VII - Nápoles


A las tres de la madrugada ya estábamos de camino: en punto de abrir el día nos encontramos en las lagunas Pontinas, cuya vista no es tan mala como generalmente dicen en Roma. No se puede, en verdad, sólo viajando de pasada, juzgar la empresa tan magna y tan casta del saneamiento proyectado, más parecióme que los trabajos que el Papa ordenó han de dar, al menos en su mayoría, los deseados resultados. Imagínese un valle extenso de poquísima caída, de Norte á Sur, vertiendo hacia las colinas por el Este y más alto que la mar en el Oeste.

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Llegamos aquí temprano; ya anteayer se obscurecía el tiempo. Los días hermosos trajeron los nublados; había, no obstante, vehementes indicios de volver á componerse, y así sucedió. Las nubes se separaron poco á poco; en partes lució el cielo azul, y al fin el sol alumbró nuestro camino. Vinimos por Albano, después de haber hecho alto en Genzano, á la entrada de un parque que el Príncipe Chigi, su dueño, tiene, y no digo sostiene, de manera rarísima; á causa de ello tampoco quier que nadie lo vea por dentro. Es la reproducción de un bosque virgen. Árboles y malezas, hierbas y plantas trepadoras, crecen como quieren, se secan, se caen y se pudren; todo está bien, y por esto mismo mejor. El sitio, delante de la entrada, es bello hasta lo indecible. Una muralla alta cierra el valle, y una verja de hierro permite á la mirada penetrar en él. Luego se ve alzarse la colina sobre la cual se asienta el castillo. Sería un gran cuadro si lo emprendiese un buen pintor.

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