Lun 16 Feb 2009
Roma 16 de Febrero de 1787.
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en VI - Roma, Viaje a Italia
De manera sorprendente y agradable he sabido la feliz llegada de Ifigenia. Iba camino de la Ópera cuando me entregaron la carta de mano bien conocida y doblemente bienvenida; esta vez sellada con el leoncillo, como mensajera de paquete llegado en hora feliz. Entréme en el teatro de la Ópera y traté de procurarme sitio entre la muchedumbre extranjera, debajo de la gran lucerna. Aquí me sentí tan cerca de los mios, que, dando un salto, los hubiera podido abrazar. De corazón doy las gracias por haberme anunciado la llegada. ¡Ojalá que la siga pronto vuestra próxima carta con una palabra de aprobación!
La adjunta nota indica la distribución que deseo se haga, entre mis amigos, de los ejemplares que Goschen me ha prometido, pues si me es del todo indiferente la opinión del público acerca de este trabajo, deseo que procure algún placer á mis amigos.
Sólo que se emprende demasiado. Si pienso en mis cuatro volúmenes en conjunto, me da vértigo; tengo que tomarlos separados, y así podré con ellos. ¿No hubiera sido mejor, conforme mi primer designio, enviar estas cosas al mundo á modo de fragmentos y emprender nuevos asuntos, que tienen para mí interés palpitante, con nuevo ánimo y fuerza viva? ¿No me sería mejor escribir Ifigenia en Delfos, que ponerme á luchar con las fantasías del Tasso? Sin embargo, he puesto demasiado de mí mismo en aquella obra para abandonarla sin fruto.
Heme instalado en la sala, cerca de la chimenea, y el calor de un fuego, esta vez bien alimentado, me da ánimos para comenzar un nuevo pliego. Pues es cosa en verdad por todo extremo grata, poder enviar nuestros más nuevos pensamientos tan lejos, y valiéndonos de palabras, transportar hasta nuestros amigos lo que nos rodea. El tiempo está magnífico; los días crecen visiblemente. Los laureles florecen y también los almendros. Esta mañana quedé sorprendido ante una vista maravillosa; vi de lejos árboles altos, semejantes á pértigas, vestidos todo á lo largo del más hermoso color violeta. Mirándolos de más cerca resultan ser lo que en nuestros invernáculos se llama árbol de Judea, y los botánicos cercis siliquastrum. Sus flores, violetas, amariposadas, salen inmediatamente del tronco. Las pértigas que ví estaban podadas del año anterior, y de su corteza salían á nubes las bonitas coloridas flores. Las margaritas brotan del suelo como hormigas. Los Crocus y los Adonis aparecen menos abundantes, y por eso adornan y engalanan más. ¡Cuántos placeres y cuántas luces me darán las tierras más meridionales, y cuántos resultados para mí no preveo! Sucede con las cosas de la Naturaleza como con las del Arte. Se ha escrito tanto sobre ellas, y sin embargo cada uno de los que saben ver, puede hacer nuevas combinaciones.
Cuando se piensa en Nápoles, ó aun en Sicilia, influído por las narraciones ó por dibujos, se imagina uno que en aquel paraíso del mundo se abre el infierno volcánico con violencia, y que desde miles de años espanta y turba á los naturales y á los viajeros. Yo procuro evitar cuidadoso pensar en la esperanza que tengo de ver estos espectáculos magníficos, á fin de aprovecharme bien, antes de mi marcha, de la vieja Capital del Mundo.
Hace quince días que estoy en movimiento desde la mañana á la noche. Busco lo que no he visto todavía, lo más notable; contémplolo segunda y tercera vez, y ahora esto me metodiza, pues los objetos principales ocupan su verdadero lugar, y entre ellos encuentran suficiente espacio otros de menor importancia. Mis preferencias se depuran y se deciden, y mi alma puede, al fin, elevarse en serena admiración hasta lo más grande y verdadero.
Así encuentro dignos de envidia á los artistas, que mediante la copia ó la imitación, se pueden acercar más á aquellas grandes concepciones y comprenderlas mejor que el mero observador y pensador. Al fin y al cabo cada uno tiene que hacer lo que puede, y yo desplego todas las velas de mi espíritu para navegar en estas costas.
La chimenea está bien encendida con un montoncito de hermosas brasas, cosa rara entre nosotros, porque ninguno tiene fácilmente tiempo y gusto para dedicarle un par de horas de atención. Y aprovecharé tan buena temperatura para salvar, en mi libro de memorias, algunas observaciones ya medio borradas.
El día 2 de Febrero llegamos, en la capilla Sixtina, á la función de bendecir los cirios. Encontréme desde luego muy contra gusto, y salí fuera con mis compañeros. Pensaba que estos cirios son precisamente los que desde hace trescientos años obscurecen los magníficos cuadros, y éste el incienso que con santa desvergüenza envuelve en vapores el único Sol del Arte, lo nuble más de año en año, y al fin lo hundirá por completo en las tinieblas.
Buscamos el aire libre y llegamos, luego de dar un gran paseo, á San Onofre, donde el Tasso está enterrado en un rincón. Su busto vese en la Biblioteca del monasterio. La cara es de cera, y me inclino á creer que habrá sido formada sobre su cadáver. Está algo reblandecido; en unas partes y en otras ha sufrido alteraciones; si embargo, expresa, más que cualquier otro de sus retratos, un hombre de gran talento, tierno, delicado y metido en sí.
Basta por esta vez. Ahora quiero consultar la segunda parte de Winkelmann, que contiene á Roma, para sacar de allí lo que todavía no he visto. Antes de ir á Nápoles, tengo por lo menos que segar las mies; para atarla en gravillas ya vendrán días buenos.