Mucho queda aún qué contar y qué celebrar de Tischbein; cómo se ha formado él mismo con una originalidad alemana. Después tengo que declarar mi agradecimiento, porque en el tiempo de su segunda estancia en Roma, se ocupó muy solícito de mí, procurándome una serie de copias de los mejores autores: algunos en greda negra, otros en sepia y acuarela, que en Alemania, lejos de los originales, ganan en valor, y que, para mí, serán el mejor recuerdo.

En su carrera de artista, dedicado al principio á retratos, relacionándose con hombres de mérito, principalmente en Munich, y su trato afirmó su sentimiento y abrió horizontes á sus ideas.

Traje conmigo la segunda parte de las Hojas sueltas, y fueron muy bien recibidas. En recompensa era preciso que Herder supiese circunstanciadamente el buen efecto que produjo este librito, aun en lectura repetida. Tischbein no podía comprender de qué suerte se había podido escribir aquello sin haber estado en Italia.

Se vive en esta morada artística como en una sala de espejos, donde, á pesar suyo, se ve uno y ve á los demás repetidas veces. Ya había reparado en las frecuentes y atentas miradas de Tischbein, y ahora resulta que pensaba pintar mi retrato. El boceto está terminado y tiene preparado el lienzo. Yo estaré representado de cuerpo entero, en traje de viajero, envuelto en una capa blanca, al aire libre, sentado en un obelisco caído, contemplando las ruinas de la campiña de Roma, que se perderán en el fondo. Será un cuadro bonito, pero demasiado grande para nuestras viviendas del Norte. Podré volver á arrastrarme por allí, mas el retrato no encontrará sitio.

Aunque hacen muchas tentativas para sacarme de mi obscuridad, aunque los poetas me leyeron ó me quieren leer sus cosas, aunque sólo dependa de mí hacer papel, no me dejo engañar, y esto me entretiene bastante, porque ya he comprendido lo que pasa en Roma. Los muchos pequeños círculos que veo á los pies de ls Señora del Mundo tienen, en un punto ó en otro, algo de pueblo pequeño.

Sí; aquí sucede como en todas partes, y lo que conmigo ó por mí quieren hacer, me aburre antes de haber sucedido. Tiene uno que afiliarse á un partido, ayudar á defender sus pasiones y sus cábalas, alabar artistas y dilettanti. Rebajar á los competidores y sufrirlo todo de los ricos y los grandes. ¿Y había de rezar yo aquí con los demás todas estas letanías, que me harían correr á mil leguas y sin ningún fin?

No; no voy más adentro que lo preciso para conocer esto, y sobre esto vivir luego contento en mi casa; que á mí y á otros se nos quite la gana de recorrer esos mundos. Veré Roma, la Roma eterna, no la que pasa cada decena de años. Si tuviese tiempo, lo aprovecharía mejor. La Historia, en particular, se lee aquí de una manera diferente que en cualquier otro lugar del mundo.

En otras partes se lee de fuera adentro. Aquí cree uno leerla de dentro afuera. Todo yace alrededor de nosotros y toma de nosotros los puntos de partida. Y esto no se refiere sólo á la Historia Romana, sino á toda la Historia del Mundo. Desde aquí puedo seguir los conquistadores hasta el Veser ó hasta el Eufrates, y si quiero ser un vago, esperar á los triunfadores en la calle Sagrada, mientras me alimento de trigo y limosnas y tomo una parte á placer en todas estas magnificencias.