Vivo aquí de tal suerte sereno y tranquilo, que de ello mucho no tenía sentimiento. Mi sistema de ver y recoger todas las cosas conforme son; mi fidelidad al dejar á mis ojos su propia luz; mi completo abandono de toda pretensión, volvieron á darme sus resultados, y me hacen, en silencio muy dichoso.

Cada día un objeto nuevo notable; cada día imágenes frescas, grandes originales y un todo de larga data soñado, sin poder en mis imaginaciones alcanzarlo.

Estuve hoy en la pirámide de Cestius y de noche en el Palatino, sobre las ruinas del palacio imperial, semejantes á murallas de rocas.

¡De esto sí que nada puede comunicarse! A la verdad nada existe pequeño en Roma; pocas veces se encuentra algo censurable y de mal gusto y aun esto forma parte de la grandeza general.

Reconcentrado en mi idea, según se hace á punto siempre que la ocasión es propicia, descubro un sentimiento de infinita complacencia y voy á atreverme á expresarlo. Quien mire seriamente en torno suyo y tenga ojos para ver, tiene que hacerse sólido y alcanzar tan viva noción de la solidez, como nunca se le ofreció. Vigorizará el espíritu y llegará á la seriedad sin aridez, al reposo, al contentamiento. Al menos paréceme cual si nunca hubiese apreciado, hasta ahora, conforme es debido, las cosas del mundo, y de las benditas consecuencias de ello me regocijo para el resto de mi vida.

Dejadme, pues, que recoja todo según pueda; el orden vendrá después. ¿No estoy aquí gozando á mi modo? Quiero ocuparme en los grandes objetos, instruirme y formarme antes de cumplir los cuarenta años.