El gran Rey, cuya fama llenó la tierra, cuyos hechos le hicieron digno acreedor hasta del paraíso de los católicos, dijo al fin adiós á este mundo para solazarse con las sombras de sus héroes, sus iguales. ¡De qué buena gana se queda uno tranquilo cuando ha llevado á un ser como éste al lugar del reposo!

Hoy nos hemos dado un buen día: visitamos una parte del Capitolio, que hasta ahora yo había descuidado; después, atravesamos el Tíber y bebimos vino de España, en una barca recién anclada. En tal sitio, dicen, se encontraron á Rómulo y Remo; de manera que, como en una doble ó triple fiesta de Pentecostés, pudimos embriagarnos con el Espíritu Santo del Arte, la suavidad de la atmósfera, los recuerdos de la antigüedad y el dulce vino.