Empleé mi día en la mejor manera posible, viendo cosas y volviéndolas á ver. Sucédeme en el Arte como en la vida, que se ensancha más, cuanto más uno en ella se interna. En este cielo aparecen, á cada paso, astros nuevos que no puedo contar, y me desconciertan: los Caracci, Guido, Dominichino, unidos en época posterior y feliz del Arte. No se goza de ellos verdaderamente sin el saber y criterio que me faltan, y sólo muy poco á poco voy adquiriendo. Gran obstáculo á la consideración precisa y al inmediato conocimiento son la mayor parte de los asuntos de los cuadros, que no tienen sentido común y extravían al hombre, queriéndolos venerar y amar.

Es como si los hijos de los dioses se uniesen á las hijas de los hombres: de ahí provienen toda suerte de montruosidades. Mientras el divino sentido de Guido, su pincel, que sólo debiera pintar lo más perfecto que mirar se pudiese, te solicita, tienes que apartar horrorizado los ojos de aquellos detestables asuntos, que nunca podrán rebajar bastante las palabras más injuriosas del mundo; y así es todo: se está á la continua en plena anatomía en la plaza del Suplicio. Siempre los dolores del héroe; nunca acción, nunca interés actual; sin cesar, algo fantástico que del exterior se espera. O delincuentes ó conversos, criminales ó locos; y el pintor, queriendo salvarlos, ya pone un mozo desnudo, ya una linda espectadora en traje de cola; de igual modo, á los héroes espirituales los trata como á maniquíes y cúbrelos de hermosos ropajes. No hay idea humana. Entre diez asuntos, no existe uno que se hubiese deseado pintar, y este uno no ha osado el artista tomarlo al derecho. El gran cuadro de Guido, en la iglesia de los Mendicanti, es todo lo mejor que se puede pintar, y también el asunto más insensato en un autor. Es un cuadro votivo: creo que es voto del Senado entero, y asimismo invención suya. Los dos ángeles, que serían dignos de consolar á una Psiquis, deben aquí…

El santo Proclo es hermosa figura. ¡Pero y los otros obispos y clérigos! Debajo hay niños celestiales jugando con atributos. El pintor, teniendo el dogal al cuello, trató de ayudarse de la mejor manera; hizo lo imposible, ansioso de demostrar que el bárbaro no era él.

Dos figuras desnudas de Guido, un Juan en el desierto y un Sebastián ¡qué preciosamente pintadas! ¿y qué dicen? Uno abre la boca y el otro se retuerce.

Si considero la historia con humor hipocondríaco, puedo decir: la fe elevó las artes, mas la superstición se apoderó de ellas y de nuevo las hundió en tierra.

Después de comer, en mejores disposiciones, con menos arrogancia y más suave, anoté lo siguiente en mi libro de memorias. Guárdase en el palacio Tanari un famoso cuadro de Guido, representando La Virgen de la leche, de tamaño mayor que natural y cuya cabeza parece pintada por un Dios. Es indescriptible la expresión con que mira al niño mamando. Paréceme que en silencioso y profundo padecimiento, no se figura alimentar á un hijo del amor y de la alegría, sino á una criatura sustraída, celestial, á quien da de mamar porque no puede ser de otra manera, sin comprender, en su humildad, por qué sucede así. El resto del cuadro lo llena enorme colgadura, celebradísima de los conocedores; no sé á punto fijo qué decir acerca del particular. Verdad es que los colores se obscurecieron y la habitación y el día no eran los más claros.

A pesar del embrollo en que me encuentro, conozco que vienen en mi ayuda la práctica, el ejercicio y la afición, en tal laberinto. Sin duda á causa de ello díjome tanto una Circuncisión de Guercino, porque conozco al hombre y le tengo cariño. Perdono el asunto intolerable y me recreo en la ejecución. Pintado como se puede imaginar: todo admirable, concluído como si fuese esmalte. Y ahora me sucede lo que á Balaam, el profeta confuso, que echaba bendiciones cuando quería maldecir; y se repetiría frecuentemente si permanecisese aquí más tiempo.

Al volver á mirar alguna obra de Rafael, ó que con alguna verosimilitud pueda atribuírsele, encuentra el ánimo satisfacción y alegría completas. Hallé una Santa Ágata, cuadro precioso, aunque no bien conservado. El pintor dióle robusta y firme virginidad, sin rudeza ni frialdad. He observado mucho la figura, y en espíritu le leeré mi Ifigenia, y mi heroína no dirá nada que la Santa no hubiese podido expresar.

