Ciredo, otro nidito en los Apeninos, donde me encuentro completamente feliz, viajando para alcanzar el logro de mis deseos. Esta mañana se unieron á nosotros, cabalgando, un inglés y una que se dice hermana suya. Sus caballos son buenos; mas viajan sin servidores, y el señor, según parece, hace de palafrenero y ayuda de cámara. En todo encuentran de qué quejarse, y cree uno estar leyendo algunas páginas del Archenhols.

Notabilísimo pedazo del mundo parécenme los Apeninos. A las grandes llanuras de la región del Pó, sigue una montaña, levantada de lo más profundo, y corre entre dos mares, limitando la tierra firme al Sur. Si el sistema de las montañas no fuese demasiado escarpado, demasiado alto sobre el nivel del mar y no estuviesen entrelazadas de tan extraño modo, el flujo y el reflujo de las antiguas edades hubiera ejercido más acción entre ellas, y por más tiempo; formárense llanuras susceptibles de riego, y sería una de las más hermosas tierras de este admirable clima un poco más alta que las otras comarcas. Así, resulta tejido singular de cimas, unas contra otras; muchas veces no puede uno hacerse cargo del curso de las aguas. Si los valles estuviesen más llanos y las llanuras más lisas y regadas, podría compararse á Bohemia, aunque de todas maneras los montes tendrían distinto carácter. Mas no vaya á creerse que es montaña árida, sino en su mayor parte cultivada. Los castaños se dan muy bien. El trigo es muy bueno, y ya la sementera verdea. En los caminos hay encinas, siempre verdes, de hojitas pequeñas, y alrededor de las iglesias y capillas, esbeltos cipreses.

Ayer tarde se turbó el tiempo, pero hoy vuelve á estar claro y hermoso.