Tengo que hablar ahora de la indecisión que me produce la estancia en Italia. En mi última carta anuncié el propósito de irme de Roma hacia la Pascua y regresar á mi casa. Entonces habré bebido ya algunas copas más en el grande Océano, y mi necesidad apremiante se habrá sosegado. Estoy curado de una tremenda pasión y enfermedad. He quedado útil otra vez para el goce de la vida, para el goce de la Historia, de la Poesía, de la Antigüedad, pero tengo por muchos años materiales que pulir y completar. Mas ahora, lléganme voces amistosas diciéndome que no me apresure, que debo volver con riqueza completa. He recibido una carta, bondadosa y llena de simpatía, del Duque, que me desliga de mis obligaciones un tiempo indeterminado y me tranquiliza respecto de mí alejamiento. Mi mente se vuelve hacia el campo inmenso que tendría que dejar sin haber puesto en él las plantas. Por ejemplo: en el terreno de las monedas y de las piedras grabadas, no he podido hacer en absoluto nada todavía.

He principiado á leer la Historia del Arte de Winkelmann y he terminado sólo el Egipto, y comprendo que tengo que verlo todo desde su origen; lo hice ya con las cosas egipcias. Cuanto más se sabe, más inmenso aparece el Arte, y el que quiera dar pasos seguros tiene que ir lentamente.

Aquí aguardaré el Carnaval, y sobre el Miércoles de Ceniza iré á Nápoles. Me llevaré á Tischbein, porque conmigo está alegre, y porque en su compañía vivo tres veces. Estaré de vuelta antes de Pascua, y pasaré aquí la Semana Santa.

¡Quédame allá la Sicilia! Para ésta sería necesario un viaje más preparado y hecho en otoño, y no un simple viaje atravesándola y dando la vuelta en derredor, quedando pagado del dinero y trabajo gastado, diciendo: ¡La he visto! Sería menester detenerse primero en Palermo; después en Catania, al objeto de hacer excursiones seguras y provechosas, habiendo estudiado previamente á Riedesel y los demás.

De consiguiente, si me quedo el verano en Roma estudiando y preparándome á Sicilia, donde no podré ir hasta Septiembre, permaneciendo allí Noviembre y Diciembre, no estaré de vuelta en mi país hasta Febrero de 1788. Hay un término medio: dejar la Sicilia, quedarme en Roma parte del verano, ir luego á Florencia, y en otoño volver á casa.

Todos estos proyectos se me han obscurecido con el accidente del Duque: desde las cartas que me comunican este acontecimiento no tengo sosiego, y preferiría desde luego cargar los fragmentos de mis conquistas, partir después de la Pascua, recorrer rápidamente la parte alta de Italia, y el mes de Junio encontrarme en Weimar. Estoy demasiado solo para decidirme, y si expongo los pormenores de la situación, es rogándoos que decidáis mi destino en una reunión de las personas que me quieren y conocen mejor la situación de nuestro país, advirtiendo que de seguro me inclino más á volver que á quedarme. Lo que me retiene con mayor fuerza en Italia, es Tischbein. Nunca podría, aunque mi destino fuese visitar segunda vez esta hermosa tierra, aprender tanto en tan poco tiempo, como en la compañía de este hombre culto, experto, de gusto delicado y que me es adicto en cuerpo y alma. No puedo expresar cómo se me van desescamando los ojos: para el que está en tinieblas, el crepúsculo puede pasar por día, y un día obscuro por claro. ¿Qué será cuando salga el sol?

Hasta ahora he contenido siempre á cierta distancia la sociedad que, poco á poco, quería apoderarse de mí, dirigiéndome, al paso, una mirada de observación. Pedí á Fritz, en tono de broma, mi recepción en la Arcadia; y en efecto, sólo puede ser de broma, pues la Academia ha caído verdaderamente en la miseria.

Del lunes en ocho días se estrena la tragedia del Abate Monti; tiene mucho miedo, y con motivo. Es un público indisciplinado, que quiere ser divertido de momento en momento, y la obra nada tiene de brillante. Me ha rogado vaya con él á su placo para que, como padre espiritual, le asista en aquel crítico momento. Otro querría traducir mi Ifigenia; un tercero, Dios sabe lo que querría hacer en honor mío. ¡Todos están mal unos con otros y cada uno desearía reforzar su partido! Mis compatriotas también están por mí todos á la vez, de suerte que si les dejase hacer ó les aprobase un poco, harían miles de desatinos, y al fin concluirían coronándome en el Capitolio, lo cual pensaron en serio, á pesar del manifiesto desatino, de hacer protagonista de semejante comedia á un estranjero y protestante. Como todo se encadena, y yo sería un gran loco si creyese que lo hacen por amor mío, os lo diré en su día de viva voz.