Sab 22 Nov 2008
Roma 22 de Noviembre de 1786, fiesta de Santa Cecilia
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en VI - Roma, Viaje a Italia
Quiero conservar, en algunas líneas, el recuerdo de este día feliz, y comunicar, siquiera por escrito, lo que he gozado. El tiempo era de lo más hermoso y tranquilo; un cielo en absoluto claro y el sol caliente. Fuíme, en compañía de Tischbein, á la plaza de San Pedro, donde anduvimos al principio de un lado á otro, y luego, sintiendo demasiado calor, á la sombra del gran obelisco, que la proyectaba bastante ancha, nos paseamos, comiendo uvas que compramos cerca de allí. Después fuimos á la capilla Sixtina, que encontramos llena de claridad, á muy buena luz para los cuadros. El Juicio Final y las diferentes pinturas del techo, de Miguel Ángel, se repartieron nuestra admiración: no hice sino ver y maravillarme.
El vigor, la seguridad del Maestro, su grandeza, superan toda expresión. Luego de mirar y remirar todo, dejamos el Santuario y fuimos á la iglesia de San Pedro, que recibía de aquel cielo tan claro luz hermosísima, doquiera resplandeciente. Nos recreamos, en traza de hombres que saben gozar lo grande y lo suntuoso, sin abandonarnos entonces á las exigencias de un gusto demasiado puntilloso y sabio, suprimiendo todo juicio acerbo. Nos deleitamos en lo deleitable.
Finalmente, subimos al techo de la iglesia, donde se encuentra el trasunto de una bonita ciudad en pequeño: casas y almacenes, fuentes simuladas, iglesias y un gran templo; todo en el aire, cruzado de bonitos paseos. Ascendimos sobre la cúpula y vmos la comarca de los Apeninos; clarísimo el monte Sorecta. Hacia Tívoli, las montañas volcánicas, Frascati, Castel Gandolfo y la llanura, y más lejos la mar. Delante y cerca de nosotros la ciudad de Roma, en toda su extensión; con sus palacios de las alturas, cúpulas, etc. No había viento, y en la bola de cobre de la cúpula hacía el calor de un invernáculo. Luego de habernos enterado, bajamos é hicimos abrir las puertas de las molduras de la cúpula, del tambor y de la nave; se puede andar todo alrededor de ella y ver desde arriba esta parte de la iglesia.
Cuando estábamos en el entablamento del tambor, allá abajo, en lo profundo, iba el Papa á hacer sus devociones de la tarde. Así nada nos faltó en la iglesia de San Pedro. Bajamos del todo, comimos frugalmente en una hostería vecina y seguimos nuestro camino á la iglesia de Santa Cecilia.
Necesitaría muchas palabras si quisiera describir la ornamentación de la iglesia, llena de gente. Apenas se veía piedra de la Arquitectura. Las columnas cubiertas de terciopelo rojo, galoneado de oro: los capiteles de terciopelo cosido en la forma de ellos, poco más ó menos, y lo mismo colgados pilares y molduras. Todos los intersticios de las paredes vestidos de tela, pintados de colores; así la iglesia parecía de mosaico, y sobre doscientas velas de cera ardían á los lados y alrededores del altar mayor: semejaba una banda de luz, y la nave de la iglesia estaba muy iluminada. Las naves y los altares laterales, igualmente adornados y alumbrados. Frente al altar mayor, debajo del órgano, dos plataformas cubiertas de terciopelo; en una de ellas los cantores y en otra los instrumentistas, que hacían música sin cesar. La iglesia colmada de gente.
Oí música de muy bonito género, ejecutada como nunca oyera. Según se dan conciertos de violín ó de otro cualquier instrumento, hacían con la voz. Una de ellas, el soprano, por ejemplo, domina y canta el solo. De cuando en cuando entra el coro y acompaña; se oyen siempre con toda la orquesta. Hace buen efecto.
Tengo que concluir; también el día concluyó.
De noche pasamos por la Ópera, donde precisamente daban Los Litigantes; más habiendo gozado de tantas cosas buenas, seguimos de largo.