Al fin y al cabo, haciéndose la soledad imposible entre tan considerable masa de hombres, di con un francés viejo que no sabe palabra de italiano: encuéntrase como denunciado y vendido, y á pesar de todas sus cartas de recomendación, ignora á punto fijo qué hacer. Es hombre de clase elevada, de muy buenas maneras, poco expansivo; debe pasar mucho de los cincuenta, y ha dejado en su casa un hijo de siete años, de quien espera ansioso noticias. Le he prestado algunos servicios. Aunque de prisa, viaja por Italia cómodamente, para decir que la ha visto, mas agrádale al pasar instruirse en lo posible. Díle noticias de muchas cosas. Al hablarle de Venecia, me preguntó cuánto tiempo hacía que estaba aquí, y oyendo que sólo quince días y era la primera vez, dijo: il parait que vous n’avez pas perdu votre temps. Es el primer testimonio de buena conducta que puedo presentar.

Lleva aquí ocho días y se va mañana. Me fué muy grato ver, en el extranjero, un verdadero versallés de carne y hueso. ¡Y eso llaman viajero! ¡Es cosa que me hace pensar y me maravilla de qué suerte se puede viajar sin descubrir nada fuera de sí! Y á su manera es excelente persona, hombre instruido y que vale.