Lun 8 Sep 2008
En el Brenner, 8 de Septiembre de 1786.
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en I - De Carlsbad al Brenner, Viaje a Italia
Llegué por último y como forzado á un punto de descanso, á un silencioso lugar, tal como yo solo podía deseármelo. Era de esos días cuyo recuerdo dura gratísimo durante largos años. Salí á las seis de Mittenwal. Un viento fresco limpiaba por completo el cielo claro. Hacía frío, como sólo en febrero puede permitirse. Con la luz del sol naciente destacábanse, en primer término, obscuros pinares; después, gríses montañas calizas, y por último, detrás de todo, los picos más altos nevados, sobre un fondo de azul purísimo. Era un cuadro espléndido, siempre variado.
Por Scharnitz se llega al Tirol. Sus confines están señalados por una empalizada que rodea el valle y va á unirse con la montaña. Hace muy buena vista. De un lado las rocas están anchamente cimentadas; por el otro se levantan á pico. Desde Seefeld el comino es cada vez más interesante, y si hasta aquí, conforme íbamos subiendo de eminencia en eminencia, todas las aguas buscaban la región del Isar, vemos ahora, desde la cumbre, el valle del Inn y á Inzinguen delante de nosotros. El sol en el cénit calentaba: tuve que aligerarme de ropa, que con las variaciones de la atmósfera cambio á cada momento. Bajamos al valle del Inn por Zirl. El sitio es indescriptiblemente bello, y esa, á modo de gasa, que produce la evaporación, cuando el sol está en su cénit, lo hacía soberbio. Más de lo que convenía á mi deseo se apresuraba el postillón. No había oído misa y quería llegar á Inspruck, para hacerlo más devotamente. Era el día del nacimiento de Nuestra Señora. Bajaba, pues, al Inn, ruidosamente, costeando las escarpadas y enormes rocas calizas de Martín. En la subida, donde dicen se extravió el emperador Maximiliano, me atrevería yo á ir y venir sin la ayuda de ningún ángel, aunque siempre sería empresa peligrosa. La situación de Inspruck es deliciosa, en un valle extenso y rico, entre altas rocas y montañas. Primero pensé quedarme, pero no habría estado tranquilo. Divertíme corto rato con el hijo del posadero; un Soeller rollizo. Poco á poco voy encontrando á mis hombres. Todo está engalanado pura celebrar la fiesta de María. Todos reunidos, los sanos y los amigos de obran buenas, van á Wilten, Santuario á un cuarto de legua de la ciudad, camino de la montaña. A las dos, cuando mi carruaje en marcha separaba el abigarrado gentío, toda la procesión estaba en movimiento. Al subir desde Inspruck, el país cada vez es más hermoso. No vale descripción alguna.
Por camino cómodo se sube un desfiladero que envía sus aguas al Inn, desfiladero que ofrece á la vista innumerables cambiantes. Mientras el camino por un lado se acerca á las rocas abruptas, hasta el punto de ser en ellas propias abierto, por el otro lado la pendiente es tan suave, que permite el cultivo más perfeccionado. Hay aldeas, casas grandes y chicas, chozas; todo blanqueado entre campos y vallados en aquella llanura alta, espaciosa y ligeramente costanera. Pronto cambia todo. El cultivo queda reducido á praderías, que al cabo conviértense también en pendientes rápidas.
Para mi concepto del mundo he ganado mucho, pero nada enteramente nuevo ó inesperado. También he discurrido largamente en el Tipo de que hablo hace tanto tiempo. Quisiera hacer intuitivo lo que en mi interior llevo, y que en la Naturaleza no puedo presentar á los ojos de cada uno. Llegó la obscuridad gradualmente. Lo aislado se pierde; las masas vánse volviendo más compactas y más imponentes; por último, cuando todo se mueve ante mí, como una secreta, profunda imagen, vuelvo á mirar los altos picos nevados iluminados por la luna, y ahora espero que la mañana aclare esta hendidura de roca, delimitación entre el Norte y el Sur, en la cual estoy encerrado.
