Casualmente encontré la Italia de Archenholtzens. ¡De qué manera se arruga y achica una obra semejante en la realidad de los lugares! Igual que si pusiesen el librejo sobre carbones encendidos, y poco á poco se fuese obscureciendo y ennegreciendo, y se viesen las hojas arrugarse y convertirse en humo. Cierto que vió las cosas, pero intentando hacer valer sus maneras despreciativas y altaneras; posee demasiado pocos conocimientos y tropieza ensalzando y censurando.

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Este tiempo hermoso y templado, que alguna vez interrumpen días lluviosos, es para mí, á últimos de Noviembre, completa novedad. Aprovechamos el buen tiempo al aire libre y el malo dentro de casa: en todas partes hay recreo, enseñanza y acción.

El 28 de Noviembre volvimos á la Capilla Sixtina y pedimos que nos abriesen la galería más próxima del techo. En verdad, adelantábamos difícilmente, porque aquello es estrecho, y en apariencia peligrosas las barras de hierro, por cuyo motivo los propensos al vértigo no siguieron. Bien compensa las dificultades la vista de la obra maestra. Tanto me absorbe, en el momento, Miguel Angel, que ni gusto de la Naturaleza desués de él, porque no puedo verla con ojos tan grandes como él la ve. ¡Si siquiera hubiera medio de fijar bien en el alma tales imágenes! Al menos, cuantos grabados y dibujos he podido recoger de sus obras, los llevo conmigo.

De allí pasamos á las Logias de Rafael, y casi no me atrevo á decir que apenas se podía mirar aquello. Acostumbráranse los ojos á proporciones tan vastas, en aquellas grandes formas y aquella admirable perfección de todas las partes, que no podían tolerar los ingeniosos juegos de arabescos, y las historias bíblicas de mayor hermosura no sostenían la comparación de las otras. Ver con frecuencia semejantes obras, unas después de obras y compararlas con más calma y sin prejuicios, debe procurar gran placer; al principio, toda admiración es parcial de necesidad.

De allí nos dejamos ir, con sol casi demasiado caliente, á la Villa Panfili, donde hay muy bonitos jardines, y nos quedamos hasta la noche. Una gran pradera, rodeada de encinas siempre verdes, y altos pinos, llenábanla pequeñas margaritas, inclinando sus cabezas hacia el sol. Entonces se despertaron mis especulaciones botánicas, que proseguí al día siguiente, alargando mi paseo hasta Monte Mario, la Villa Melini y Villa Madama. Es interesantísimo observar el procedimiento de la vegetación activa, que los grandes fríos no interrumpen. Aquí no hay yemas, y ahora empiezo a comprender lo que son. El arbusto de la fresa (arbustus unedo) vuelve á florecer mientras maduran sus últimos frutos. Igualmente se muestran los naranjos en flor y sus frutas maduras y á medio madurar, y sin embargo, cubren estos árboles, si no vegetan entre edificios. Mucho da que pensar el ciprés, el más respetable árbol, cuando es viejo y ha crecido bien. Ante todo, veré el Jardín Botánico, donde espero aprender mucho. En general, nada puede comprarse á la nueva vida que la observación de una tierra nueva hace descubrir al hombre reflexivo. Aunque soy siempre el mismo, paréceme estar cambiado hasta la médula de los huesos.

Aquí termino, y la próxima carta estará llena de desdichas, muertes, terremotos y catástrofes, á fin de que mi cuadro no carezca de sombras.