Viaje a Italia


Tengo que hablar ahora de la indecisión que me produce la estancia en Italia. En mi última carta anuncié el propósito de irme de Roma hacia la Pascua y regresar á mi casa. Entonces habré bebido ya algunas copas más en el grande Océano, y mi necesidad apremiante se habrá sosegado. Estoy curado de una tremenda pasión y enfermedad. He quedado útil otra vez para el goce de la vida, para el goce de la Historia, de la Poesía, de la Antigüedad, pero tengo por muchos años materiales que pulir y completar. Mas ahora, lléganme voces amistosas diciéndome que no me apresure, que debo volver con riqueza completa. He recibido una carta, bondadosa y llena de simpatía, del Duque, que me desliga de mis obligaciones un tiempo indeterminado y me tranquiliza respecto de mí alejamiento. Mi mente se vuelve hacia el campo inmenso que tendría que dejar sin haber puesto en él las plantas. Por ejemplo: en el terreno de las monedas y de las piedras grabadas, no he podido hacer en absoluto nada todavía.

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Mucho queda aún qué contar y qué celebrar de Tischbein; cómo se ha formado él mismo con una originalidad alemana. Después tengo que declarar mi agradecimiento, porque en el tiempo de su segunda estancia en Roma, se ocupó muy solícito de mí, procurándome una serie de copias de los mejores autores: algunos en greda negra, otros en sepia y acuarela, que en Alemania, lejos de los originales, ganan en valor, y que, para mí, serán el mejor recuerdo.

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Y sin embargo, hay en esto más afanes y cuidados que goces. El doble nacimiento, que me rehace de dentro fuera, continúa operando. No ignoraba que aquí es donde había de aprender á derechas, mas no pensaba volver tan atrás á la escuela, desaprender tanto, desaprenderlo todo, para volver á aprenderlo de otro modo. Pero ahora estoy convencido y me he entregado, y cuanto más me desmiento, más contento estoy. Véome parecido al arquitecto que intentó construir la torre y le hizo malos cimientos; conociéndolo á tiempo, deshizo lo levantado fuera de la fierra y trató de ensanchar los planos, perfeccionarlos, asegurar mejor os cimientos, y de antemano se regocijó en la segura fortaleza del futuro edificio. Quiera el cielo que á mi regreso también se sientan las consecuencias morales que me procuró la vida en mundo más ancho. Sí; al igual del artístico, el sentido moral sufre gran renovación.

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¡Cuán de veras alegróme que tomáseis mi desaparición en el sentido que deseaba! Reconcíliense ahora los corazones que á causa de esto hayan podido disgustarse y sufrir. No quise lastimar á nadie, y tampoco quiero ahora decir nada en mi disculpa. Dios me preserve de entristecer á ningún amigo con las premisas de esta determinación. Repóngome aquí despacio de mi salto mortale y estudio más de lo que gozo. Roma es un mundo, y se necesitan años sólo para acostumbrarse a él. ¡Qué felices encuentro á los viajeros que ven y se van!

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Tenemos, de cuando en cuando, días magníficos: la lluvia, que á veces cae, conserva verdes las hierbas y las plantas de los jardines. Doquiera hay árboles de hoja perenne; de suerte que las caídas de los otros, nótase apenas. Naranjos cargados de fruta, que vegetan en plena tierra sin abrigos, vense en los jardines.

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Hasta ahora cambió el tiempo casi de seis en seis días. Dos espléndidos, uno nublado, dos ó tres lluviosos, y luego otra vez buenos. Trato de utilizar cada uno de la mejor manera posible.

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Casualmente encontré la Italia de Archenholtzens. ¡De qué manera se arruga y achica una obra semejante en la realidad de los lugares! Igual que si pusiesen el librejo sobre carbones encendidos, y poco á poco se fuese obscureciendo y ennegreciendo, y se viesen las hojas arrugarse y convertirse en humo. Cierto que vió las cosas, pero intentando hacer valer sus maneras despreciativas y altaneras; posee demasiado pocos conocimientos y tropieza ensalzando y censurando. (more…)

Aquí está Moritz, tan ventajosamente conocido por su Antonio el viajero y Viajes á Inglaterra; es excelente hombre, un infeliz que nos gusta mucho. (more…)

Deseando no suceda á mi querido incógnito lo que al avestruz, que se cree oculto cuando esconde la cabeza, cedo, en cierta manera, sosteniendo siempre mi antigua tesis. Saludé gustosísimo al príncipe de Lichtenstein, hermano de la condesa Harrath, á quien tanto estimo. Acompañéle á comer algunas veces y comprendí al punto que aquella condescendencia me llevaría más lejos, y así sucedió. Anunciáronme una tragedia del Abate Monti, Aristotedemo, que se daría muy pronto. El autor, decían, deseaba leérmela previamente y oir mi opinión. Dejé caer la cosa sin rechazarla, y al fin una vez me encontré al poeta y un amigo en casa del príncipe, y la pieza fué leída.

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Quiero conservar, en algunas líneas, el recuerdo de este día feliz, y comunicar, siquiera por escrito, lo que he gozado. El tiempo era de lo más hermoso y tranquilo; un cielo en absoluto claro y el sol caliente. Fuíme, en compañía de Tischbein, á la plaza de San Pedro, donde anduvimos al principio de un lado á otro, y luego, sintiendo demasiado calor, á la sombra del gran obelisco, que la proyectaba bastante ancha, nos paseamos, comiendo uvas que compramos cerca de allí. Después fuimos á la capilla Sixtina, que encontramos llena de claridad, á muy buena luz para los cuadros. El Juicio Final y las diferentes pinturas del techo, de Miguel Ángel, se repartieron nuestra admiración: no hice sino ver y maravillarme.

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