Del sentido de los artistas alemanes y de la vida artística de Roma, bien puede decirse: Se oyen sonidos, pero no armonía. Pensando ahora las cosas magnífica que á nuestro alcance tenemos y lo poco que las he utilizado, podría desesperarme; luego reflexiono en mi vuelta, alegre con la esperanza de apreciar, en cuanto valen, aquellas obras maestras, á cuyo alrededor andaba á ciegas.

Sin embargo, también en Roma se cuidan muy poco de las personas que quieren hacer en serio un estudio general. Tienen que rebuscarlo todo en ruinas infinitas, aunque de extremada riqueza. Verdad es que pocos extranjeros se proponen adelanto é instrucción sólida. Siguen su capricho y su fantasía, y esto lo saben bien cuantos tienen comercio con ellos. Cada cicerone tiene sus miras, cada uno quiere recomendar un comerciante, favorecer un artista. ¿Y porqué no ha de ser así? ¿No rechazan los ignorantes las cosas más excelentes que se les ofrecen?

Ventaja extraordinaria hubiera podido traer para el estudio y hubieran creado un Museo único, si el Gobierno, sin cuyo permiso no se puede sacar fuera ninguna antigüedad, pusiese la condición que dejasen de ella un vaciado. Pero si un Papa tuviese semejante pensamiento, todo el mundo se pondría porque en pocos años se habría asustado del excesivo precio y mérito de aquellos objetos exportados fuera del país, y ahora se obtienen en secreto y por toda suerte de medios tales licencias.

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Ya antes, pero más en particular desde la representación del Aristodemo, se despertó el patriotismo de nuestros artistas alemanes. No cesaban de hablar bien de mi Ifigenia; desearon que les leyese algunas escenas sueltas, y al fin me vi en la necesidad de leerla toda. Así descubrí algún pasaje que salía de mi boca más suelto de lo que parecía en el papel. En verdad, la poesía no se hizo para los ojos.

Este eco favorable resonó hasta llegar á los oídos de Reiffenstein y Angelica, y con esto tuve que volver á poner de manifiesto mi trabajo. Pedí tiempo y pude presentar la fábula y la acción de la pieza con algún aparato. Más de lo que yo creía ganó esta representación el favor de las citadas personas. También el señor Zuchi, que era de quien menos lo esperaba, tomó interés sincero y bien sentido. Esto se explica muy bi8en, porque la obra se acerca más á la forma que de antiguo se acostumbra entre Griegos, Italianos y Franceses, muy preferida de los no habituados á las crudezas inglesas.