He de poner aquí todavía algunas observaciones sobre el tiempo, que sin duda por lo mucho que en él me ocupo, me es favorable. En la tierra llana recibimos el tiempo bueno ó malo, cuando ya viene hecho; en la montaña, por el contrario, al formarse; sacudióme esto tantas veces, cuando en mis viajes, paseos y cacerías he pasado días y noches en montes arbolados, entre rocas y peñas, que me ha entrado una manía,—por otra cosa no quiero darla,—que no puedo desechar, como no pueden desecharse en nada las manías. La veo en todas partes como si fuese verdad, y así voy á decirla, que sin esto, con bastante frecuencia pongo a prueba la indulgencia de mis amigos. Consideramos las montañas, mas ó menos cerca ó lejos y vemos sus cimas, unas veces brillando al sol, otras envueltas en niebla, coronadas de tormentosas nubes, fustigadas por la lluvia, cubiertas de nieve, y todo esto se lo achacamos á la atmósfera, porque mediante nuestros ojos podemos ver y apreciar sus movimientos y cambios. Al contrario, las montañas, para nuestros sentidos externos, permanecen en su acostumbrada figura inmóviles, las tenemos por muertas, porque están entorpecidas; las creemos inactivas, porque descansan. Pero yo, hace mucho tiempo que no puedo desprenderme de la idea que una acción interna, silenciosa y secreta suya, tiene gran parte en los cambios que manifiesta la atmósfera. Es decir, creo que, en general, la masa de la tierra, y por consiguiente más sus fundamentos, al salir al exterior, no pueden ejercer acciones atractivas, constantes y siempre iguales, sino que su poder de atracción se exterioriza en ciertas pulsaciones, de suerte que por internas necesidades ó quizás por accidentales causas externas, unas veces se aumenta y otras disminuye. Los ensayos que pudieran hacerse para demostrar tales oscilaciones, serían demasiado limitados y toscos. La atmósfera es suficientemente sutil y amplia para enterarnos de aquellas energías silenciosas. Se aminora en lo más mínimo aquella potencia atractiva; enseguida el rebajamiento de la pesadez y la disminución de la elasticidad del aire, nos dan cuenta de este cambio. La atmósfera no puede ya sostener la distribución química y mecánica de la humedad que contiene; las nubes se bajan, la lluvia se desprende y á torrentes cae sobre la tierra. Pero aumentan las montañas su fuerza, vuelve á restablecerse la elasticidad del aire y se originan dos interesantes fenómenos. A la vez reúnen las montañas en su derredor tremendas masas de nubes; las sostienen, fuertes y apretadas sobre sí como una segunda cima hasta que, obligadas por interna lucha de la fuerza eléctrica, se deshacen en granizo, niebla y lluvia. En seguida actúa el aire elástico restante, que se encuentra capaz de emplearse en tomar más agua y disolverla. Yo vi con entera claridad la consumpción de una de estas nubes. Colgaba del pico más alto y la iluminaban arreboles. Lentamente, lentamente iban sus límites deshaciéndose. Trozos semejantes á copos de algodón, desprendíanse á veces y se elevaban; desaparecían, y así desapareció, poco á poco, toda la masa y fue para mis ojos como rueca propia y completamente hilada por invisible mano. Si mis amigos se han reído del observador ambulante del tiempo y de sus teorías, declaro que quizás por algunas otras consideraciones les doy igualmente ocasión de reírse. He aquí cómo mi viaje es una verdadera huida, motivada por las molestias que sufro en el grado cincuenta y uno y la esperanza de hallar, en el grado cuarenta y ocho, una verdadera tierra de Gosen. Pero me engañé, como era natural que me engañase. No sólo la altura del polo hace el clima y el tiempo, sino las cordilleras, sobre todo aquellas que cortan las tierras de Levante á Poniente; en éstas ocurren siempre grandes cambios, y las del Norte llevan la peor parte. Así parece haber sucedido este verano en toda la parte Norte de la gran cadena Alpina, donde escribo esto. Aquí los últimos meses llovió sin cesar, y el Sudeste y Sudoeste llevaron las lluvias hacia el Norte. En Italia deben haber tenido buen tiempo, demasiado seco tal vez. Digamos ahora algo de las plantas, sobre las cuales tienen la elevación del suelo y la humedad influencias muy diversas. Tampoco en esto he encontrado grandes cambios, aunque sí mejora.
