En mejor disposición que ayer escribo de la patria de Guercino. También la situación es distinta. Un amigable y gracioso pueblecito de cinco mil habitantes, industrioso, animado, limpio, situado en una llanura toda cultivada. Según mi costumbre, subí al momento á la torre; un mar de álamos, entre los que vense en las cercanías granjas rodeadas de sus campos. Rico el suelo y suave el clima. Era una tarde de otoño como pocas veces nos concede nuestro verano. El cielo, todo el día cubierto, se despejó, retirándose las nubes al Sur y al Norte, contra las montañas, y espero buen día mañana.

He visto los Apeninos, á los cuales me acerco. El invierno aquí sólo dura Diciembre y Enero. Abril es lluvioso; el resto del año, según las estaciones, buen tiempo; nunca lluvias persistentes. Sin embargo, el mes de Septiembre fué mejor y más caliente que Agosto. Saludé amistosamente los Apeninos al Sur; pues estoy satisfecho de llanura. Mañana escribiré al pie de estas montañas.

Guercino amaba su ciudad natal. En general los italianos mantienen y cuidan, en su más alto sentido, ese patriotismo local, de cuyo hermoso sentimiento provienen tantos establecimientos preciosos, y aun multitud de santos particulares.

Bajo la dirección de aquel maestro, se fundó una Academia de Pintura. Ha dejado muchos cuadros, que son regocijo de los habitantes y merecen serlo. Guercino es un nombre sagrado, que está en boca de niños y viejos. Muchísimo me gusta el cuadro de Cristo resucitado apareciendo á su Madre. Arrodillada delante de él, le mira con indescriptible ternura, y apoya la mano izquierda sobre su cuerpo, precisamente debajo de la bendita llaga, que estropea todo el cuadro. Él tiene la mano izquierda en el cuello de ella, y para verla mejor se echa un poco hacia atrás. Resulta la figura algo, no diré forzada, sino extraña. A pesar de ello, es en sumo grado agradable. La mirada tranquila y triste con que la contempla es única, cual si el recuerdo de sus dolores y de los de ella, no curado completamente en la resurrección, se cerniese todavía ante su noble alma. Stange ha grabado el cuadro; quisiera que mis amigos viesen, al menos, esta copia.

Después llamó mi atención una Madona. El niño pide el pecho; ella, vergonzosa, vacila en descubrir su seno. Natural y noble y bello y precioso. Más lejos una María que dirige el brazo del niño que tiene delante, haciendo que con sus dedos levantados dé la bendición á los espectadores, á quienes mira; pensamiento muy repetido y muy feliz, en el sentido de la mitología católica Guercino es un pintor profundo, sano, enérgico sin rudeza; más bien hay en sus cosas cierta gracia moral y delicada, grandeza y libertad tranquilas. Al lado de esto, existe algo que le es propio, de suerte que viendo una vez sus obras, no se pueden ya desconocer en lo sucesivo. Emplea, en particular tratándose de vestiduras, hermoso color rojo obscuro, que armoniza á maravilla con el azul, también muy en sus aficiones.

Son los asuntos de los demás cuadros más o menos infelices: el buen artista se ha martirizado, y perdió y despreció en ello su invención, su pincel, su ingenio y su mano. Me alegro, no obstante, de haber conocido este hermoso distrito del Arte, aunque cosa vista tan de prisa, poca satisfacción y poca enseñanza procura.