Sab 10 Ene 2009
Roma 10 de Enero de 1787
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en VI - Roma, Viaje a Italia
Seguiremos otra vez con la hija del dolor, que este adjetivo merece Ifigenia por más de un concepto. Después de habérsela leído á nuestros amigos, marqué ciertos renglones, de los cuales mejoré algunos, á mi entender; los otros, dejélos conforme estaban; tal vez Herder quiera dar en ellos algunas plumadas; yo estoy embotado ya para semejante labor.
Mi preferencia, desde hace muchos años, para la prosa en mis trabajos,débese á la gran incertidumbre en que fluctúa nuestra prosodia, pues mis inteligentes, doctos amigos y mis colaboradores, se han decidido, en muchas cosas, por el gusto y por el sentimiento, de suerte que se carece de toda regla.
Nunca me hubiera atrevido á verter Ificenia en versos yámbicos, si no hubiese brillado para mí una estrella polar, en la Prosodia de Moritz. Mis relaciones con el autor, en especial durante su enfermedad, diéronme nueva luz, y ruego á mis amigos piensen en esto con simpatía.
Es evidente que en nuestra lengua hay muy pocas sílabas decididamente breves ó largas. Las otras manéjanse á voluntad ó á gusto. Ahora bien: Moritz ha observado que existe en las sílabas cierto orden, y que las de sentido más significativo, al lado de otras que lo tienen menos, son más largas y hacen cortas aquéllas, y al contrario, pueden volver á ser cortas si están en la proximidad de otras, cuyo sentido ideas es más importante. Es a su apoyo, y aunque no queden resueltas todas las dificultades, hay un hilo conductor por el cual se puede ir culebreando. He seguido con mucha frecuencia tales máximas, y las encontré acordes á mi sentir.
Habiendo hablado antes de una lectura, tengo que indicar á la ligera cómo se efectuó. Estos jóvenes, acostumbrados á aquellos trabajos anteriores, vehementes y atrevidos, esperaban algo en el género de Berlichingen, y se quedaron fríos ante aquella acción tranquila; sin embargo, los pasajes nobles y puros no dejaron de hacer su efecto. Tischbein, que tampoco podía concebir aquel casi total alejamiento de la pasión, puso de manifiesto una graciosa semejanza ó símbolo. Comparaba esto á la víctima de un sacrificio, cuyo humo, retenido por la impresión de un viento suave, volvía á la tierra, mientras las llamas, libres, buscaban las alturas. Hizo de ello el dibujo, muy claro y muy bonito, que es adjunto. Y de tal modo un trabajo del que había creído salir tan pronto, me tuvo entretenido, sujeto, ocupado y preocupado, tres meses completos. No es la primera vez que de lo importante hago lo accesorio. Pero, no disputemos ni divaguemos más sobre esto.
Os envío una linda piedra grabada, que representa un leoncillo que siente el zumbido de un tábano alrededor de su nariz. Los antiguos gustaban de este asunto, que fué muy repetido. Deseo que, en adelante, selléis con ella las cartas, y así, en semejante pequeñez, resonará un eco artístico de vosotros á mí.
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¡Cuántas cosas tendría que decir á diario si el cansancio y la distracción no me impidiesen escribir un poco razonablemente! A esto se unen los días que hace frío, donde en cualquier parte se está mejor que en su cuarto, sin chimenea ni estufa, no usadas sino para dormir ó estando enfermo. NO quiero, sin embargo, dejar sin mencionar algunos acontecimientos de la última semana.
En el palacio Giustiniani hay una Minerva que merece toda mi veneración. Winkelmann apenas la menciona, por lo menos en el sitio principal, y yo no me siento bastante digno de hablar de ella. Cuando visitamos la estatua y estuvimos contemplándola mucho tiempo, la mujer del guarda nos contó que fuera, en tiempos antiguos, una imagen sagrada y que los ingleses, que son de esta religión, acostumbran todavía á venerarla, besándola una mano, que realmente está blanca, mientras el resto de la estatua se ha oscurecido. Añadiendo que una señora de aquella religión, que había estado hacía poco tiempo, se hincó de rodillas y oró ante la estatua. Acción tan extraordinaria, ella, cristiana, no había podido verla sin reirse, y había echado á correr fuera de la sala para no reventar. Como yo tampoco quería separarme de la estatua, me preguntó si acaso no tendría alguna novia parecida á este mármol que tanto me atraía. La buena mujer sólo comprendía la plegaria y el amor; no podía entender nada de la pura admiración por la obra artística, ni de fraternal respeto al génio de un hombre. Hízonos gracia lo de la señora inglesa, y nos marchamos deseosos de volver; yo, á la verdad, no tardaré mucho. Si mis amigos quieren algo más preciso, lean lo que dice Winkelmann del alto estilo de los griegos. Desgraciadamente no cita esta Minerva; si no me equivoco, pertenece á aquel estilo sublime que de lo austero pasa á lo bello. Es el capullo mientras se abre. He aquí una Minerva que marca bien el carácter de transición.
Vamos á un espectáculo de diverso género. El día de los Santos Reyes, fiesta de la Salvación anunciada á los paganos, fuimos á la iglesia de la Propaganda. Allí, en presencia de tres cardenales y de numeroso auditorio, hemos oído primero un discurso sobre el tema de saber en qué lugar recibió la Virgen María á los Magos: si fué en el Establo ó en otra parte. Luego leyéronse algunas poesías latinas sobre el mismo motivo; después, treinta seminaristas fueron entrando poco á poco y leyendo un poemita, cada uno en su lengua nativa. Malabar, Epirota, Turco, Moldavo, Helénico, Persa, de Colcida, Hebreo, Árabe, Siriaco, Copto, Sarraceno, Armenio, de Hibernia, de Madagascar, de Islandia, Egipcio, Griego, Isáurico, Etiópico, etc., y muchas que nunca he oído. Los versos parecían hechos, en su mayor parte, con la prosodia nacional, y expresados con la propia declamación, pues resultaban ritmos y tonos bárbaros. El griego apareció como brilla una estrella en la obscuridad. El auditorio reía desmesuradamente, y así también la exhortación resulta una farsa.
Ahora, un cuento. De cómo se juega en la sagrada Roma con lo sagrado. Hallábase el difunto cardenal Albani en una Congregación semejante á la descrita. Uno de los seminaristas principió, en una lengua extraña, dirijiéndose á los cardenales: ¡Guaja! ¡Guaja! Lo cual, sobre poco más ó menos, suena ¡Canaglia! ¡Canaglia! El cardenal se inclino hacia sus colegas, y dijo: ¡Nos conoce!
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¡Cuánto no hizo Winkelmann y cuánto nos dejó que desear! Al construir tan de prisa, con los materiales que se apropió, lo hizo para ponerse pronto á cubierto. Si viviese todavía (y podría vivir y estar sano y bueno), sería el primero que nos diese su obra reformada ¡Cuánto no habría observado y rectificado! ¡Cuánto no habría aprovechado de lo que otros, según sus principios, investigaron, y de lo último desenterrado y descubierto! Y además, ¡habría muerto el cardenal Albani, por cuyo amor escribió muchas cosas y tal vez calló muchas mas!