Después de ocupaciones continuas, durante cincuenta horas completas, llegué ayer á las ocho de la noche. Lo primero que hice fué descansar, y ya me encuentro dispuesto á continuar mi relato. La noche del nueve, después de terminada la primera parte de mi diario, quise dibujar del natural el mesón del Correo, en el Brenner; pero no me salió bien: erré el carácter de la cosa y retiréme medio disgustado. El maestro de postas me preguntó si no querría seguir el viaje. Hacía luna y el camino era excelente. Sabía que necesitaba sus caballos para el acarreo de la última hierba seca, y de buena gana los vería de vuelta á tiempo. Acepté el consejo, aunque era interesado, en gracia de avenirse bien con mis inclinaciones interiores. El sol volvió á brillar, el aire era soportable, hice mis paquetes, y á las siete continué el viaje. Las nubes se disiparon en la atmósfera y la noche estuvo muy buena.

El postillón dormía mientras los caballos bajaban, á trote vivo, el camino bien conocido de la montaña. Cuando llegaban á un llano y acortaban el paso, el postillón despertaba y los volvía a arrear. Así llegué, muy deprisa, por entre altas rocas, al río Etsch, de rápida corriente. La luna, al levantarse, iluminaba objetos fantásticos. Algunos molinos, entre viejísimos pinos, sobre el río espumoso, eran verdaderos Everdingen.

Cuando llegué, á las nueve, á Sterzing, hiciéronme entender que deseaban verme de nuevo en camino. En la posta de Mittenwald, alas doce, encontré todo sumido en el sueño, excepto el postillón, y lo mismo sucedió en Brixen, donde igualmente ne echaron fuera; de manera que con el día llegué á Kollmann. Los postillones guían de manera que pierde uno la vista y el oído, y me da pena recorrer estos lugares hermosísimos con horrible prisa, de noche y á modo de vuelo. Sin embargo, interiormente, no dejaba de alegrarme al verme arrastrado, por un viento favorable, al término de mis deseos.

Al abrir el día distinguí la primera colina, cubierta de viña. Una mujer me ofreció peras y melocotones, y nada ocurrió hasta Deutschen, donde llegué á las siete, y de igual modo me despidieron. Por fin, cuando ya el sol estaba alto, después de adelantar un poco, descubrí el valle donde se halla Botzen. Rodeado de montañas escarpadas y cultivadas hasta cierta altura, ábrese al Mediodía y lo protegen, al Norte, los montes del Tirol. Suave y apacible ambiente llenaba el lugar. El Etsch vuelve á torcerse hacia el Mediodía. Las colinas, al pie de las montañas, están plantadas de vides, guiadas en forma de emparrados bajos. Las uvas tintas cuelgan graciosamente de su techumbre, y maduran con el calor del cercano suelo. También en lo llano del valle, donde apenas hay sino praderas, cultivan la vid en parras estrechas, y á los lados del maíz, cuyos tallos suben siempre más altos. Los he visto con frecuencia de hasta diez pies. Los tallos de las flores todavía no los cortaron, según acostumbran al acercarse la madurez del fruto.

Llegué á Botzen con sol muy fuerte. Las numerosas caras de mercaderes reunidos me hicieron gracia. Allí se ve el bienestar expresado muy al vivo. En la plaza, las mujeres venden fruta en cestos redondos y chatos, de cuatro pies de diámetro, donde los abridores vénse uno al lado de otro para que no se opriman, y lo mismo las peras. Vínoseme aquí á la memora lo que vi escrito en la ventana de la posada de Ratisbona.

Comme les pêches et les melons
Sont pour la bouche d’un baron
Ainsi les verges et les bâtons
Sont pour les fous, dit Salomon.

Evidentemente, era un barón del Norte quien tal escribió, y es muy natural que si estuviese aquí cambiaría sus ideas.

La feria de Botzen da salida á mucha seda. También van paños, y todo cuanto se hace de cuero en los lugares de montaña. Vienen muchos mercaderes, princpalmente para reembolsar dinero, recibir pedidos y abrir nuevos créditos. Tuve deseos de examinar de cerca todos los productos allí reunidos; pero el barullo y la intranquilidad que había en pos de mí, no me dejaban en paz y apresuré la marcha. Además, confío que en nuestros tiempos de estadística todo esto se encuentra impreso y puede aprenderse en los libros. Ahora sólo busco la impresión de las cosas sobre los sentidos, que ni libros ni estampas pueden dar. Se trata de volver á tomar interés por el mundo, de probar mi espíritu de investigación, de saber á cuánto alcanzan mi sabiduría y conocimientos; si la luz de mis ojos es limpia y clara, cuántos objetos puedo percibir de golpe, si los pliegues que se han impreso en mi alma pueden volver á deshacerse. Ahora que me sirvo á mi mismo tengo que estar siempre atento, siempre en las cosas presentes: estos pocos días dieron á mi espíritu elasticidad desusada: tengo que ocuparme en el curso del dinero, cambiar, contar, apuntar, escribir; mientras antes no hacía sino pensar, sentir, mandar y dictar. De Botzen á Trento hay nueve millas de camino por un fértil valle. Todo lo que trata de vegetar en las montañas tiene aquí más fuerza y más vida; el sol calienta, y vuelve uno á cereerlo un dios.

Una pobre mujer me llamó rogándome que cogiese á su niño en el coche, porque el suelo le abrasaba los pies. Ejercí la caridad en honor de la potente luz del cielo. El niño iba estrafalariamente vestido, y en ninguna lengua pude hacerle hablar palabra.

Corre el Etsch más tranquilamente, y á sitios deja al descubierto depósitos de arena gorda. Entre el río y las colina, y en la vertiente de éstas, las plantaciones hállanse tan juntas que parecen deber ahogarse unas á otras. Viñedos, maíz, moreras, manzanos, perales, membrillos y nogales. El yezgo se cimbrea sobre los muros, extiende la hiedra sus gruesos tallos por las piedras que tapiza, los lagartos se introducen en las grietas, y todo cuento vemos al pasar nos ofrece el cuadro más artístico: las trenzas atadas de las mujeres, los pechos desnudos y los ligeros jubones de los hombres.

Los magníficos bueyes que vuelven del mercado á casa, los borriquillos cargados; todo representa un animado cuadro de Enrique Roos. Y cuando al caer la tard, con el aire enteramente tranquilo, algunas nubes descansan sobre las montañas, y otras, mejor que pasan se detienen en el cielo. y luego al ponerse el sol comienza el chirrido de las cigarras, entonces vuelve uno á sentires en el mundo como en su tierra, y no desterrado y escondido. Paréceme como si aquí hubiese nacido ó me hubiese criado, y ahora volviese de un viaje á Groenlandia, ó de una pesca de ballenas. Con el mismo agasajo saludo el polvo de la patria que muchas veces se levanta alrededor de mi carruaje, y del que no tenía noticia desde hace tiempo. El canto de las cigarras, penetrante y no desagradable, me gusta en extremo. Es un sonido alegre cuando en un campo los traviesos muchachos silban en competencia con estas cantadoras, y unos á otras parecen sobrepujarse. La noche es tan perfectamente suave como el día. Si alguno que viva e el Mediodía ó de allí viniese, oyera mi entusiasmo, me tendría por pueril. ¡Ah! lo que ahora expreso lo tengo sabido hace mucho tiempo, tanto cuanto he padecido bajo un cielo malo, y ahora siento, por excepción, esa alegría que deberíamos gozar siempre como satisfacción de una eterna necesidad de la Naturaleza.