Sigo riéndome de la tragedia, y quiero fijar en el papel, acto continuo, aquella payasada. La pieza no era mala: el autor recopiló todos los matadores trágicos, y los actores trabajaron bien. la mayor parte de las situaciones, conocidas; algunas nuevas y muy felices. Dos padres se odian: hijos é hijas de estas familias enemigas se aman apasionadamente, y hasta una de las parejas se casa en secreto. Suceden horrores y crueldades y al fin no hay obro medio de arreglar que los jóvenes sean felices, sino es atravesándose los padre uno á otro de pare á parte; en cuyo momento, entre una salva de aplausos, cae el telón.

A pesar de ello, los aplausos redoblan y principian á gritar ¡fuora! continuando así hasta que las dos parejas principales condescienden y salen al proscenio, hacen sus reverencias y se retiran.

El público no se contenta todavía; sigue aplaudiendo, y grita: ¡i morti! Salen al fin los dos muertos, saludan y se oyen algunas exclamaciones de ¡bravi i morti! Mucho tiempo los tiene allí el palmoteo; hasta que al fin les permite retirarse. Esta farsa gana infinito para el testigo ocular y auricular, que conserva en sus oídos, como yo, el ¡bravo! ¡bravi! que los italianos tienen siempre en la boca, y oye de repente llamar á los muertos con esta palabra honorífica.

¡Buenas noches! Así podemos decir los del Norte, á toda hora, cuando nos separamos en la obscuridad. El italiano dice, ¡felicissima notte! sólo una vez, al traer al cuarto la luz que separara la noche del día, y esto significa una cosa enteramente distinta. Los idiotismos de cada lengua son intraducibles; pues todas las palabras, desde la más alta á la más baja, se refieren á cualidades propias y particulares de la nación; y están en su carácter, en sus sentimientos ó en su situación especial.