Aprovechamos el segundo domingo de Cuaresma yendo de iglesia en iglesia. Conforme en Roma todo es serio, aquí en todo hay cierta alegría. Tampoco puede comprenderse la escuela de pintura napolitana, sino en Nápoles. Vese con extrañeza toda la fachada de una iglesia pintada de arriba abajo. Sobre la puerta, Cristo arrojando del templo á los vendedores y compradores, que á los lados, vestidos de colorines y adornados, bajan á empujones, llenos de espanto, las escaleras. En el interior de otra iglesia, todo el espacio sobre la puerta está ricamente adornado de una pintura al fresco, representando la expulsión de Heliodoro. Lucas Giordano mucho debía despacharse para llenar tales paredes. Los púlpitos no son, como en otras partes, una cátedra, una silla de enseñanza para una persona, sino una galería en la cual he visto á un capuchino haciendo presente al pueblo, tan pronto en un extremo, tan pronto en el obro, su vida pecadora. ¡Cuánto no habría que decir sobre esto!

Lo que no puede contarse ni describirse es la esplendidez de una noche de luna llena, semejante á la que gozamos recorriendo las calles y las plazas, paseando en el inmenso paseo de Chiaja y luego orilla del mar. En realidad, se apodera de uno el sentimiento de los infinito del espacio, y el soñar así vale la pena.

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Voy á mencionar, de pasada, á un excelente hombre que he conocido estos días. Es el caballero Filangieri, notable por su obra de legislación. Pertenece á los jóvenes respetables, que ponen sus miras en la felicidad de los hombres y en una loable libertad. En sus maneras vese el soldado, el caballero y el hombre de mundo. Este aspecto, sin embargo, se dulcifica expresando un sentimiento delicado y moral de que se impregna su persona, demostrándose afable en sus palabras y en su manera de ser. Unido de corazón á su Rey y á la monarquía, aunque no aprueba todo lo que sucede, es también de los que temen á José II. La imagen de un déspota, aunque sólo esté suspendida en el aire, es temible para los hombres de noble corazón. Hablóme franco de cuánto Nápoles debía temer del Emperador. Habla gustoso de Montesquieu y Beccaria, y asimismo de sus propios escritos, todos en el mismo espiritu de benevolencia y deseo sincero y juvenil de influir en bien. Podrá tener treinta años. Pronto dióme noticia de un escritor antiguo, cuya profundidad insondable estiman altamente los modernos italianos, amigos de las leyes. Se llama Giambattista Vico, y lo prefieren á Montesquieu. Prestáronme el libro cual reliquia, y ojeándole, paréciome contener predicciones sibilíticas de lo bueno y recto que un día debe ó debería venir, fundadas en serias meditaciones de la Historia y de la vida. Es muy hermoso que un pueblo posea semejante bisabuelo. Algún día tendrán los alemanes en Hamann un Código semejante.