Dom 7 Sep 2008
Mittenwald, 7 de Septiembre de 1786, por la tarde.
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en I - De Carlsbad al Brenner, Viaje a Italia
Parece que mi genio protector dijo á mi credo: amén, y le agradezco haberme traído en día tan hermoso. El último postillón aseguró, en una exclamación de placer, que era el primero en todo el verano. Yo secretamente tuve la supersticiosa esperanza de que así continuaría. Pero, vuelvo á pedir á mis amigos me perdonen si les hablo otra vez de viento y lluvias. Cuando salí de Munich á las cinco, el cielo se había aclarado. En las montañas del Tirol sosteníanse enormes, compactas masas de nubes, y las que estaban más bajas, en bandas ligeras, tampoco se movían. Sube el camino á la altura á cuyo pie se ve correr el Isar, por una reunión de colinas de guijos que el agua aglomeró. Hízosenos aquí manifiesto el trabajo de las corrientes de los antiguos lagos. En muchos cantos rodados de granito, me encontré hermanos y parientes de ejemplares de mi Gabinete que debo á Knebel. La niebla del río y de las praderas duró algún tiempo; al fin también desapareció. En los intersticios de las mencionadas colmas de guijos, que se extienden durante muchas leguas, hay la más hermosa y rica tierra de labradío, como en el valle del Regen. Volviendo al Isar, se vé una trinchera y una pendiente de la colina guijosa, que bien podrá tener ciento cincuenta pies de alto. Llegué á Wolfrathshausen alcanzando el grado cuarenta y ocho. El sol quemaba; nadie confiaba en el buen tiempo; se quejaban del mal año, lamentándose de que el gran Dios no quisiese remediarlo.
Ahora voy á subir á un mundo nuevo; me aproximo á las montañas, que poco á poco se descubren.
Benediktbeurn está admirablemente situado, y sorprende á primera vista. En fértil llanura, el edificio blanco, ancho y largo, y detrás una escarpada roca, más ancha y más alta. Después se sube á Kochelsée, luego arriba, en la montaña, á Walchensée. Aquí saludé los primeros picos nevados, y al maravillarme de estar tan cerca de las alturas cubiertas de blanco, supe que ayer, en esta región, hubo truenos y relámpagos y cayó nieve en los montes. En tales meteoros cifran la esperanza de que mejore el tiempo, y de las primeras nieves conjeturan un cambio atmosférico. Las rocas que me rodean son todas calizas, de la mayor antigüedad, y aún no contienen petrificaciones. Estas montañas calizas van en enorme é ininterrumpida fila desde la Dalmacia al San Gotardo, y todavía más lejos. Hacquet recorrió gran parte de la cadena. Se asientan sobre rocas primitivas de cuarzo y arcilla. Llegué á Walchensée á las cuatro y media: una legua próximamente antes del lugar me sucedió una graciosa aventura. Caminaban delante de mí un arpista y su hija, niña de once años, y el padre me suplicó que la llevase en mi coche; él iba cargado con su instrumento; hice subir á la niña y sentóla á mi lado, y ella colocó con mucho cuidado a sus pies una gran caja nueva. Era una personita muy mona y que había viajado ya bastante. A pie fuera con su madre á Nuestra Señora de Einsiedeln, y las dos querían emprender el viaje, mucho mayor, á Santiago de Compostela, pero se murió la madre y su voto no pudo cumplirse. Nunca se hace demasiado para honrar á la Madre de Dios, decía. Ella misma había visto, después de un gran incendio, una casa quemada hasta los cimientos, y sobre la puerta, detrás de un cristal, la imagen de la Madre de Dios; cristal é imagen enteros, lo cual fué milagro evidente. Todos sus viajes los hiciera á pie. Últimamente tocara en Munich delante del Elector y, entre todas, se había hecho oír de veintiuna personas reales. Me divertió mucho. Tenía grandes ojos, obscuros y bonitos; frente voluntariosa, que á veces plegaba un poco hacia arriba. Cuando hablaba era agradable y natural, particularmente si soltaba su risa infantil. Por el contrario, cuando estaba callada, parecía querer dar á entender algo, y hacía una mueca fatal con el labio superior, Mucho charlé con ella: encontrábase familiarizada con todo y se fijaba en todos los objetos, Preguntóme una vez por un árbol. Era un hermoso arce, el primero que se me había presentado en todo el viaje. Esto mismo observó ella, y luego al aparecer otros semejantes, se alegraba mucho de conocer y poder distinguir ya aquel árbol más. Me dijo que iba á la feria de Botzen, donde suponía que yo igualmente me encaminaba. Si nos encontrábamos, tenía que feriarle algo, cosa que le prometí. Allí quería estrenar la nueva cofia que en Munich se había mandado hacer con sus ganancias. Quiso enseñármela, abrió la caja y tuvo que regocijarme con ella, a la vista del muy bordado y encintado adorno de cabeza. Otra perspectiva á los dos nos regocijó, y fue su seguridad de que tendríamos buen tiempo. Ellos llevaban consigo el barómetro, que era su arpa. Cuando el diapasón se subía, el tiempo sería bueno, y esto sucedía precisamente hoy. Díjole el Asi sea, y nos separamos contentos, esperando que pronto nos volveríamos á ver.