Sab 18 Oct 2008
Bolonia 18 de Octubre de 1786, por la noche
Escrito por Johann Wolfgang von Goethe en V - De Ferrara á Roma, Viaje a Italia
Ayer, antes de ser día, salí de Cento y llegué bastante temprano. Un cicerone, listo y bien instruído, al saber que venía de paso, condújome tan de prisa por todas las calles, me enseñó tantos palacios y tantas iglesias, que apenas puedo notar en mi Volkmann dónde he estado. ¿Y quién sabe si más adelante recordaré todas las cosas merced á estas indicaciones? Ahora voy á mencionar algunos puntos luminosos que me hicieron sentir un bienestar real.
¡Ante todo la Cecilia de Rafael! Es lo que yo sabía de oídas, sólo ahora visto con mis ojos. Rafael hizo siempre lo que los otros hubieran deseado hacer, y no quisiera decir de ello otra cosa, sino que es suyo. Cinco santos juntos, que nada tienen que ver con nosotros, cuya existencia se representa de manera que deseamos al cuadro eterna vida, aun á trueque de conformarnos con volver á la nada. Deseando conocer bien á Rafael y apreciarlo debidamente, y no alabarlo semejante á un Dios, que, á manera de Melquisedech, apareció sin padre ni madre, debe mirarse á sus predecesores y maestros. Alcanzaron laboriosa y penosamente el suelo firme de la verdad: echaron los anchos cimientos, y rivalizando entre sí, levantaron poco á poco la pirámide, hasta que él al fin, ayudado de tantas ventajas, iluminado por su genio divino, puso la última piedra, que no admite otra ni sobre ella ni á su lado.
Acrece el interés histórico considerando las obras de los maestros antiguos. Francesco Francia es un artista respetabilísimo; Pietro de Perugia tan buen hombre, que se podría decir de él: un leal alemán. ¡Si Alberto Durero hubiese tenido la dicha de internarse más en Italia! He visto en Munich algunas obras suyas de increíble grandeza. ¡Pobre hombre! ¿Cuánto se equivocó en Venecia haciendo un convenio con los curas, y perdiendo así semanas y meses! ¡Y en su viaje á los Países Bajos, al trocar sus magníficas obras, de las que tenía derecho á esperar su dicha, por papagayos, y á fin de ahorrarse las propinas, retrataba los criados que le traían un plato de frutas! Infinitamente compadezco á semejante loco del Arte, porque en el fondo, mi destino es también ese, sólo que yo sé salir de apuros algo mejor que él.
Hacia la noche me vi libre, al fin, de esta respetable, vieja y docta ciudad y de sus habitantes, que bajo las enramadas en forma de bóveda que se ven en todas las calles, á cubierto de sol y del mal tiempo, van y vienen, se emboban, compran tratan de sus asuntos. Subí á la torre y me regocijé con el aire libre. La vista es magnífica. Al Norte las montañas de Padua y los Alpes de Suiza, del Tirol y del Friul: en una palabra, toda la cadena del Norte, mas en la niebla. Al Este, horizonte ilimitado; y en él, sobresaliendo únicamente, las torres de Módena. Al Oeste otra igual llanura hasta el mar Adriático, visible á la salida del sol. Del lado del Sur, las primeras colinas de los Apeninos, plantadas hasta la cima y llenas de iglesias, palacios y casas de campo, parecidas á las de Vicencio. El cielo estaba purísimo, sin nubes; sólo en el horizonte se veía una especie de humo. Aseguróme el torrero que desde hacía lo menos seis años, aquella niebla no se aleja nunca. En otro tiempo, con anteojo de larga vista, podía él distinguir muy bien las montañas de Vicencio, sus casas y capillas, y ahora sólo muy raras veces, en días clarísimos. Y esta niebla se extiende de preferencia en la cadena del Norte, haciendo de nuestra amada patria verdadera morada de cimmerianos. Hízome observar después lo sano de la situación y del aire de su ciudad; cómo sus tejados parecían nuevos, y cómo á ningún ladrillo atacara la humedad. Preciso es confesar que los tejados todos estaban limpios y bonitos; quizá contribuya á ello la buena calidad de las tejas; á lo menos, antiguamente cocían muy bien los ladrillos en la localidad.
La torre, inclinada, hace detestable vista; y es muy verosímil que la hayan construído así de propósito. Me explico semejante locura de la manera siguiente: en tiempos de intranquilidad de las ciudades, todo edificio grande era convertido en fortaleza, en la cual, cada familia poderosa levantaba una torre. Andando el tiempo, hízose cosa de lujo y honorífica. Todos querían ostentar su torre. Al cabo, las torres derechas llegaron á ser comunes y construyeron una torcida. Así, el arquitecto y el dueño consiguieron su intento: míranse todas las torres derechas y esbeltas en busca de la torcida. Después subí á ella. Las capas de ladrillos son horizontales. Con buen cemento que tire y gatos de hierro, se pueden hacer construcciones insensatas.