Mie 10 Sep 2008
Trento, 10 de Septiembre de 1786
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en II - Del Brenner á Verona, Viaje a Italia
Recorrí la población, que es viejísima, y tiene, en algunas calles, casas muy bien construídas. En la iglesia hay un cuadro que representa á todo el Concilio oyendo un sermón del general de los Jesuítas. Quisiera saber si los convenció. La iglesia de estos Padres se distingue por las columnas de mármol rojo de su fachada. Una pesada cortina cierra la puerta para que no entre el polvo. Levantéla y entré en el pórtico, que es pequeño. La iglesia, propiamente dicha, hállase cerrada, con verja de hierro, dispuesta de manera que puede verse el interior. Todo lo vi silencioso y como muerto; pues en ella no hay culto: la puerta exterior estaba abierta al igual que todas las iglesias en la hora de vísperas.
Contemplaba todavía la arquitectura, semejante á la de todas las iglesias de estos Padres, cuando entró un anciano, que se quitó al punto su gorro negro. Su traje talar raído denunciaba un eclesiástico pobre. Arrodillóse delante de la verja, y después de corta oración se levantó. Al marcharse iba diciendo a media voz: «¡Echaron a los Jesuítas! ¡deberían haberles pagado lo que costó la iglesia! Yo se bien cuánto ha costado, y el Seminario: Cuántos miles de escudos!» En esto salió y dejó caer tras sí la cortina, que levanté un poco y sostuve.
Quedárase en el primer escalón, y decía: «el Emperador no hizo esto; lo hizo el Papa.» Vuelta la cara á la calle, y sin sospechar de mí prosiguió: «Primero los españoles, después nosotros, luego los franceses. La sangre de Abel clama contra su hermano Caín!» Entonces bajó la escalera sin cesar de hablar consigo mismo, y tomó la calle. Verosímilmente era un hombre a quien los Jesuítas sostenían, y que de resultas de la tremenda caída de la Orden, perdió el juicio, viniendo ahora todos los días á la desierta nave en busca de los antiguos habitanes, y después de corta plegaria, maldecía á sus enemigos. Un joven á quien pregunté acerca de lo notable de a población, me enseñó una casa que llaman «la casa del diablo», y que el mal espíritu, de ordinario hábil destructor, levantó -dicen- en una noche con piedras traídas por el ensalmo. Lo digno de atención no lo advertió el buen muchacho, y consiste en ser la única casa de buen gusto que vi en Trento, edificada indudablemente en tiempos antiguos por un excelente alarife italiano. A las cinco de la tarde me puse en camino y se repitió lo de la noche anterior, principiando el cascabeleo de las cigarras al ponerse el sol. Durante una milla larga se viaja entre muros, por cima de los cuales sobresalen los emparrados.
Trataron de levantar algunos, más bajos, con piedras, espinos y otras artes, para preservarlas uvas del merodeo de los transeuntes. Muchos propietarios riegan los racimos más visibles con lechada de cal, que hace las uvas incomibles y no perjudica al vino, porque la fermentación lo elimina todo.