Escrito estaba en el libro del destino, en mi hoja, que el día veintiocho de Septiembre de 1786, á las cinco de la tarde de nuestro reloj, entrando por el Brenta en las Lagunas, había de ver por vez primera Venecia, y poco después pisaría y visitaría esta castórica República. Así es ¡loado sea dios! Venecia ya no será para mí mera palabra, un nombre hueco que con tanta frecuencia me ha angustiado, enemigo mortal como soy de las palabras vacías.

Cuando la primera góndola se acercó á nuestro barco, deseando conducir á Venecia los pasajeros que tuviesen más prisa, recordé un juguete de mi niñez, en el que no pensara tal vez en veinte años. Poseía mi padre un modelito de góndola muy lindo; teníala en gran estimación, y era par mí gran favor las veces que me permitían jugar con ella. Los primeros espolones de blanco hierro batido, las negras casetas de las góndolas, todo me saludó como de antiguo conocimiento, y gozé una impresión juvenil desconocida hacía muchos años.

Estoy bien instalado en La reina de Inglaterra, no lejos de la plaza de San Marcos. que es la gran ventaja del barrio; debajo hay un puente arqueado y enfrente una callejuela muy animada. Aquí vivo y aquí permaneceré mucho tiempo, hasta que el paquete para Alemania esté listo, y hasta que me haya formado de la ciudad completa idea. Esta soledad tan deseada, puedo gozarla ahora completamente; pues en ninguna parte se encuentra uno tan solo como entre la muchedumbre, cuando va entre ella desconocido. En Venecia tal vez sólo un hombre me conoce y es fácil que no me encuentre.

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Voy á decir algunas palabras sobre mi viaje desde Padua. Bajar el Brenta en embarcación pública y entre gente bien educada, pues los italianos se guardan unos á otros deferencias, es decoroso y agradable. Las orillas adornadas con casas de recreo y jardines; aldeas que bajan hasta el río, cuyo nivel sigue á veces la carretera, que es muy animada. Como el río se baja por medio de reclusas, suceden á veces detenciones que empleábamos en ver el país y aprovecharnos de las ricas frutas que nos ofrecían; luego volvíamos á embarcarnos, deslizándonos entre aquel mundo móvil, lleno de fertilidad y vida.

A tantos cuadros y figuras variadas unióse una aparición venida de Alemania, pero adecuadísima al lugar: dos peregrinos, los primeros que ví de cerca. Tienen los tales el derecho de viajar gratis en estos barcos públicos; imitando al resto de los pasajeros rehuí su proximidad: no se sentaron en la toldilla, sino detrás, cerca del piloto. Mirábanlos como aparición rara en los presentes tiempos, y teniendo además en cuenta que bajo este traje corría el mundo mucho bribón, los respetaban poco. Al saber que eran alemanes y no poseían otro idioma que el suyo, acerquéme á ellos y dijéronme procedían de Paderborn. Pasaban ambos de cincuenta años, eran de adusta, pero honrada fisonomía. visitaran primeramente los sepulcros de los tres reyes magos en Colonia; cruzaran luego Alemania y ahora juntos se dirigían á Roma; volverían después por la alta Italia, y de allí uno se encaminaría otra vez á Wesphalia y el otro pensaba ir á visitar Santiago de Compostela.

Llevaban el traje sabido, mas recogido, y parecían mejor que con el largo de seda, usado para representarlos en nuestras fiestas. La esclavina grande, el sombrero redondo, el bordón y las conchas, el más primitivo vaso. Todo tenía su significado é inmediata utilidad. En el canuto de hojalata guardaban los pasaportes. Sin duda lo más curioso eran las carteras de cordobán encarnado que sacaron, tratando de remediar un desperfecto de su ropa, y contenían cuantos chismes son precisos para atender á necesidades sencillas.

Encantado el piloto de haber encontrado intérprete, pídiome les hiciese diferentes preguntas, y así supe muchas cosas de sus proyectos, y en particular de su viaje. Quejábanse amargamente de sus correligionarios, del clero secular y de los frailes. La devoción debía ser cosa muy rara, decían, porque nadie quería creen en la de ellos, y á pesar de mostrar su hoja de ruta con el itinerario que les marcaran sus superiores y el pase del Obispo, los trataban, en los países católicos, como vagabundos. en cambio contaron conmovidos el buen acogimiento que recibían de los protestantes, en particular de un pastor de aldea en Suabia; sobre todo de su mujer, que viendo al marido algo reacio, lo convenció de tal modo, que los socorrió y reconfortó generosamente, de lo cual tenían gran necesidad. Y hasta les dió, al despedirlos, un escudo de convención que les fué de gran provecho al hallarse de nuevo en territorio católico. A esto añadió uno de ellos con toda la exaltación de que era capaz: «Todos los días recordamos á aquella mujer en nuestras oraciones, y pedimos á Dios que abra sus ojos como se abrió para nosotros su corazón, y la reciba, aunque tarde, en el seno de la única iglesia salvadora. Así, esperamos con toda seguridad encontrarla en el Paraíso.»

Yo daba de todo las explicaciones que me parecían necesarias y útiles, sentado en la angosta escalerilla que conducía al puente, al piloto y otras personas que salieran de la camareta, aglomerándose en tan corto espacio. Los peregrinos recogieron algunas limosnas mezquinas; que al italiano no le gusta dar. Luego sacaron estampas benditas de los santos reyes y oraciones latinas dedicadas á ellos. Rogáronme obsequiase con ellas á la reunión, é hiciese comprender el valor de aquellas hojas. Hícelo y obtuve el mejor resultado, porque viendo la tribulación en que estaban los dos hombres, ansiosos de encontrar, en la gran Venecia, el convento donde recogen los peregrinos, el Patrón, compadecido, ofreció que en cuanto saltásemos en tierra buscaría y pagaría un muchacho que los guiase y acompañase á aquel lugar, por cierto muy lejano. A esto añadió confidencialmente que poca ayuda encontrarían allí. El establecimiento, fundado muy en grande, para recoger no sé cuantos peregrinos, hállase hoy muy reducido, y sus rentas se emplean en otra cosa.

Conversando de esta manera bajamos el Brenta y fuimos dejando atrás magníficos jardines y palacios, echando ojeadas rápidas á las graciosas y animadas aldeítas de la costa. En cuanto entramos en las lagunas, muchas góndolas se cruzaron en nuestras aguas, rodeando el barco. Un lombardo, bien conocido en Venecia, me ofreció su compañía para llegar más pronto y para evitar las molestias de la Aduana; separa con una buena propina á los que pretendían detenernos, y bogamos en una espléndida puesta de sol, para alcanzar pronto nuestro objeto.