A las tres de la madrugada ya estábamos de camino: en punto de abrir el día nos encontramos en las lagunas Pontinas, cuya vista no es tan mala como generalmente dicen en Roma. No se puede, en verdad, sólo viajando de pasada, juzgar la empresa tan magna y tan casta del saneamiento proyectado, más parecióme que los trabajos que el Papa ordenó han de dar, al menos en su mayoría, los deseados resultados. Imagínese un valle extenso de poquísima caída, de Norte á Sur, vertiendo hacia las colinas por el Este y más alto que la mar en el Oeste.

Todo á lo largo, en línea recta, está reconstruida la antigua vía Apia, y á la derecha de ella corre el canal mayor, donde las aguas van cayendo poco á poco. Así se sanean las tierras de la derecha, que dan hacia el mar, y tan lejos cuanto la vista puede alcanzar, cultivadas, ó en estado de serlo, á excepción de algunas manchas demasiado bajas. El lado izquierdo, que cae hacia las montañas, ofrece mayores dificultades. Cierto que hay canales que atraviesan la calzada y van á desaguar en el grande; pero el suelo, demasiado inclinado en sentido de la montaña, no puede librarse del agua; dicen que van á hacer un segundo canal á lo largo de aquélla. Hay grandes extensiones, sobre todo en la parte de Terracina, plantadas de mimbres y álamos.

La parada de postas es sencillamente una gran choza cubierta de paja. Tischbein la dibujó, gozando en recompensa un placer que él sólo podría apreciar por entero. Soltárase un caballo, y aprovechándose de su libertad, corría, semejante al relámpago, por el suelo, obscuro y seco, de un lado á otro. En realidad era un espectáculo magnífico que el alborozo de Tischbein acababa de hacer interesante.

Donde antes hallábase la aldea de Meza, hizo levantar el Papa un gran edificio, destinado á marcar el punto central de la planicie. Su vista aumenta la esperanza y la confianza en el feliz término de la empresa. Y así avanzábamos, conversando animados, sin olvidar la recomendación que nos hicieron de no dormir en el trayecto. Con efecto, el polvillo azulado que ya en esta estación se suspende á cierta altura del suelo nos indicaba una capa de aire peligrosa. Esto nos hizo más agradable la vista de Terracina, sobre un peñasco, y apenas habíamos admirado el cuadro, divisamos el mar enfrente.

Pronto ofrecióse á la vista, del otro lado de la ciudad montuosa, un espectáculo de vegetación nueva. Higueras chumbas extendían entre mirtos, bajos, de gris verdoso, sus grandes carnosos grupos de hojas, bajo granados de un verde amarillento y ramas del verde pálido del olivo. En el camino notábamos flores y arbustos nuevos, que nuestros ojos jamás vieran. En las praderas florecían Narcisos y Adonis. Vimos la mar bastante tiempo á nuestra derecha; las rocas calizas permanecían á la izquierda, siempre cerca de nosotros. Son las prolongaciones de los Apeninos, que partiendo de Tívoli se acercan al Mar, del cual los separa primero la campiña de Roma, después los volcanes de Frascati, de Albano, de Velletri, y al último las lagunas Pontinas. El monte Circello, promontorio situado frente á Terracina, donde terminan las lagunas Pontinas, debe pertenecer, asimismo, al sistema de las rocas calizas.

Dejamos el mar y entramos en la deliciosa llanura de Fondi, corto espacio de tierra fértil y cultivada, rodeada de colinas no muy ásperas, que es fuerza que á todo el mundo sonrían. Aún penden de los árboles todas las naranjas; la cosecha en el suelo está verde. Doquiera cereales y olivos en los campos; al fondo el pueblecito. Una palmera se dibujó á nuestra vista, y fué saludada. ¡Mucho es para esta noche! ¡Perdonad á la pluma que corre! Tengo que escribir sin pensar; sólo así puedo escribir. Los objetos son infinitos, la parada demasiado mala, y mi gana de confiar algo al papel, grandísima; aquí llegamos al cerrar la noche, y ya es tiempo de descansar.