En el Valle de Inspruck, las manzanas y las peras abundaban, pero en cambio los melocotones y las uvas venían de Italia ó del Mediodía del Tirol. Hacia Inspruck cultivan mucho maíz y trigo saracénico ó negro, que llaman Blende. Subiendo al Brenner vi los primeros alerces, y por Schenborg los primeros pinos de piñiones. ¿Me habría preguntado aquí la hija del arpista qué árboles eran?
Respecto de las plantas, me siento aún bastante novato. Hasta Munich sólo me ha parecido ver las usuales. Mi viaje acelerado de día y de noche no se presta á tan delicadas observaciones. Cierto que llevo conmigo mi Linneo y muy aprendida su terminología. Pero ¿dónde tengo tiempo y sosiego para analizar? Lo cual, por otra parte, si es que me conozco bien, nunca será mi fuerte. Por esta razón aguzo mis ojos para abarcar todo lo que es general, y cuando vi en el lago de Walchen la primera genciana, recordé que hasta aquí siempre he observado las plantas nuevas á la orilla del agua.
Lo que más ha llamado mi atención es la influencia que parece tenerla altura de las montañas sobre las plantas. No solamente las he encontrado nuevas, sino modificado el desarrollo de las conocidas. En las comarcas bajas, las ramas y los tallos son más fuertes, las hojas más anchas y los botones están más cerca unos de otros. Subiendo á la montaña, ramas y tallos aparecen más tiernos; los brotes tan separados, que de uno ú otro hay un espacio grande y las hojas se presentan más lanceoladas.
Observé esto en un sauce y una genciana, y me convencí que no eran las del valle y las del monte especies distintas. También en el lago de Walchen advertí juncos más largos y delgados que en la tierra baja. Los Alpes calizos, que hasta ahora he atravesado, tienen color pardusco y formas bellas, caprichosas é irregulares. Aunque repartidas igualmente en capas y bancos, por efecto de violentas sacudidas, estas capas han brotado fuera; esto y la desigual eflorescencia de las rocas, es la causa de que aparezcan crestas y picos de una manera tan rara.
Esta suerte de montaña continúa hasta mucho más arriba del Brenner. En la región de los lagos superiores encontré una variante. En un esquisto micáceo, verde, obscuro y gris obscuro, fuertemente compenetrado de cuarzo; hállase una piedra caliza más blanda y compacta, que al romperla se encuentra micácea. Aparece en enormes masas, pero quebradas y muy numerosas. Más arriba muéstrase una especie particular de gneis, ó más bien, una suerte de granito en forma de gneis, como en la región de Elbogen. Aquí arriba, cerca de la casa, la piedra es esquisto-micáceo. Las aguas que bajan de la montaña sólo traen esta piedra y cal gris. No debe estar lejos el granito sobre el cual se asienta todo. El mapa indica que me encuentro al lado del gran Brenner, propiamente dicho, del que descienden las aguas para repartirse en contorno.
Del aspecto de la raza he sacado en consecuencia esto: la nación es animosa y recta. Las caras son casi todas semejantes: ojos obscuros, rasgados y cejas muy bien dibujadas en las mujeres; al contrario, cejas grandes y rubias en los hombres. A estos dan alegre aspecto, entre las rocas grises, los sombreros verdes. Llévanlos adornados de cintas ó de anchas bandas de seda con fleco, graciosamente prendidas con alfileres, y cada uno ostenta, e su sombrero, una pluma ó una flor.
