Jue 4 Sep 2008
Ratisbona, 4 de Septiembre de 1786
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en I - De Carlsbad al Brenner, Viaje a Italia
Salí de Carlsbad á hurtadillas, á las tres de la mañana, porque antes no me lo habían permitido. Los amigos, que tan cordialmente celebraron mi cumpleaños, el 18 de Agosto, adquirieron, con tal motivo, el derecho de detenerme; pero no podía retrasarme más. Metíme en la silla de postas enteramente solo, con un lío de mantas y una maleta, y á las siete de apacible mañana nublada, llegué á Zwoda. Las nubes altas, blancas y ligeras; las bajas pesadas. Túvelo por indicio favorable. Después de tan mal verano esperaba gozar buen otoño. A las doce en Eger, con mucho calor. Recordé que este lugar ocupa la misma latitud que la ciudad de mi nacimiento, y me sentí complacido al comer otra vez, al medio día, bajo cielo claro, en el grado cincuenta. Al entrar en Baviera se tropieza con el Monasterio de Waldsassen, magnífica propiedad de aquellos señores religiosos, que fueron instruidos y avisados antes que los otros hombres. Hállase situado en una pradera honda, á la cual llamaremos plato, por no decir marmita, rodeado de pendientes suaves y fructíferas. En el país posee además el monasterio diversas propiedades, muy lejos á la redonda.
Es el suelo esquisto arcilloso disgregado. El cuarzo, en esta suerte de montaña, no se ha eflorescido y hace el terreno poroso y muy fértil. Hasta Tischenreuth sube y las aguas corren hacia el Eger y el Elba; desde Tischenreuth hay pendiente al Sur, y las aguas bajan al Danubio. Una corriente de agua, por pequeña que sea, me da clara y rápida idea de un país. Observando hacia donde corre, á qué cuenca pertenece, se encuentra, aun en comarcas que nunca se han visto, conexión de pensamiento entre los valles y las montañas.
Desde el lugar mencionado comienza una excelente carretera, que no se puede ver mejor ni más perfecta; pues la arena, disgregada del granito, y la tierra arcillosa, haciendo cemento, le forman una superficie tan lisa que podría servir para era de trillar. Estas mismas condiciones hacen más feo el país que atraviesa. Igualmente granítico, llano y pantanoso, su fealdad favorece al camino. Desde que empieza la bajada, se adelanta con increíble rapidez, cosa que contrasta notablemente con el paso de caracol de las postas de Bohemia. La hoja adjunta indica las etapas recorridas. Basta. A las diez de la mañana siguiente hallábame en Ratisbona, habiendo dejado atrás veintinueve millas y media en treinta y nueve horas, Encontrándome, al amanecer, entre Schwandorf y Regenstauf, observé el cambio favorable de los campos. No eran ya detritus de montañas, sino buenas tierras mezcladas de aluvión. En tiempos remotos las aguas tuvieron flujo y reflujo, del valle del Danubio, remontando el curso del Regen, á todos estos valles, que ahora vierten en él sus aguas y así se convirtieron pantanos naturales en tierras de labor. Estas observaciones valen en las cercanías de todos los ríos pequeños y grandes, y con tal guía presto se adquieren datos acerca del cultivo adecuado á cada suelo.
Ratisbona está deliciosamente situada. Sus cercanías debieron ser cebo y atractivo suficiente para la formación de una gran ciudad. Así supieron entenderlo los Señores religiosos. Todo el campo en derredor les pertenece, y en la ciudad hay iglesia sobre iglesia, convento sobre convento. El Danubio recordóme el viejo Main. En Francfort, el río y los puentes tienen mejor vista, pero aquí, Stad-am-Hof, situada del otro lado, aparece bellísima. Me dirigí enseguida al colegio de Jesuítas, donde se celebraban las representaciones que los alumnos hacen todos los años. Vi el final de la ópera y el principio de la tragedia. No lo hicieron mal para ser una compañía de aficionados noveles, y estaban muy bien vestidos, casi con demasiado lujo. Este espectáculo público me convenció, una vez más, de la sagacidad de los Jesuítas. No desdeñan cosa alguna que pueda ejercer influencia, y la emplean con cariño y atención. Esta no es la sagacidad como se entiendo en abstracto; es el gusto de las cosas y una participación complaciente en lo que resulta de la acción de la vida. Así como esta Compañía religiosa tiene á su servicio constructores de órganos, escultores y doradores, admite algunos que cultivan el teatro con inteligencia y afición, y así como hacen ostentación del fausto para adorno de su iglesia, de igual manera estos hombres expertos se apoderan de los sentimientos mundanos por medio de un teatro decoroso.
Hoy escribo en el grado cuarenta y nueve: no se presenta mal. La mañana estuvo fresca y también aquí se quejan del frío y de la humedad del verano: luego el día se quedó hermoso y tranquilo. El aire suave que trae un gran río, no se parece á nada. La fruta no es notable: he comido buenas peras, pero me perezco por uvas é higos. La manera de hacer y de ser de los Jesuítas hízome pensar mucho. En el plan de sus iglesias, torres y edificios, hay algo de grande y cumplido, que inspira íntimo respeto en los hombres. En el decorado, oro, plata y otros metales, piedras pulimentadas, prodigado todo con lujo y riqueza suficientes para deslumbrar á los mendigos de todas las clases. No falta tampoco, de cuando en cuando, algo de eso trivial é insípido que tanto atractivo tiene para la naturaleza humana y que la atrae. Este es, en general, el genio de los católicos en el culto externo de Dios, pero nunca lo había visto puesto en acción con tanta secuencia, tanto entendimiento y tanta habilidad como por los Jesuítas. Tienden á eso principalmente, porque no continúan, como otras ordeños religiosas, una devoción vieja y obtusa, antes bien, en gracia del espíritu de su tiempo, se engalanan con brillo y ostentoso aparato.
Aquí se emplea para las obras una piedra muy singular: brillante como arcilla roja de antigua formación, tan antigua que se podría tomar por primordial y aun porfírica. Es verdosa, compenetrada de cuarzo, tiene poros y hay en ella grandes manchas del más duro jaspe, dentro de cuyas manchas hay otras redonditas de una especie de brecha. Un trozo había muy instructivo y apetitoso, pero pesaba mucho y he prometido no cargarme de piedras en este viaje.