El tiempo está increíble é indeciblemente bello; todo Febrero, no siendo cuatro días de lluvia, un cielo claro y puro; al medio día, casi demasiado calor. Busca uno el aire libre, y si hasta aquí se ha entretenido en dioses y héroes, ahora el paisaje reclama sus derechos y se identifica á cuanto me rodea y vivifica el espléndido día.

Recuerdo muchas veces cómo los artistas del Norte tratan de sacar partido de un techo de paja ó de algún ruinoso castillo: cómo siguen el curso del arroyo, rodeando un matorral ó una piedra resquebrajada para sorprender un efecto pictórico, y me admiro de mí mismo por cuanto aquellas cosas, después de tan larga costumbre, no se desprenden de nosotros.

Desde hace quince días me he armado de valor y he salido con hojas de papel, buscando las hondonadas y las alturas de las villas, y sin pensarlo mucho, he sacado pequeños croquis característicos de cosillas verdaderamente del Sur y romanas, y ahora trato, ayudado de la buena suerte, de darles luz y sombra. Es muy raro que se pueda ver y saber lo que es bueno y lo que es mejor: cuando se cree tenerlo seguro, se desvanece entre las manos, y no agarramos lo bueno, sino aquello que por costumbre nos impresiona. Verdad es que el ejercicio reglamentado adelanta mucho. Mas ¿dónde voy á encontrar tiempo y el recogimiento necesario? Mientras tanto, conozco que los apasionados esfuerzos de estos quince días, me han servido de mucho.

Los artistas me enseñan gustosos, porque comprendo pronto; pero comprender no es acabar. Comprender algo pronto, es propiedad del entendimiento; hacer bien algo, pertenece al ejercicio de toda la vida.

No obstante, el aficionado, aun siendo muy débiles sus tentativas, no se debe desanimar. Las pocas líneas que trazo en el papel apresuradamente, raras veces correctas, aclaran mis ideas de las cosas sensibles, pues uno se eleva á sintetizar cuando ve los objetos claros y precisos. Sólo que no debemos comprararnos á los artistas, sino proceder á su propia manera; que la Naturaleza se ha cuidado de todos sus hijos: el más pequeño no será contrariado en su existencia por la existencia del más excelente. Un hombre pequeño es un hombre, y hay que conformarse.

He visto la mar dos veces; primero el Adriático, después el Mediterráneo, aunque las dos veces sólo de visita. En Nápoles nos haremos más amigos. Todo ruge á la vez para mí: ¡por qué no fué antes, por qué no á menos coste! ¡Cuántas mies de cosas, muchas enteramente nuevas, tendría que comunicar!