Sab 25 Oct 2008
Foligno 25 de Octubre de 1786, por la tarde
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en V - De Ferrara á Roma, Viaje a Italia
Transcurrieron dos noches sin escribir. Eran los hospedajes tan malos, que no podía pensarse en sacar á luz una hoja. Así es que empiezo á verme algo confuso, pues desde la salida de Venecia, no se hila la rueca del viaje tan lisa y bonitamente.
El 23, á las diez de nuestra hora, salimos de los Apeninos y vimos Florencia, situada en extenso valle, pobladísimo, salpicado hasta lo infinito de villas y caseríos.
Recorrí apresuradamente la ciudad, la Catedral, el Baptisterio. Aquí se me abre otra vez un mundo nuevo y desconocido, en el que no quiero detenerme. Es espléndida la situación de los jardines Boboli. Me apresuré á salir tan de prisa como entrara.
En la ciudad vese la riqueza del popular Estado que la construyó; conócese que fué feliz, merced á la serie de sus buenos gobiernos. Igualmente llama la atención la grandiosa apariencia de las obras públicas de Toscana, caminos y puentes. Aquí todo está bien hecho y todo aseado. La belleza tiénese en cuenta, al mismo tiempo que el uso y la necesidad. En todas partes se advierte la actividad más solícita. Los Estados del Papa, al contrario, parecen conservarse sólo porque la tierra no se los quiere tragar.
Lo dicho respecto de lo que hubieran podido ser los Apeninos realízase en la Toscana. Situada mucho más baja, las aguas cumplieron su deber levantando un suelo pingüe. Es amarillo claro y de fácil trabajo. Aran muy profundo, empleando todavía el sistema primitivo. Sus arados no tienen ruedas y la reja no es movible; de suerte que el labrador se arrastre, encorvado, detrás de sus bueyes, al surcar la tierra. Dan hasta cinco labores; esparcen con las manos muy ligeramente un poco de abono, y por último, siembran el grano y hacen las mesetas dejando en los intervalos surcos profundos y rectos, de modo que el agua de la lluvia pueda correr por ellos. De tal suerte el fruto crece en las mesetas, y los que lo escardan van y vienen por los surcos. Este procedimiento se comprende allí donde la humedad es de temer; mas no alcanzo el motivo de su práctica en las llanuras abiertas. Así acontece en Arezzo, donde se extiende la de mayor hermosura. No puede suelo más limpio: no hay una mota; todo desmenuzado y como tamizado. Los cereales prosperan á maravilla y parecen alcanzar todo el tamaño necesario á su natural destino. El segundo años cultivan habas para los caballos, que aquí no comen avena. También siembran algarrobos, que ya ostentan un verde muy bonito y fructifican en Marzo.
Germinó de igual manera el lino: durante el invierno permanece fuera, y las heladas lo hacen más duradero.
Los olivos son árboles singulares en grado sumo; se parecen al sauce. Pierden también el meollo, y la piel se agrieta. Sin embargo, parecen fortísimos. Al examinar la madera, vése su lento crecimiento, y que la estructura es muy fina. El follaje como el del sauce, aunque las ramas tienen pocas hojas. Alrededor de Florencia y en las montañas, todo está plantado de olivos y viñas: en los claros cultivan cereales. Por Arezzo y más lejos, dejan los campos en mayor libertad. Encuentro que no separan bastante las yedras enredadas en los olivos y otros árboles, cosa que sería tan fácil. No se ven praderas. Dicen que el maíz agota el suelo; desde que se introdujo la agricultura perdió en otros conceptos: lo creo á causa del poco abono empleado.
Despedíme esta tarde de mi capitán, en la seguridad y promesa de ir á verlo si paso otra vez por Bolonia. Es un verdadero representante de muchos de sus compatriotas.
Voy á decir algo que pinta particularmente al hombre. Viéndome muchas veces silencioso y pensativo, me dijo una: ¡Che pensa! non deve mai pensar l’uomo, pensando se invecchia. Que quiere decir: -¿En qué piensa usted? -El hombre no debe pensar, pensando se envejece. Y después de algunas conversaciones: -Non deve fermarse l’uomo ni una sola cosa, perche allora divien mallo; bisogna aver mille cose, una confusione nella testa. Es decir: -No debe el hombre circunscribirse á una sola cosa, porque se volvería loco; necesita tener mil cosas, una confusión en la cabeza.
