su cedal y sentada en el banquillo, muy poco desviada del querellante.

Era una señora de cierta edad, de buena presencia, noble fisonomía, en cuya seriedad podrían notarse rasgos de enojo. La imaginación de los venecianos se prometía mucho de ver aparecer ante el tribunal y ante ellos, la princesa, en su propio palacio.

Comenzó el escribiente á leer, y sólo entonces comprendí lo que significaba el hombrecillo, sentado en una banqueta, detrás de una mesita, debajo de la tribuna de los abogados y frente á los jueces: tenía un reloj de arena acostado delante de sí; mientras leía el escribiente, no corría el tiempo, pero el abogado, cuando quería hablar interviniendo en el asunto, sólo se le concedía en total cierto tiempo. ¿Leía el escribiente? el reloj estaba acostado y el hombrecillo tenía la mano encima: ¿abría el abogado la boca? ya estaba el reloj derecho, y en cuanto callaba, tendido otra vez. La gran habilidad consiste en hablar durante el curso de la lectura; hacer advertencias al vuelo; excitar la atención y exigirla. Con semejante táctica encuéntrase el Saturnuelo en el mayor compromiso. Tiene que cambiar incesantemente la postura horizontal ó vertical del reloj. Se encuentra en el caso del diablo en los teatrillos de muñecos; con los movimientos rápidos del malicioso Arlequín ¡berlick, berlock! no sabe si salir ó entrar.

Quien haya oído lo que es colacionar en las oficinas, podrá formarse idea de la lectura apresurada, monótona, pero articulada con bastante claridad. El hábil abogado sabe romper la monotonía apelando á chazas, y el publico celebra sus chistes en desmedida carcajada. Recordaré un chiste, el más saliente de cuantos oí. Recitaba el lector en aquel momento un documento, en cuya virtud, un poseedor ilegal, prescripto, disponía de los bienes en cuestión. Pidióle el abogado que leyera más despacio, y cuando pronunció claramente las palabras: dono, lego se le echó encima exclamando: «¡Qué has de donar, ni que has de legar tú, pobre diablo hambriento, si no posees nada en el mundo? ¡Sin embargo -continuó, mientras parecía reflexionar,- aquel risible poseedor estaba en el mismo caso; quería donar, quería legar lo que le pertenecía tanto como á ti!» Una carcajada infinita estalló, al mismo tiempo que el reloj de arena volvía á tomar la horizontal. El lector continuó zumbando, puso al abogado rostro flamígero; pero después de todo, se trata de meras bromas convencionales.