Ayer dieron en San Lucas una pieza nueva, L’inglicismo in Italia. Viviendo en Italia muchos ingleses, es natural que sus costumbres se hayan observado, y creí saber de qué modo juzgan los italianos á estos huéspedes ricos y bienvenidos, y quédeme en ayunas; algunas escenas oportunas de chiste, y el resto muy pesado y muy serio, sin ningún rasgo del carácter inglés; las trivialidades italianas de costumbre, y eso aplicadas á cosas generales, y nada más.

Así fué, que no gustó, y estuvo á punto de ser silbada; los cómicos no estaban en su elemento, como en la plaza de Chiozza. Siendo esta la última pieza que debo ver aquí, aparece que mi entusiasmo hacia aquella representación nacional subió de punto en el contraste.

Después de recorrer mi diario, antes de cerrarlo y haberle añadido las observaciones de mi librito de memorias, debo registrar los actos y enviarlo al juicio de mis amigos. Ya hallé en sus páginas más de una cosa que podría determinar mejor, aumentar y corregir. Pláceme que queden así y sean monumentos de la primera impresión que, aunque no siempre la verdadera, nos es preciosa y grata. ¡Si pudiese enviar á mis amigos siquiera un soplo de esta vida fácil! Consideran los italianos l’altramontano imagen obscura. También se me presenta ahora el lado de allá de los Alpes sombrío; pero entre la niebla acostumbrada, dibújanse figuras amigas. Solamente el clima podría obligarme á preferir estos países á aquellos: el nacimiento y la costumbre son cadenas poderosísimas. No quisiera vivir aquí, como no quisiera vivir en parte alguna donde estuviese desocupado. En el momento, la novedad me da muchísimo que hacer. La Arquitectura se levanta de su sepultura cual espíritu antiguo y me manda que estudie sus lecciones, á manera de reglas de una lengua muerta, no intentando aplicarlas ni procurarme en ellas goce vivo, sino cruzando, en el silencio de mi alma, la existencia veneralbe y por siempre terminada de los tiempos antiguos. Refiréndose Palladio en todo á Vitrubio, procuréme un ejemplar de la edición de Galiani. El infolio pesa en el equipaje tanto como su estudio en mi cabeza. Palladio, con sus palabras y obras, en su manera de pensar y exponer, me ha acercado más á Vitrubio y me lo ha interpretado mejor que puede hacerlo la versión italiana. Vitrubio no se lee fácilmente: el libro en sí está escrito en estilo obscuro y exige estudio crítico. A pesar de ello lo leo pronto, y me deja altas y dignas impresiones. Dirélo mejor, lo leo á manera de brevario: más por devoción que para instruirme. Ya anochece temprano y tengo tiempo de leer y escribir.

¡Gracias á Dios! Cuando veneraba en mi juventud vuelve á serme querido. ¡Qué feliz me siento al haber osado acercarme de nuevo á los escritores antiguos! Me atrevo ya á decir y a confesar mi enfermedad y mi locura. Desde hace algunos años no he visto ningún autor latino ni podría considerar nada que me recordase á Italia. Cuando esto me sucedía casualmente, hacíame sufrir de manera cruel: á menudo Herder se burlaba de mí, porque decía que mi latín lo aprendía de Spinoza, á causa de reparar que era el único libro en latín que yo leía. Mas ignoraba hasta qué punto debía guardarme de los antiguos y con qué angustia me refugiaba en aquellas generalidades abstrusas. Todavía no ha mucho hízome desgraciadísimo la traducción de las Sátiras de Wieland. No leyera dos y ya estaba desconcertado. De no haber tomado la determinación que ahora estoy poniendo en práctica, era hombre perdido. A tal punto subiera en mi alma el deseo de ver tal cosa en mis propios ojos. Era insuficiente el conocimiento; las cosas estaban al alcance de mi mano y las separaba muro impenetrable. Así, no me parece que las veo la primera vez, sino que la veulvo á ver. Poco tiempo he permanecido en Venecia, mas logré identificarme bastante con esta vida, y sé que llevo conmigo idea, sino completa, á lo menos verdadera y clara.