En cambio se construyen las mujeres, con algodón blanco velludo, gorros anchos,que parecen ma formados gorros de dormir de hombre. Esto les da aspecto muy extraño: fuera de su país llevan el sombrero de hombre, que viste tan bien.
He tenido ocasión de ver cuánto valor da la gente del pueblo á las plumas de pavo real, y en general lo que se aprecia toda pluma de colores. El que quisiera recorrer estas montañas debería llevar muchas consigo. Una de tales, dada en su tiempo y sazón, sería acogida como la mejor propina.
Mientras reuno, en un paquete bien cerrado, al cual doy conveniente dirección, estas hojas sueltas para que mis amigos puedan tener pronto noción de lo que hasta ahora me ha ocurrido y para desahogar mi alma de lo que he pensado y me ha acontecido, miro con cierto temor varios paquetes acerca de los cuales tengo que hacer confesión sucinta y clara. ¿No son mis acompañantes? ¿No tendrán acaso influencia considerable en mis días venideros? Llevé conmigo á Carlsbad todos mis escritos, á fin de preparar definitivamente la edición, encomendada á Göschen. Los inéditos teníalos hace mucho tiempo copiados por la experta mano del Secretario Vogel. Este me acompañaba para prestarme su ayuda; por consiguiente, me encontré en condiciones, gracias á la fiel colaboración de Herder, de enviar al editor los cuatro primeros volúmenes, y estaba en la idea de hacer lo mismo con los otros cuatro. Consistían en trabajos sólo bosquejados ó en fragmentos, que con mi mala costumbre de empezar mucho y dejarlo después, porque el interés se aminora con los años, los quehaceres y las distracciones, habían ido poco á poco aumentando. Como tenía conmigo todo eso, hube de acatar gustoso el mandato de la inteligente sociedad de Carlsbad, leyéndoles todo lo que les era desconocido. Quejáronse y se lamentaron de que no se diese cima a trabajos que podían proporcionarles más largo entretenimiento.
La fiesta de mi cumpleaños sirvió principalmente para que recibiese muchas poesías, en nombre de mis emprendidos y descuidados trabajos, en las cuales poesías cada uno, á su manera, se quejaba de mi proceder. Entre otras señalábase una composición poética en nombre de los pájaros, donde una de estas alegres criaturas pedía con urgencia á su amigo fiel, que se fundase y organizase prontamente su innumerable imperio, así como se lo había prometido. No menos ingeniosas y lindas eran las manifestaciones sobre mis otras obras, de modo que les volvieron á dar vida y comuniqué á los amigos, con el mayor placer, mis propósitos y planes completos. Con este motivo se avivaron los deseos, hiciéronse insistentes las pretensiones, y Herder ganó la partida. Trató de convencerme que debía llevar conmigo esto papeles, sobre todo Ifigenia, para dedicarle la atención que merecía. La pieza, tal como se halla en la actualidad, es mejor bosquejo que obra acabada. Está escrita en prosa poética que á veces se termina en ritmos yámbicos y se asemeja también al verso libre. Esto perjudica mucho á la acción, si no se lle muy bien y no se saben ocultar las faltas mediante ciertos artificios. Herder me lo encomendó con el mayor encarecimiento, y habiéndole ocultado, lo mismo que á todo el mundo, mis grandes proyectos de viaje, creyó que sólo se trataba de una excursión á las montañas. Como siempre se burla de la Geología y de la Mineralogía, me aconsejó que, en lugar de martillar piedras, emplease mis instrumentos de trabajo en aquella obra. Obedecí también [tan bien] razonadas insistencias, pero hasta el presente no me fué posible consagrarme á tal objeto. Ahora saco á Ifigenia del paquete, para que venga conmigo al país hermoso y templado.
El día es largo: la meditación de la noche sin importunos, y los admirables cuadros del mundo no perjudican, en manera alguna, al sentido poético, antes bien lo solicitan: acompañado de movimiento y de aire libre, sale más pronto fuera y con mayor vida.