Cada vez se me hace más difícil dar razón de mi estancia en Roma; pues así como la mar es más profunda á medida que se interna uno en ella, así me sucede respecto de esta ciudad.

No puede uno darse cuenta del presente sin el pasado, y la comparación de ambos requiere más tiempo y más vagar. La situación de la capital del mundo nos induce á pensar en su fundación. Vemos, desde luego, que ningún pueblo viajero, bien dirigido, se fijó aquí para fundar sabiamente el punto céntrico de un reino. Ningún príncipe poderoso destinó esto para habitación de una colonia. No; pastores y bandidos fueron los primeros que aquí se prepararon un Estado. Un par de mozos vigorosos echaron sobre la colina los fundamentos de los palacios de los señores del mundo, á cuyo pie, el capricho del fundador los estableció entre pantanos y pedregales. Así, pues, la siete colinas de Roma no se levantan contra la tierra que está detrás de ellas. Se vuelven contra el Tíber y contra el antiguo lecho del Tíber, que fué el campo de Marte. Si el año nuevo me permite extender mis excursiones, describiré con más pormenores tan desdichada posición. ¡Ya desde ahora comparto de todo corazón los lamentos y los dolores de las mujeres de Alba, que ven destruída su ciudad y tienen que abandonar el hermoso emplazamiento elegido por un caudillo prudente, y sumergirse en las nieblas del Tiber y habitar la miserable colina de Caelius, para mirar desde allí su paraíso perdido! Todavía conozco poco del país, pero estoy convencido que ningún lugar de los pueblos antiguos estaba tan mal situado como Roma, y puesto que al fin los romanos todo lo devoraron, se esparcieron otra vez con sus casas de campo hasta los lugares de las ciudades destruídas, para vivir y gozar de la vida.

Ocasión da á reflexiones pacíficas, ver cuántos hombres viven aquí en silencio y de qué suerte cada uno ocúpase á su manera. De un eclesiástico, que sin tener gran talento natural ha consagrado al Arte su vida, hemos visto copias muy interesantes de cuadros notables, pintados en miniatura. La principal es la Cena de Leonardo de Vinci, que está en Milán. El momento elegido es aquel en que Cristo, sentado con sus discípulos á la mesa, familiarmente se franquea y dice: «Empero, uno de vosotros me entregará.» Se espera tener un grabado de esta copia ó de otras. Será valioso regalo para el público la reproducción fiel de tal obra maestra.

Hace algunos días visité al Padre Jacquier, franciscano, en la Trinita de Monti. Es francés de nacimiento, conocido por sus escritos de Matemáticas, avanzado en años, muy agradable y muy sabio. Conoció á los hombres más distinguidos de su tiempo, y hasta vivió algunos meses con Voltaire, que le tomó mucho afecto.

Y así he conocido aún otros hombres de mérito sólido, de los que aquí se cuentan infinitos, y que se mantienen á distancia unos de otros por desconfianzas clericales.

El comercio de libros no da unión, y las novedades literarias raras veces son abundantes.

Además, conviene al solitario buscar los ermitaños. Desde la representación del Aristodemo, en cuyo favor realmente me mostré activo, volvieron á meterme en tentación; pero estaba demasiado á la vista que no era por mí; querían reforzar su partido y hacerme instrumento, y si yo hubiese salido y declarándome, entonces hubiera desempeñado un corto papel de fantasma. Ahora, viendo que conmigo no se puede hacer nada, me dejan en libertad, y sigo tranquilo mi camino.

Mi existencia ha adquirido un lastre que le dá la conveniente pesantez; ya no temo á los fantasmas que con tant frecuencia jugaban conmigo. ¡Tened ánimo! Me sostendréis á flote y me llevaréis á vuestro lado.