En cuatro horas he venido de Vicenza en una sillita para una persona sola, que llaman Sediola, empaquetado con todo mi equipaje. Hácese el viaje cómodamente en tres horas y media; pero como sentía placer gozando del aire libre de tan hermoso día, me agradó que el Veturino faltase á su obligación. Se va por la llanura fertilísima, siempre hacia el Sudeste, entre vallados y árboles, sin otra vista, hasta que por fin se divisan, á mano derecha, las hermosas montañas que corren del Este al Sur. La muchedumbre de plantas y frutas que cuelga delos árboles, sobre los muros y las tapias, es indescriptible. Gravitan calabazas sobe los tejados, y los más extraordinarios pepinos se ven pendientes de espalleres y alambres.

Desde el observatorio pude hacerme cargo claramente de la magnífica situación de la ciudad. Hacia el Norte se dibujan las montañas del Tirol nevadas, medio cubiertas de nubes, y unidas hacia el noroeste á las que rodean á Vicenza; por último, hacia el Poniente, las del territorio de Este, más cercanas, cuyas formas y cavidades se distinguen muy bien. Al Sudeste, un mar de plantas verdes sin la menor traza de altura. Árboles y más árboles, florestas, plantaciones y plantaciones innumerables, y destacándose sobre lo verde, blancas casitas, fincas de recreo, iglesias. Y en el horizonte, la torre de San Marcos de Venecia y otras menos importantes.