Vie 6 Mar 2009
Nápoles 6 de marzo de 1787.
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en VII - Nápoles, Viaje a Italia
Aunque contra gusto, á fuer de buen compañero, siguióme Tischbein hoy al Vesubio. A él, pintor de figuras, ocupado siempre en las más bellas formas de hombres y de animales, que hasta humaniza su gusto y sentimiento rocas, paisajes y lo informe, debe serle abominable este amontonamiento desconcertado que se devora á sí mismo, y declara guerra á todo sentido de belleza.
Fuimos en dos calesas, porque no quisimos confiar en nosotros mismos, guiando entre la barahunda de la ciudad. El cochero tiene que ir gritando sin cesar ¡sitio! ¡sitio! á fin de que se separen á un lado los asnos, portadores de leña ó de basura, los hombres cargados ó libres, los niños y los viejos, y poder continuar el trote vivo. Ya en el camino, en los arrabales, y jardines exteriores, indicaba algo plutónico, porque no lloviendo hace mucho tiempo, las hojas, por su naturaleza siempre verdes, los tejados, los salientes de las cornisas y cuanto presenta una superficie, estaba cubierto de polvo gris ceniciento, de manera que sólo el espléndido cielo azul y el poderoso resplandeciente sol, que en él lucía, daban testimonio de que andábamos por la tierra de los vivos.
Al pie de las pendientes rápidas, nos recibieron dos guías, uno más viejo y el otro más joven; ambos hombres vigorosos. El primero tiró de mí, el segundo de Tischbein, monte arriba. Y digo tirar, porque estos guías se rodean el cuerpo de una correa, á la cual se agarra el viajero, afianzándose al subir en un palo, á fin de ayudarse mejor con sus propios pies. Así llegamos á la planicie donde se asienta el cono de la montaña; hacia el Norte están las ruinas de la Somma.
Una mirada al país hacia el Oeste, como un baño saludable, nos quitó todos los dolores y cansancio del esfuerzo, y dimos la vuelta al cono, que ruge incesantemente, arrojando piedras y ceniza. Todo el tiempo que el sitio nos permitió permanecer á distancia conveniente, encontramos el espectáculo grandioso y sublime. Primero un trueno poderoso resonando en el abismo profundo; enseguida miles de piedras, grandes y chicas, arrojadas al aire y envueltas en nubes de ceniza. La mayor parte volvían á caer en el abismo; las otras pequeñas, de los lados, caían en la parte exterior del cono, haciendo ruido extraño. Al principio las grandes bajaban á saltos la montaña con sonido opaco; las pequeñas corrían chinando detrás, y al último corría la ceniza. Todo sucedía en intervalos acompasados, que hubiéramos podido medir y apreciar en números, tranquilamente.
Habiendo poco terreno entre el Somma y el cono de la montaña, muchas piedras caían ya alrededor de nosotros y hacían el sitio nada grato. Tischbein se sentía cada vez más contrariado, puesto que aquel monstruo, no contento de ser horrible, quería ser á la par peligroso.
Como el peligro presente existe y atrae de algún modo, y el espíritu de contradicción en los hombres impulsa á arrastrarlo, pensé en la posibilidad de subir al cono, llegar al abismo y volver á bajar, en el período de tiempo que media entre dos erupciones. Consulté á los guías mientras nos reconfortábamos con las provisiones que lleváramos, apertrechados bajo una roca saliente de la Somma. El más joven se atrevió á arrostrar conmigo la arriesgada empresa. Rellenamos nuestros sombreros con pañuelos de lana y de seda, y nos preparamos, bastón en mano, y yo cogido al cinturón del guía.
Todavía sonaban las piedrecillas á nuestro alrededor y bajaba la ceniza, cuando el forzudo joven arrancaba conmigo arriba por la abrasada tierra movida. Nos encontrábamos al borde de la abertura enorme, cuya humareda, aunque ligero viento la separaba de nosotros, ocultaba el abismo, saliendo en derredor por miles de gritas. En alguna clara, que á intervalos ocurría, distinguíanse en varios sitios peñascos despedazados. La vista no era ni instrutiva ni amena, y atendiendo á semejante razón, cuando nada se ve, permanece uno ansioso de ver algo. Olvidamos la cuenta exacta del tiempo de reposo; estábamos en un escarpado delante del abismo espantoso. De pronto resonó el trueno, y la terrible descarga voló por los aires delante de nosotros. Involuntariamente nos agachamos, como si aquello nos hubiese podido salvar de la masa que caía. Chocaron las piedrecillas entre sí; y sin pensar que teníamos nueva pausa delante de nosotros, alegres de haber afrontado el peligro, llegamos al pie del cono con la ceniza que bajaba, teniendo bien cubiertos de ella la cabeza y los hombros.
Después de la acogida cariñosa de Tischbein, de oir sus regaños y recibir sus cuidados, pude dedicar particular atención á las lavas nuevas y viejas. El guía menos joven sabía marcar claros los años. Las más viejas estaban cubiertas de ceniza y lisas; las más recientes, en particular aquellas cuyo curso fuera lento, ofrecían aspecto singular. Arrastrando, al resbalar pausadamente, las masas endurecidas en la superficie, debe ocurrir que éstas, de tiempo en tiempo, se resisten, mas las impelen de nuevo corrientes de fuego; montan unas sobre otras, quedando fijas en formas angulosas, más raras y extrañas que lo serían en igual caso témpanos de hielo aglomerados.
En tal caótica amalgama de substancias se encuentran grandes bloques, que, rotos, son semejantes á rocas primitivas. El guía aseguró que eran antiguas lavas del fondo, que la montaña arrojaba algunas veces.
Regresando á Nápoles, llamáronme la atención casitas pequeñas de planta baja, muy singularmente construídas, sin ventanas ni otra luz en los cuartos que la de la puerta de la calle. Desde la mañana á la noche, los habitantes están fuera sentados delante, hasta que al fin se vuelven á meter en sus agujeros.
Al observar el carácter diferente que adquiere de noche la ciudad tumultuosa, me vino el deseo de residir aquí algún tiempo, á fin de delinear, según mis fuerzas, este moviente cuadro; pero no tendré ese gusto.