Vie 7 Nov 2008
Roma 7 de Noviembre de 1786.
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en VI - Roma, Viaje a Italia
Hace siete días que estoy en Roma, y poco á poco, la idea general de la ciudad vase imprimiendo en mi alma. Atentamente vamos de un lado á otro: estudio el plano de las Romas antigua y moderna; contemplo ruinas y edificios; visito una y otra villa; voy con pulso y calma en la observación de las cosas más notables; abro bien los ojos, pues sólo en Roma puede uno prepararse á conocer Roma.
Confieso, sin embargo, que es trabajo áspero y triste desenterrar la antigua Roma en la moderna; hay que hacerlo, y á la postre nos espera satisfacción inestimable. Encuéntranse vestigios de magnificencia y de devastación superiores á nuestra inteligencia. Cuanto los bárbaros dejaron en pie, destruyéronlo los arquitectos de la nueva Roma.
Viendo una existencia que cuenta más de dos mil años, variada y cambiada hasta el fondo, merced á vicisitudes de los tiempos, subsistiendo el terreno, las mismas colinas, muchas veces las mismas columnas y murallas, y en el pueblo restos todavía del antiguo carácter, resulta uno copartícipe del gran enigma del destino. Al principio cuesta trabajo al observador distinguir cómo una Roma ha sucedido á otra; y no sólo esta distinción de la ciudad antigua y la moderna, sino las diferentes épocas de cada una. Trato sólo de descubrir yo mismo los puntos medio cubiertos. Es la única manera de utilizar los grandes trabajos preparatorios, pues desde el siglo XV hasta nuestros días, excelentes artistas y sabios ocuparon toda su vida en estos objetos.
Su enormidad influye tranquilamente en nosotros mientras vamos de un lado á otro de Roma, ansiosos de llegar á los objetos mayores. En otras partes es menester buscar lo genuino, lo significativo; aquí nos oprime, nos anega. Andando ó estando quieto, se tienen siempre delante paisajes de todos géneros: palacios y ruinas, jardines y desiertos,lontananzas y angosturas, casitas y establos, arcos de triunfo y columnatas, todo junto y tan próximo, que se podría diseñar en una hoja de papel. Sería menester escribir con mil buriles. ¿De qué sirve una pluma? Después, cuando la noche llega, hállase uno cansado de mirar y admirar.
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Perdonen mis amigos si en lo sucesivo me encuentran avaro de palabras. Durante el viaje cógese al vuelo lo que se puede. Cada día trae algo nuevo, y nos damos prisa á discurrir sobre ello y juzgarlo. Mas aquí se está en la gran escuela, donde un día dice tantas cosas, que no me atrevo á hablar de la jornada. Es más: bien haría el que, permaneciendo largos años, observase silencio pitagórico.
Me encuentro perfectamente. El tiempo está conforme dicen los romanos, Brutto; sopla el viento Siroco, que todos los días trae algo de lluvia; pero yo no puedo encontrarlo desagradable, porque es, poco más ó menos, tan caliente como nuestros días lluviosos de verano.
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Cada día conozco y aprecio mejor el talento de Tischbein, su concepto del Arte y sus miras. Enseñóme sus dibujos y bocetos, que dan y prometen mucho. De su permanencia al lado de Bodmer provienen sus pensamientos acerca de la raza humana, cuándo se encontró sobre la tierra y hubo de resolver el problema de hacerse dueña del mundo.
A modo de ingeniosa introducción, propia del todo, hase esforzado en representar, de manera sensible, la antigua edad del mundo. Montañas cubiertas de magníficos bosques, barrancos que abrieron las aguas, volcanes después de la erupción, humeando todavía. En primer término, el tronco fuerte de añosa encina tendido en tierra, en cuyas raíces, medio descubiertas, prueba un ciervo las fuerzas de su cornamenta. Es tan feliz el pensamiento, como agradable la ejecución.
Luego, en un dibujo sumamente notable, representó el hombre domador del caballo, y superior, no en la fuerza, sino en astucia, á todos los animales de la tierra, del aire y de las aguas. La composición es de extraordinaria belleza; al óleo, haría gran efecto; necesitamos á todo trance un dibujo en Weimar. Enseguida piensa en una Asamblea de antiguos sabios, donde tendrá ocasión de pintar figuras verdaderas.
Entusiasmado trabaja el boceto de una batalla; los dos cuerpos de caballería se atacan furiosos en un sitio donde los separa la enorme cortadura de un peñasco que sólo con gran esfuerzo logran salvar los caballos. No se trata de defensa. Ataque osado; resolución furiosa; vencer ó caer en el abismo. Este cuadro evidenciará, de manera notable, su conocimiento perfecto de la estructura y los movimientos del caballo.
Añadido á una serie de otros que le siguen ó se intercalan, deseaba verlos unidos por un poema aclaratorio de lo representado en la pintura, recibiendo á la vez de ella cuerpo y atractivo mediante las figuras. La idea es bonita, mas sería menester pasar muchos años juntos para llevar á término semejante obra.
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Hasta el presente, sólo una vez he visitado las Logias de Rafael y los grandes cuadros de la Escuela de Atenas, etc., y es como si uno tuviese que estudiar Homero en un manuscrito borrado en partes y estropeado. Incompleto es el placer de la primera impresión; sólo después de haberlo recorrido y estudiado todo, poco á poco, es un goce perfecto. Lo mejor conservado son los techos de las Logias, que representan historias bíblicas, tan recientes cual si estuviesen pintados de ayer. Cierto que de la propia mano de Rafael tienen poco, pero son excelentes, hechos conforme á sus dibujos y bajo su dirección.
Venir á Italia fué, en otros tiempos, mi deseo más vehemente, mi verdadero capricho, y venir acompañado de un hombre tan instruído, un inglés versado en la Historia y en las Artes, y realizóse ahora mejor que imaginaba. Tischbein vivió aquí tanto tiempo con mi amigo querido, siempre deseoso de enseñarme Roma. Nuestras relaciones epistolares son de larga data; personalmente, del momento. ¿Dónde hubiera podido encontrar mejor guía? Aunque tengo mi tiempo tasado, haré cuanto sea posible por gozar y aprender.
Y sobre todo preveo que, al volver á ponerme en camino, mis deseos serían llegar aquí entonces.
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Mi extraordinario y quizá caprichoso medio-incógnito tráeme ventajas en las que no había pensado. Creyéndose todo el mundo obligado á ignorar quien soy, nadie se atreve á hablar conmigo de mí mismo, y no les queda otro recurso sino hablar de ellos ó de las cosas que les interesan, y así me entero de las circunstancias de cuanto les ocupa y del origen y causa de lo más notable. El consejero Reifenstein avínose también á tal manía; y no pudiendo sufrir, por motivos particulares, mi nombre nuevo, me ha baronizado enseguida, y ahora me llamo el barón de frente á Rondanini. Así soy bastante notado, por ser costumbre italiana llamar á las personas con los nombres de pila ó los apellidos. Bueno; hago mi voluntad y evito las infinitas incomodidades de hablar de mi persona y dar cuenta y razón de mis trabajos.