Recordando la dulce carga que en los viajes me acompaña, no puedo callar que, á través de las ocupaciones inherentes del Gran Arte y de los objetos de la Naturaleza, gira en derredor mío una serie de importantes figuras poéticas. Ya desde Cento quise continuar mi trabajo de la Ifigenia, mas ¿qué sucedió? un espíritu me metió en el alma el argumento de la Ifigenia in Delphis, y hube de darle forma. Voy á bosquejarla todo lo breve que pueda.

Electra, segura en la esperanza de que Orestes traerá á Delfos la imagen de Diana, de Táuride, se presenta en el templo de Apolo y ofrece al dios, como último sacrificio propiciatorio, el hacha cruel, causa de tantas desgracias en la casa de Pelops. Quiere su mala fortuna que se le acerque uno de los griegos, y le cuenta de qué suerte acompañó á Táuride á Orestes y Pílades, cómo vió á los dos amigos ser conducidos á la muerte y felizmente salvados. La apasionada Electra no sabe si dirigir su furor contra los dioses ó contra los hombres. Entretanto llegaron á Delfos Ifigenia, Orestes y Pílades. La serenidad celestial de Ifigenia y la pasión terrestre de Electra contrastan de una manera notable al encontrarse dos figuras recíprocamente desconocidas. El griego fugitivo ve á Ifigenia, reconoce en ella la sacerdotisa que se sacrificó á los amigos, y la descubre á Electra. Esta pretende asesinar á Ifigenia con la misma hacha que arrancó del altar, cuando un movimiento afortunado de la última separa de los hermanos aquella terrible desgracia. Si la escena sale bien, no es fácil ver en el teatro cosa más grande ni que más conmueva.

¿Y de dónde voy á sacar tiempo y manos, aunque el numen sea propicio? Mientras me siento abrumando de esta plétora de buenos y laudables deseos, voy á hacer memoria, con mis amigos, de un sueño que, aunque ocurrido hace ya un año, todavía téngolo muy presente. Soñé que en un esquife pequeño llegaba á isla fertilísima y poblada, donde sabía que se encontraban los más hermosos faisanes. Traté al punto de los habitantes, para que me trajesen aquellos volátiles que mataban en gran número. Eran, por supuesto, faisanes de esos que sólo en sueños acostumbran verse, de largas, matizadas colas, parecidas á las de pavos reales ó de aves raras del paraíso; trajéronmelos al barco á sesentenas y los colocaron cabeza adentro; tan bonitamente estivados, las largas pintadas plumas de las colas colgaban hacia fuera, brillando al sol, que dibujaba los montones de la manera más admirable que se puede imaginar, y eran tantos, que apenas dejaban sitio al patrón y los remeros. De esta manera hendimos las tranquilas ondas y nombraba ya en mi interior los amigos con quienes compartiría el matizado tesoro. Al fin entramos en un gran puerto, donde me perdí entre buques de inmensa arboladura, que recorrí saltando de un puente a otro, buscando sitio seguro donde atracar mi pequeño esquife.

Gozamos de estas imágenes ilusorias, divirtiéndonos con errores que, trayendo su origen de nosotros mismos, deben tener analogía con nuestra vida y nuestro destino.

* * * * *

Al cabo estuve en al afamada fundación científica llamada El instituto ó Los estudios. El espacioso edificio, particularmente el patio interior, tiene bastante severidad, aunque o sea del mejor estilo arquitectónico. En las escaleras y en los corredores no faltan adornos de estuco y pintura al fresco. Todo es conveniente y adecuado, y se admira la variedad de cosas bellas y dignas de ser conocidas, allí reunidas. Al alemán, acostumbrado á enseñanza más libre, esto no le sirve.

Vínoseme á la memoria una observación hecha en anteriores tiempos. Y es variar las cosas según el curso del tiempo, que trae necesidades neuvas, distintas de los que fueron en su principio. Las iglesias cristianas continúan en la forma de basílicas, aunque la de templo fuese tal vez la más adecuada al culto. Los establecimientos científicos presentan aún el aspecto de claustros, porque en aquella jurisdicciones piadosas, encontraron los estudios, antes que en parte alguna, espacio y tranquilidad. Las Salas de Audiencia de los italianos son tan altas y anchas cuanto es preciso á las necesidades de una comunidad; en la plaza del mercado se figura uno estar al aire libre, donde, en tiempos pasados, se hacía justicia. Y nuestros grandes teatros, ¿no seguimos construyéndolos con todas sus dependencias debajo de un tejado, al igual de las primitivas barracas de feria, formadas de tablas á la ligera? Al tremendo empuje de los descreídos, en tiempo de la Reforma, metiéronse los estudiantes en las casas de los burgueses; mas, ¿cuánto tiempo no se tardó en abrir nuestros asilos de huérfanos y en procurar á los niños pobres esta educación de mundo, tan necesaria?