Ignoraba el buen hombre, que precisamente estaba yo silencioso y pensativo á causa de la confusión de objetos, viejos y nuevos, enredados en mi cabeza. El retrato de semejante italiano se verá mejor en lo que sigue: Conociendo que yo era protestante, me dijo, después de varios rodeos, si le permitía hacerme algunas preguntas; pues oyera tantas cosas extraordinarias de nosotros los protestantes, que deseaba, de una vez saber á qué atenerse.
-¿Pueden ustedes vivir en buen pie con una muchacha bonita sin estar precisamente casados? ¿Se lo permiten á ustedes sus curas?
Yo contesté: nuestros curas son personas de juicio que no se ocupan de semejantes pequeñeces. Pero de cierto, si les preguntásemos sobre eso, no nos lo permitirían.
-¿Y ustedes no necesitan preguntárselo? -exclamó. -¡Oh qué felices! Y no confesándose, no tienen ellos porqué saberlo.
Diciendo esto, desatóse en invectivas é improperios contra sus clérigos, y en alabanzas hacia nuestra santa libertad.
Y en lo concerniente á la confesión -prosiguió- ¿cómo se gobiernan ustedes? Nos dicen que todos los hombres, aun los no cristianos, deben confesarse. Pero como en su endurecimiento no pueden hacerlo de una manera justa y buena, se confiesan á un árbol viejo, lo cual, en verdad, es bastante risible y profano, y no obstante, prueba, á pesar de todo, la necesidad de la confesión.
Sobre esto le expliqué nuestra idea de la confesión, y cómo obramos en consecuencia. Parecióle muy cómodo, mas le ocurrió que tanto valía confesarse á un árbol. Después de tantas vacilaciones, solicitó muy formalmente que le explicase otro punto. La cosa era que, de boca de uno de sus sacerdotes, á quien consideraba un hombre verídico, oyera que nosotros teníamos el atrevimiento de casarnos con nuestras hermanas, y era en verdad cosa fuerte. Se lo negué é intenté darle algunas nociones humanas de nuestra doctrina; pero no quiso poner atención en aquéllo, pareciéndole demasiado ordinario, y fuese á nueva pregunta.
Nos aseguran que Federico el Grande, victorioso hasta sobre los mismos católicos, llenando el mundo de su fama y á quien todos creen hereje, es en realidad católico, y permítele el Papa ocultarlo, y todo el mundo sabe que no va á ninguna de vuestras iglesias, sino hace sus devociones en cierta capilla subterránea, el corazón contrito á causa de no poder manifestar públicamente la santa religión; que, si lo hiciese, sus prusianos, pueblo salvaje y herejes furibundos, le dieran muerte incontinenti, sin que favoreciese en lo más mínimo á la causa. Por ello el Santo Padre, le dió aquel permiso, y él, en cambio, favorece y propaga ocultamente cuanto puede la única verdadera religión.
Dejé correr todo, y sólo contesté que aquello era un gran secreto, y que en realidad nadie podía atestiguarlo. Nuestras conversaciones ulteriores fueron del mismo estilo; de manera que quedé maravillado de la habilidad de un clero que trata de rechazar y desfigurar lo que puede abrir brecha y traer desorden en el obscuro círculo de su doctrina acostumbrada.
* * * * *
Salí de Perugia una hermosísima mañana, y volví á sentir la felicidad de encontrarme solo. La situación de la ciudad es bella; la vista del lago agradabilísima. La imagen quedóme bien impresa. Baja el camino al principio, después sigue un valle alegre, que cierran colinas en lotananza á ambos lados. Al cabo distinguí Asisse.
Gracias á Palladio y Volkmann sabía que un precioso templo de Minerva, construído en tiempo de Augusto, se mantenía aún perfectamente conservado. En Madona del Angelo dejé á mi vetturino siguiendo su camino á Foligno, y yo subí con viento fuerte a Asisse; deseaba mucho viajar á pié en aquel mundo tan solitario. Dejé á la izquierda la abominable construcción y la arquitectura babilónica de su iglesia, con torres unas sobre otras, sepulcro de San Francisco, pensando que allí guardase la estatuilla destinada á sellar cabezas iguales á la de mi capitán. Después pregunté á un chico muy guapo dónde estaba Santa María de la Minerva: acompañóme á la ciudad, construída en una altura. Al fin llegamos á la ciudad vieja, propiamente dicha, y vi la cosa más digna de elogio, el primer monumento completo de la antigüedad; un templo modesto, apropiado á ciudad tan pequeña, y no obstante, tan perfecto, tan bien pensado, que en todas partes se haría admirar. Ahora, ante todo, una palabra acerca de su emplazamiento. Desde que leí en Vitrubio y Palladio el modo de construir las ciudades y fundar los templos y edificios públicos, tengo gran respeto á tales cosas.
