Mar 24 Feb 2009
Santa Ágata 24 de Febrero de 1787
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en VII - Nápoles, Viaje a Italia
En un cuarto frío tengo que dar noticias de un día hermoso. Al salir de Fondi amaneció, y pudimos al momento saludar, á los dos lados del camino, las naranjas que salían sobre las tapias. Los árboles estaban tan cargados cuanto puede imaginarse. Encima, las hojas tiernas y amarillentas; debajo y en medio, son del verde más nutrido. ¡Mignon tenía razón en suspirar por este país!
Luego continuó nuestro viaje entre campos de trigo bien cultivados, combinados con bien plantados olivares, que el viento movía trayendo á la luz el plateado reveso de sus hojas, y arqueando ligera y elegantemente las ramas. Era la mañana nublada, y el fuerte viento del Norte prometía dispersar pronto todas las nubes.
Después sigue el camino el valle, entre terrenos pedregosos, pero bien cultivados. La cosecha, del más hermoso verde. En algunos lugares veíanse espacios redondos empedrados y rodeados de murallas bajas. Aquí trillan el fruto en seguida de cogido, sin llevarlo en gavillas á la granja.
El valle hácese angosto, sube el camino, y á ambos lados se levantan rocas calizas desnudas. La tempestad, detrás de nosotros, arreciaba; caía granizo que se derretía muy despacio.
Sorprendiónos ver los muros de algunos edificios antiguos, construídos de mampostería reticular.
Las alturas son peñascosas, y plantadas de olivos aun en sitios donde apenas se podría sacar un puñado de tierra. Se pasa luego un olivar llano, después un pueblecito. Hemos encontrado altares, piedras tumulares antiguas, fragmentos de todas suertes, enclavados en murallas de huertas. Después pisos bajos de antiguas Villas, muy bien construídas, hoy cubiertas de tierra y de grupos de olivos. Más adelante distinguimos el Vesubio, coronado de una columna de humo.
Saludáronnos de nuevo, en Gaeta, magníficos naranjos, y detuvímonos algunas horas. Delante del pueblo, la bahía ofrece una de las vistas más hermosas. Entra la mar hasta dentro, y siguiendo la orilla derecha con la vista, se alcanza la punta de la Media Luna, viéndose, sobre una roca, á moderada distancia, la fortaleza de Gaeta. El cuerno de la izquierda se exitende mucho más lejos. En primer término, se ve una fila de montañas; después el Vesubio, luego, las islas. Ischia ocupa cas el punto céntrico, enfrente.
Aquí, en esta orilla, encontré las primeras estrellas de mar y los primeros erizos en seco; una hermosa hoja verde, semejante á la más fina vitela, y además notables piedras marinas. Las más abundantes eran las acostumbradas calizas, y había también serpentina, jaspe, cuarzo, brecha silícea, granito, pórfido, mármoles y cristales de color verde y azul. Las últimas mencionadas no es de creer se formen en este país, y son, probablemente, restos de antiguos edificios. Así vemos cómo las olas juegan á nuestra vista con las magnificencias de nuestros predecesores. Gustosos nos detuvimos, complaciéndonos en observar la condición de los hombres, que casi se portan como salvajes. Alejándose de Gaeta siguen las bonitas vistas, aunque desaparece la mar. El últimos aspecto que presentó fué una linda bahía, que dibujamos. Luego siguen buenos campos fértiles, cerrados por setos de aloes. Observamos un acueducto que, saliendo de la montaña, iba á perderse en unas ruinas desconocidas y confusas.
Después se atraviesa el río Garigliano, y luego se sigue un país montañoso, bastante fértil, sin tener nada de notable. Al fin llégase á la primera colina de cenizas volcánicas, y comeinza una magnífica región de montañas y valles, sobre las que se destacan nevados picos. En la próxima eminencia, una Villa grande y de buena vista. En el valle está Santa Ágata. Una hospedería de buen aspecto, donde arde vivo fuego de la chimenea, colocada en lo que hace de gabinete. Aquí nos han un cuarto frío y sin ventanas, sólo postigos. que me apresuro a cerrar.