Dom 23 Nov 2008
Roma 23 de Noviembre de 1786
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en VI - Roma, Viaje a Italia
Deseando no suceda á mi querido incógnito lo que al avestruz, que se cree oculto cuando esconde la cabeza, cedo, en cierta manera, sosteniendo siempre mi antigua tesis. Saludé gustosísimo al príncipe de Lichtenstein, hermano de la condesa Harrath, á quien tanto estimo. Acompañéle á comer algunas veces y comprendí al punto que aquella condescendencia me llevaría más lejos, y así sucedió. Anunciáronme una tragedia del Abate Monti, Aristotedemo, que se daría muy pronto. El autor, decían, deseaba leérmela previamente y oir mi opinión. Dejé caer la cosa sin rechazarla, y al fin una vez me encontré al poeta y un amigo en casa del príncipe, y la pieza fué leída.
El héroe, conforme es sabido, es un rey de Esparta, que á consecuencia de toda suerte de escrúpulos de conciencia se quita la vida, y me dieron á entender, de manera muy fina, que el autor del Werther no encontraría mal si en esta obra se habían utilizado algunos pasajes de su excelente libro, y así no pude esquivarme, ni en los mismos muros de Esparta, de los irritados manes del desdichado joven.
Sencilla y tranquila es la acción de la pieza. Los sentimientos y el estilo están conformes al argumento; hay energía y al propio tiempo sensibilidad. El trabajo demuestra excelente ingenio.
No dejé de notar y alabar lo bueno y digno de elogio de la obra, no en verdad á la manera de los italianos, sino á la mía, lo cual les agradó pasablemente; pues, en su impaciencia meridional, deseaban algo más. Querían que, en particular, les dijese el efecto probable de la tragedia en el público. Hice primero la salvedad de mi poco conocimiento del país, de la manera de representar y del gusto, y fuí bastante franco, añadiendo que no podía concebir cómo los romanos, acostumbrados á ver comedias en tres actos y óperas en dos, á modo de intermezzo, ó una gran ópera en tres actos y de intermezzo un ballet de género extranjero, podrían divertirse en la acción pausada é ininterrumpida de la noble tragedia. Además, parecióme asimismo el motivo de un suicidio por completo fuera del círculo de las ideas italianas. He oído hablar todos los días de uno que mata á otro; mas que uno se despoje á sí mismo de la amable vida, podrá ser posible, pero nunca llegó á mi noticia. Después, roguéles me hiciesen al pormenor cuantas objeciones les ocurriesen contra mi incredubilidad, y cediendo de buena voluntad á sus plausibles argumentos, aseguré que no deseaba otra cosa sino ver representada la obra, y darle, en compañía de un coro de amigos, mi más sincera y ruidosa aprobación. Aceptáronse amistosamente las aclaraciones, y tuve en semejante ocasión todos los motivos posibles para alegrarme de mi condescendencia, porque el príncipe de Lichtenstein es la complacencia en persona, y me procuró ocasiones de ver, en su compañía, muchos tesoros artísticos, para los que se necesita permiso especial del poseedor, y de consiguiente, alta influencia. Faltóme el buen humor cuando la hija del pretendiente quiso ver también la marmota extranjera; neguéme y estoy en absoluto decidido á volverme á zambullir en mi incógnito. Y si embargo, no es buen sistema; y aquí siento, muy al vivo, cuanto advirtiera en la vida, y es que el hombre que quiere el bien, ha menester ser tan activo y estar tan en guardia contra los otros, como el egoísta, el mezquino y el malo; esto se vé perfectamente; ¡lo difícil es practicarlo!
De la nación no puedo decir sino que son hombres de la Naturaleza, que bajo las ostentaciones y la dignidad de la Religión y del Arte, no se diferencian un cabello de lo que serían en las cavernas y en los bosques.
Lo que sorprende á los extranjeros y lo que hoy de nuevo hace hablar á toda la ciudad, pero hablar solamente, son los homicidios que se cometen á diario. En las últimas tres semanas asesinaron cuatro en nuestro distrito. El de hoy era un buen artista, Schwendimann, suizo, premiado, el último discípulo de Hedlinger. Fué sorprendido exactamente como Winkelmann. El asesino, al que se agarró, dióle veinte puñaladas, y llegando la guardia, el malvado se hirió á sí propio. La moda no es esta: el asesino se acoje á una iglesia, y asunto concluído.
Preciso era, dando sombra á mi cuadro, mencionar crímenes, desgracias, temblores de tierra é inundaciones. La erupción actual del Vesubio pon á la mayor parte de les extranjeros en movimiento, y hay que agarrarse mucho si se quiere no ser arrastrado. Tan natural manifestación tiene, en verdad, algo de la serpiente de cascabel, que atrae á los hombres de modo irresistible. En esta momento parecen reducirse á nada cuantos tesoros artísticos encierra Roma. Todos los extranjeros suspenden el curso de sus observaciones y se dan prisa á irse á Nápoles. Yo persevero, en la esperanza que la montaña para mi guardará algo.