También en esto eran los antiguos grandes con naturalidad. El templo hállase á media altura de la hermosa montaña, en la reunión de dos colinas, sitio todavía llamado la plaza. Cuatro calles vienen á desembocar en ella, y tienen pendientes suaves: forman las calles una cruz de San Andrés; dos van de abajo arriba, dos de arriba abajo. Las casas construídas frente del templo, cerrando la vista, es probable que no existían en los antiguos tiempos.
Suprimiéndolas con el pensamiento, se vería al Mediodía el país más rico, y al mismo tiempo distinguiríase de todas partes el Santuario de Minerva. Las calles ó caminos deben ser viejos, porque siguen la figura y la caída de la montaña. No está en medio de la plaza el templo, sino orientado de modo que pudiesen ver su escorzo lo antes posible, los que venían de Roma. No sólo debería dibujarse el edificio, sino la feliz situación que ocupa.
No podía saciarme al mirar, en la fachada, la genial combinación del trabajo del artista. El orden es corintio, los intercolumnios, de dos módulos. Los fustes de las columnas y sus placas debajo, parecen colocados sobre pedestales; pero lo parecen solamente, pues el zócalo vése dividido en cinco pedazos, y de cada pedazo suben entre las columnas cinco escaleras y así se llega á la plataforma, sobre la cual realmente se asientan las columnas, y de allí se pasa al templo. La cortadura de la banda del zócalo tuvo su razón de ser, pues situado en el monte, las escaleras que conducirían á él hubieran cogido demasiado espacio, y la plaza se achicaría. El número de escalones todavía existentes abajo en la montaña no puede apreciarse; á excepción de algunos que aún conservan su forma, los otros aparecen soterrados. Pesaroso me acerqué a aquella vista, tomando de mi cuenta llamar la atención de todos los arquitectos acerca del edificio, á fin de tener su plano exacto. Esta vez he de observar que la tradición es cosa mala. Palladio, en quien me fío siempre, da del templo un dibujo, y no es posible que lo viera; pues coloca sobre la plataforma pedestales de los que parten las columnas, resultando desmesuradas, y el todo palmírico, feo y horroroso, mientras en la realidad es proporcionado y complace y recrea la vista y el entendimiento. Lo que ha desarrollado en mí la contemplación de esta obra es inexplicable, y producirá frutos eternos.
Íbame ya camino de Roma, monte arriba, en aquella hermosa tarde, el alma deliciosamente tranquila, cuando oí detrás de mí voces roncas y fuertes que disputaban. Seguí mi camino escuchando al descuido, y pronto advertí que trataban de mi persona. Cuatro de aquellos hombres, dos armados de escopetas y de catadura poco amistosa, pasaron delante, y á los pocos pasos, murmurando algo entre dientes, volvieron atrás y me rodearon. Preguntáronme quién era y qué hacía allí. Contesté que era extranjero y hacía á pie el camino desde Asisse, mientras el vetturino seguía el de Foligno. Eso de pagar un carruaje y caminar á pie, no les pareció verosímil. Preguntaron si estuviera en el convento grande. Dije que no; aseguré que conocía el edificio de antiguo, pero que era arquitecto, y esta vez sólo me propusiera ver Santa María de la Minerva, que debían saber era un edificio modelo. No lo negaron, pero tomaron muy á mal que no hubiese visitado al Santo, y les hacía sospechar que bien pudiera ser yo un contrabandista. Híceles notar lo risible que á un hombre sólo en el camino, sin morral y los bolsillos vacíos, se le mirase como contrabandista. Entonces ofrecíles volver en su compañía á la ciudad é ir junto al Podestá á presentarle mis papeles, y me reconociese por un extranjero honorable. Acerca de ello hablaron entre dientes, y al fin dijeron que no era preciso, y manteniéndome á ello seriamente decidido, alejáronse al cabo, tornando al camino de la ciudad. Volvíme á mirarlos. Allá iban en primer término los mozos crudos, y detrás la amable Minerva volvía á mirarme de manera muy amigable y consoladora; después dirigí la vista á la izquierda, donde la triste catedral de San Francisco, y disponíame á seguir mi camino, cuando uno de los desarmados se separó de la tropa y vino hacia mí con aire amistoso.
