Sab 6 Sep 2008
Munich, 6 de Septiembre de 1786.
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en I - De Carlsbad al Brenner, Viaje a Italia
El cinco de Septiembre á las once y media de la mañana, salí de Ratisbona. Por Abach es el país hermoso, rompiéndose el Danubio contra rocas calizas hasta más allá de Saal. La cal es semejante á la de Osteroda en el Hartz, compacta, pero completamente porosa. A las seis de la mañana hallábame en Munich, y después de doce horas de mirar por todas partes, pocas observaciones voy á hacer. En la galería de cuadros no me encontré en terreno propio. Necesito, ante todo, volver á acostumbrar mis ojos a los cuadros. Hay cosas bonitas. Los bocetos de Rubens en la Galería de Luxemburgo, me gustaron mucho. Allí está también el notable juguete modelo de la columna de Trajano. El fondo de lapislázuli, las figuras doradas; no deja de ser un bonito trabajo que complace mirar. En la sala de lo antiguo observé perfectamente que mis ojos no están familiarizados con estas cosas, por cuya razón no quise detenerme ni perder tiempo. Hay muchas que no me dicen nada, sin que yo sepa por qué. Un Druso atrajo mi atención; dos Antoninos me gustaron, y así algún otro. El conjunto no resulta bien, porque no está bien arreglado, y la sala, ó mejor dicho la bóveda, luciría mejor con sólo estar más limpia y cuidada. En el Gabinete de Historia Natural vi cosas bonitas del Tirol que, en ejemplares de Museo, ya conocía y tengo.
A una mujer encontré que me ofreció higos; como eran los primeros, me supieron riquísimos; pero, en general, la fruta, para el grado cuarenta y ocho, no es muy buena. Aquí se quejan del frío y de la humedad: esta mañana me recibió en Munich una niebla que podría pasar por lluvia. Durante el día sopló el viento bastante frío de las montañas del Tirol. Cuando las miré desde la torre, estaban cubiertas, y el cielo cargado de nubes; sólo al ponerse, brilla el sol en la alta torro que está delante de mi ventana. Perdóneseme que me cuide tanto de los vientos y del tiempo. El que viaja por tierra, casi al igual del navegante, dependo de ellos, y sería deplorable que el otoño en el extranjero me
fuese tan poco benigno como lo fue el verano en mi tierra. ¡Ahora, á Inspruck en derechura! ¿Por qué no he de dejar todo de lado para seguir el pensamiento, que ya casi se ha hecho demasiado viejo en mi alma?