Alla locanda del Sgr. Moricone al largo del Castello. Mediante señas tan claras y bien sonantes nos llegarían, de hoy en adelante, cartas de las cuatro partes del mundo. En el distrito del gran Castillo, cerca del mar, se extiende ancho espacio que, aunque rodeado de casas, no le llaman Plaza, sino Largo, nombre probablemente conservado del tiempo antiguo, cuando aquello era campo abierto. En uno de sus lados hay una gran casa de esquina, y en ella nos instalamos en una sala espaciosa, también de esquina, con vistas alegres y despejadas á la siempre animada plaza. Un balcón saliente, de hierro, corre delante de muchas ventanas hasta dar la vuelta a la casa. No se saldría de él si el viento no fuese demasiado fuerte.

La sala está pintada de colores, con especialidad el techo, dividido en cien casetones arabescos, que anuncian la proximidad de Pompeya y Herculano. Todo estaría muy bonito y muy bueno, si no fuera el no advertirse el sitio del fuego ni chimenea, y el mes de Febrero usa aún aquí de sus derechos. Hube de suspirar deseando algún calor. Trajéronme un trípode de altura conveniente para extender sobre él las manos á placer. Encima había un recipiente chato, lleno de brasas bien cubiertas de una superficie de ceniza muy alisada. Se trata de ser económicos conforme aprendimos en Roma. Valiéndose del aro de una llave se quita cuidadosamente, de tiempo en tiempo, un poco de ceniza, y llega algo de aire á las brasas; removiendo impaciente todo el fuego, si en el momento siéntese más calor, muy pronto se extingue la lumbre, y de nuevo llevan el recipiente, prévio el pago de cierta suma.

No me sentía del todo bien, y en verdad, hubiera deseado mayores comodidades. Una estera de junco me libraba del contacto del suelo de mármol; las pieles no se acostumbran, y decidí ponerme un capote de marineo que trajéronnos en broma, é hízome gran servicio, sobre todo después de ceñírmelo al cuerpo, mediante una de las cuerdas de nuestros baúles. Entonces, ocupando el término medio entre marinero y capuchino, debí estar muy cómico. Al regreso de Tischbein de unas visitas que fué á hacer á sus amigos, no podía contener la risa.