Me saludó y dijo enseguida: «Mi señor extranjero, usted debería darme al menos una propina, pues le aseguro que siempre le consideré buena persona y lo dije alto, contra la opinión de mis compañeros. Son cabezas calientes que se disparan enseguida, y no tienen conocimiento del mundo. También habrá usted advertido que, desde luego, aprobé sus palabras y le dí importancia».
Yo lo alabé y díjele protegiese á cuantos extranjeros viniesen á Asisse, ya fuese á causa de la Religión ó del Arte, y en particular á los arquitectos que, de ahora en adelante, viniesen á medir y á dibujar el templo de Minerva, del que todavía no se hiciera ningún buen grabado. A estos tales que les prestase auxilio, y podía estar seguro que le probarían su agradecimiento. Con esto le puse en la mano algunas monedas de plata, que le causaron más regocijo del que había esperado. Rogóme que volviese, y en particular que no echase en olvido la fiesta del Santo, donde podía tener completa seguridad de divertirme y edificarme. Y además, si yo quería portarme con una mujer bonita, como es justo que se porte un hombre guapo, me aseguraba que la señora más bella y más honorable de todo Asisse me aceptaría gracias á su recomendación, alegre y gustosa. Entonces se despidió protestando que aquella noche iría al sepulcro del Santo, á pedirle me diese feliz viaje. Así nos separamos, y me encontré muy á gusto otra vez solo con la Naturaleza y conmigo. El viaje á Foligno fué uno de los paseos más hermosos y agradable que he dado en mi vida. Cuatro leguas completas de monte, teniendo á la derecha un valle muy poblado.
Con los vetturinos, el viaje es penoso. Lo mejor es que se les puede seguir cómodamente á pie. Desde Ferrara me dejo arrastrar así. Esta Italia, tan favorecida por la Naturaleza en todo cuanto es mecánico y técnico, y donde se funda la mayor comodidad y el bienestar de la vida, permanece infinitamente más atrás que las otras naciones. El vehículo de los vetturinos, que todavía se llama sedia (silla), proviene sin duda de los antiguos palaquines, en los cuales á las mujeres, los ancianos y las personas de distinción conducían las mulas. En lugar de la mula de atrás, que se enganchaba en la limonera posterior, colocaron dos ruedas, y ya no hay que pensar otras mejoras. Seguirán viajando en sus sillas durante siglos; y así son en sus viviendas y en todo.
Si se quiere ver realizada la primera idea poética de que los hombres vivían la mayor parte del tiempo al aire libre, y en ocasiones, muchas veces sólo por necesidad, se retiraban á cavernas, se puede venir á estos alrededores, en especial al campo, á ver edificios completamente en el sentido y el gusto de aquellas. Tan gran descuido proviene de no pararse á reflexionar. Temerosos de envejecer con inaudita ligereza, descuidan el prepararse á las largas noches del invierno, y así sufren, cual perros, buena parte del año. Aquí, en Feligno, en un menaje de casa del todo homérico, donde todos están juntos en una pieza grande, alrededor de un fuego que arde en el suelo, gritando y haciendo ruído, y se come en una mesa larga según pintan las bodas de Canaán, aprovecho la ocasión de escribir esto, porque hay uno que pidió un tintero, cosa que en las presentes circunstancias no hubiera pensado. Pero se conocerá en esta hoja el frío y la incomodidad de mi escritorio.
Ahora siento y conozco la imprevisión de venir sin preparativos y sin compañía. Con las diferentes monedas, los vetturinos, los precios, los malos hospedajes, es una pena continua y tiene que sentirse muy desgraciado el que, esperando y buscando un placer no interrumpido, viene sólo la vez primera. No quise sino ver la tierra á cualquier precio, y si voy á Roma arrastrado por el rueda de Ixión, no puedo quejarme.