Lun 3 Nov 2008
Roma 3 de Noviembre de 1786
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en VI - Roma, Viaje a Italia
Uno de los principales motivos que me ilusionaban al apresurarme á llegar á Roma, era la fiesta de todos los Santos, el primero de Noviembre, porque pensaba: Si á un santo solo le hacen honores, ¿que no harán á todos juntos? ¡Cuánto me engañaba! Ninguna fiesta general sorprendente se digna hacer la Iglesia Romana, y cada Orden celebra en particular el recuerdo de su Patrón en una fiesta callada; la del nombre y el día á él consagrado son propiamente donde cada uno brilla en su gloria.
Ayer, en la fiesta de las benditas ánimas, tuve mejor suerte. El Papa la celebra en su capilla principal del Quirinal.
Todo el mundo puede entrar. Yo me apresuré á subir en compañía de Tibschbein al Monte Cavallo. La plaza delante del palacio tiene competa y original individualidad; es tan desproporcionada como grandiosa y bella. Al fin he visto los dos colosos. Ni los ojos mi el entendimiento son capaces de abarcarlos. Apresurámonos á atravesar con la gente la magnífica espaciosa plaza y subimos por una más espaciosa escalera. En la antesala, frente á la capilla, á la vista de aquella hilera de habitaciones, siente uno extraña sensación al considerarse bajo el mismo techo que el representante de Cristo en la tierra.
La función empezara y el Papa y los Cardenales estaban en la Iglesia. El Santo Padre es la más hermosa y digna figura de hombre; los Cardenales de diferentes edades y aspectos.
Tuve un deseo singular de que el Caudillo de la Iglesia abriese su pico de oro, y hablando extasiado de la inexplicable salvación de las benditas ánimas, nos entusiasmase. Mas al verlo ir tan solo de un lado á otro del altar, unas veces por aquí, otras veces por allí, volviéndose accionando y murmurando como un cura vulgar, alzóse el pecado hereditario del protestantismo, y el sacrificio de la Misa acostumbrado y conocido, no me gustó quí en manera alguna. Y sin embargo, ya Cristo niño explicaba las Escrituras, y en su vida de joven, en verdad, no enseñaba ni obraba callando; gustábale hablar ingeniosamente y bien, según dice el Evangelio. ¿Qué diría Él, pensaba yo, si entrase ahora y encontrase al que es su imagen en la tierra dando vueltas y hablando entre dientes? el venio iterum crucifixi, volvió á ocurrírseme, y saqué de allí á mi acompañante, á fin de ver fuera las bóvedas pintadas y los cuadros.
Encontramos multitud de personas contemplando atentamente los preciosos cuadros, que la fiesta de las ánimas es también la fiesta de los artistas en Roma. Lo mismo que la Capilla, ábrese todo el Palacio en este día, y vense francas las entradas de todas las habitaciones. No se necesita dar propina, ni apremia el conserje.
Los frescos me ocuparon, y de nuevo aprendí é estimar y querer nombres de hombres excelentes, desconocidos, á ejemplo del de Carlos Maratti.
Diéronme, en primer lugar, la bienvenida aquellas obras maestras de los artistas cuyo género y manera conocíalas en los grabados. Vi admirado la Santa Petronella de Guercino que estuvo en San Pedro, donde pusieron en su lugar una copia en Mosaico. El cadáver de la Santa se levanta del Sepulcro, y la misma persona, de nuevo viviente, recíbela en la gloria un adolescente divino. Dígase cuanto quiera contra esta doble acción, el cuadro es inapreciable.
Todavía me maravillé más ante un cuadro del Ticiano.
Resplandecía más que cuanto he visto. Si era efecto de mi sentimiento sobrexcitado ó que el cuadro es realmente magnífico, no quiero averiguarlo. Una inmensa casulla, toda llena de bordados y de figuras de oro en relieve, cubre una reverenda figura de obispo. El báculo macizo en la mano izquierda, mira extasiado á las alturas; en la derecha tiene un libro, de donde parece haber recibido la tranquilidad celestial que demuestra. Detrás de él hay una hermosa doncella, la palma en la mano, mirando con cariñoso interés al libro abierto. A la derecha y junto al libro mismo, un viejo grave parece, al contrario, no cuidarse de él. Las llaves en la mano, confía en abrirse él mismo la puerta. Frente á este grupo hay un joven desnudo, bien formado, atado y herido de flechas, que mira hacia delante con modesta resignación. A los lados dos frailes, con cruces y cirios, miran devotamente á los bienaventurados, que se ven porque la parte alta de la sala que contiene estos personajes, hállase abierta. Allí, en lo más alto de la gloria, ven suspendida una madre mirando piadosa hacia abajo. El niño, animado y alegre en su regazo, coge con movimientos expresivos una corona de flores, que parece arrojar al mártir.
De un lado y otro hay ángeles provistos de coronas. Sobre todos, y sobre un triángulo luminoso, vese la celestial paloma, centro y clave de la bóveda al mismo tiempo.
Nos decimos que el fondo de esto debe ser alguna vieja, sagrada tradición, que ha permitido agrupar tan artística y significativamente personajes tan poco conexos. No inquirimos el cómo ni el porqué; dejamos las cosas en su mismo estado, y admiramos el arte inapreciable.
Menos ininteligible, misterioso sin embargo, es un fresco de Guido, en su capilla. La más adorable y piadosa de las vírgenes infantiles hállase sentada, recogida, cosiendo; dos ángeles, á su lado, espían cada seña para servirla. La inocencia y laboriosidad de la juventud, que el cielo honra y protege, expresa este amable cuadro: aquí no se necesitan inscripciones aclaratorias ni explicaciones.
Atenuante de la gravedad artística sea una aventura graciosa. Había reparado que muchos artistas alemanes, que en calidad de conocidos se acercaban á Tischbein, me observaban, y luego seguían de un lado á otro. Tischbein, que me dejara un momento, volvió y díjome: -No sabe V. la gran broma! Corrió la fama de que estaba V. aquí, y los artistas empezaron á fijarse en el único extranjero que veían. Ahora bien; hay uno que sestenía hace mucho tiempo que conociera á V., habiendo tenido amistosas relaciones, lo cual apenas creíamos. Fueron á buscarle á fin de que viese á V. y les sacase de dudas; y aseguró resueltamente que no era V., y que aquel extranjero no tenía trazas de parecerse á Goethe. Por el momento guardo el incógnito, y en lo sucesivo dará algo que reír.
Así, mezcléme con más libertad al grupo de los artistas, y pregunté al maestro por diferentes cuadros, cuyo estilo todavía no me era conocido. Al cabo, un cuadro causóme particular impresión: representaba San Jorge venciendo al dragón y libertando á la joven. Nadie podía decirme el nombre del Maestro. Entonces salió un hombre de corta estatura, modesto, que hasta aquel momento no hablara, y me dijo que era de Pordenone el Veneciano, uno de los mejores cuadros, en cuya virtud conocieron todos su mérito. Pude darme cuenta de mi inclinación: el cuadro chocárame porque conociendo más la Escuela Veneciana, podía apreciar mejor las buenas cualidades de sus maestros.
El instruído artista es un suizo, Enrique Meyer; estudió aquí hace algunos años en compañía de un amigo suyo llamado Rolla; copia muy bien á la sepia los bustos antiguos, y es muy instruído en la Historia del Arte.