Mucho se ha hablado y escrito de Venecia para entretenerme en descripciones detalladas: hablo sólo de aquello que se ofrece á mi vista. Pero lo que me impresiona, ante todo, es el pueblo; esta gran masa, esta entidad que la necesidad y no la voluntad formó.

No por mero juego se refugiaron en la isla las primitivas razas, ni los que vinieron después se les unieron de buen grado. Enseñóles á buscar la lucha por la vida sitio seguro en los lugares más desventajosos, luego tan provechosos para ellos, que hiciéronlos advertidos y juiciosos cuando aún todo el mundo septentrional yacía cautivo en las tinieblas. Consecuencia necesaria fué multiplicarse y enriquecerse: surgieron las viviendas oprimiéndose. Los arenales y pantanos fueron utilizados y cegados, valiéndose de rocas. Buscaron el aire las casas, parecidas á árboles encerrados, tratando de ganar en altura lo que les faltaba en amplitud. Avaros de cada palmo de terreno, y apiñados desde el principio en estrecho espacio, no dejaban á las calles sino el ancho preciso para separar una fila de casas de la de enfrente, procurando al transeunte el paso indispensable. Por otra parte, hacíales el agua veces de calles, plazas y paseos. Tuvo que ser el veneciano especie de criatura aparte; como Venecia era sólo á ella misma comparable. El gran canal serpenteando á través de ella, no le cede á ninguna calle del mundo. Nada puede parangonarse al espacio existente delante de la plaza de San Marcos: me refiero al gran espacio de agua abrazado del aldo de acá por la propia Venecia, en forma de media luna. Vése en esta llanura de agua, á la izquierda, la isla San Giorgio maggiore. Algo más lejos, á la derecha, la Giudecca y su canal, y después, siempre á la derecha, la Aduana y la entrada del gran canal, donde vi brillar dos muy grandes templos de mármol. Tales son, á grandes rasgos, los objetos principales que se divisan, al adelantarse hasta ponerse entre las dos columnas de la plaza de San Marcos. Todas estas perspectivas están grabadas tantas veces, que mis amigos pueden formarse una idea de ellas con suma facilidad.

Apresuréme, después de comer, á formar la primera impresión general, y me lancé sin guía, orientándome sólo mediante las constelaciones, en el laberinto de la ciudad, que, aunque en todas partes la cortan canales y canalillos, vuelven á unirla puentes y pasadizos. No es posible comprender, sin haberla visto, semejante estrechez y aglomeración. En general se puede medir, ó poco menos, el ancho de las calles con los brazos extendidos: las estrechas se tropiezan con los codos poniendo las manos en la cintura. Hay algunas más anchas, y de cuando en cuando se encuentra una plazoleta, pero de ordinario todo es estrecho.

Fácilmente encontré el Gran Canal y el puente Rialto, de un solo arco de mármol blanco: desde arriba la vista es grandiosa. El canal está lleno de cuantos barcos sirven para traer todas las cosas necesarias de la tierra firme y que, por lo común, arriban y descargan en tal lugar. Entre ellos circulan infinidad de góndolas. Hoy en particular, á causa de la fiesta de San Miguel, el aspecto era admirablemente hermoso y animado. Si quisiera dar alguna idea, necesitaría tomarlo de más atrás. Las dos partes principales de Venecia, que separa el gran canal, únelas sólo el puente de Rialto; mas cuidaron de facilitar y multiplicar las comunicaciones valéndose de muchas barcas públicas que cruzan en determinados sitios. Ahora bien: hoy hacía el mejor efecto ver á las señoras muy bien vestidas, pero cubiertas con velos negros, que se hacían pasar, por grupos, camino de la iglesia donde se festajaba al Arcángel. Dejé mi puesto en el puente y fuíme al sitio del desembarque, con propósito de contemplarlas de cerca: vi entre ellas caras y figuras hermosísimas.

Luego de haberme cansado, metíme en una góndola, y ganoso de procurarme el espectáculo opuesto, dejando las calles estrechas y tomando la parte Norte del Gran Canal, alrededor de la isla de Santa Clara, llegué á las lagunas entrando por el canal de Giudecca hasta las cercanías de la plaza de San Marcos, y encontréme de repente condueño del mar Adriático, como cada veneciano cree serlo allá recostado en su góndola. Pensaba así en honor de mi buen padre, que no sabía nada mejor sino contar cosas de éstas. ¿No me sucederá lo mismo? Cuanto me rodea es digno: es la obra grande y respetable del poder de los hombres reunidos; es el monumento magnífico, no de un dominador, sino de un pueblo. Y aunque poco á poco se vayan llenando de fango sus lagunas, y se ciernan emanaciones malas sobre sus pántanos, y su comercio se debilite y se haya hundido su poder, no por eso debe ser menos respetable para el observador la constitución de aquella República y sus Estados; sucumbió al tiempo, como todo lo que aparece á la existencia.